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Hernando Chindoy, líder indígena y defensor de derechos humanos: “Lo que trazó mi camino fue la violencia que sufrimos como pueblo”

El líder del pueblo Inga, condecorado por su labor humanitaria, conversa sobre las dificultades en la educación de los pueblos originarios, el problema del extractivismo y la relación entre los seres humanos y la naturaleza

Hernando Chindoy en Paris (Francia), en febrero de este año.ELIAS ANGELES-HERNÁNDEZ

Hernando Chindoy, líder indígena colombiano del pueblo Inga, es un vivo ejemplo de perseverancia y dedicación. Ostenta una fuerte convicción de que es posible crear un mundo más sostenible, más justo y, sobre todo, con más sentido humano, de respeto y sensibilidad hacia nuestro entorno. Está convencido de que, entre la naturaleza, el conocimiento científico, los saberes tradicionales, la autonomía de los pueblos indígenas y la actuación del Estado, existe una serie de lazos que pueden llevar a un mejor nivel de vida en un mundo globalizado y caracterizado por la inmediatez, el caos, la desigualdad y la incertidumbre.

Gobernador de Aponte (Nariño) entre 2018 y 2023 y expresidente de la organización nacional Awai del pueblo Inga (2018-2023), cerró el 2025 con el galardón la Iniciativa Marianne para Defensores de los Derechos Humanos en París, Francia, que le fue entregado gracias a su labor en favor de los derechos humanos, en especial lo referente a la justicia social, igualdad y protección del medio ambiente. Con el paso de los años, Chindoy se ha ido convirtiendo en un referente a nivel mundial en la defensa de derechos humanos en contextos y escenarios complejos.

Sin embargo, llegar hasta recibir el doctorado Honoris Causa en Estudios Climáticos y Conocimiento Tradicional de los Pueblos Indígenas en la Universidad de las Artes de Londres (2023) no ha sido un camino fácil. Como sucede con tantos defensores de derechos humanos en América Latina, Chindoy ha enfrentado retos, obstáculos y desafíos de todo tipo, incluso algunos que pudieron costarle la vida. Actualmente, está al frente de las iniciativas Wuasikamas y Ëconeêrã que tienen como propósito promover sistemas de conocimiento y medicina tradicional y de salvaguarda de la biodiversidad desde una visión planetaria.

Pregunta. ¿Qué lo impulsó a convertirse en defensor de derechos humanos? ¿Qué marcó un antes y un después en su faceta de activista?

Respuesta. Lo que ha trazado el camino como pueblos indígenas, y lo que me motivó a hacer lo que hago, ha sido la violencia en sus diferentes manifestaciones a lo largo de nuestra existencia. Una de ellas, haciendo una retrospectiva, fue la violencia sobre mi persona y mi familia en el ámbito educativo. En la escuela, aprender el castellano era una tarea obligada. Si uno no aprendía lo que para nosotros era un idioma desconocido, se ejercían sanciones y reprensiones que reflejaban un alto grado de intolerancia hacia lo indígena. Para esos momentos, se mantenía aún más viva la colonización y, con ella, una visión de superioridad respecto a lo que consideraban la “problemática indígena“. De ahí que nuestra lengua se equiparara a un graznido de animales y no a un idioma de personas civilizadas, se le consideraba una lengua de personas no bautizadas o en condiciones de salvajismo, a quienes era necesario insertar al mundo civilizado. Esa ideología se mantuvo por mucho tiempo, lo que hacía que los profesores ejercieran mano dura hacia la niñez indígena, como si se tratara de domesticar a un animal y no de educar a seres humanos. Ver y vivir esto me hizo pensar, reflexionar y cuestionarme muchas cosas, y con ello, no aceptar una realidad que nos ponía en un estado de subordinación personal, social, cultural e incluso económica.

P. ¿Qué tipo de repercusiones tuvo este proceso de castellanización en la comunidad? ¿Afectó la forma de pensar y de actuar de los indígenas?

R. Enseñar el castellano de manera obligatoria y menospreciar, en todo momento, a los idiomas originarios, generó un fenómeno muy particular. Poco a poco, se fue gestando un sentimiento, sobre todo en la gente joven, de negación hacia sus raíces, hacia el idioma, sus nombres y apellidos, la vestimenta tradicional. Preferían hablar en castellano en los lugares públicos como una forma de integración, a recurrir a otros estilos y formas de expresión que eran socialmente aceptados, pero totalmente ajenos a nuestra cultura. Esto moldeó y fortaleció mi vocación de ser defensor de derechos humanos, pues esta situación comenzaba a afectar nuestra identidad como pueblos indígenas. La necesidad de pertenecer a una sociedad mayoritaria y con ello ser aceptados y vistos como personas empezó a hacer acto de presencia en la mentalidad indígena.

P. ¿Qué otros factores se fueron sumando y reafirmando su activismo en favor de los derechos humanos?

R. Además de la violencia ejercida en la escuela y el sentimiento de vergüenza hacia nuestros orígenes, un elemento adicional fue lo que los pueblos empezaron a experimentar con el extractivismo de recursos naturales y la imposición de un modelo económico ajeno a la forma de subsistencia indígena. La población aprendió a talar bosques de manera indiscriminada a fin de obtener un lucro, aunque iba en contra de nuestros principios: según nuestros abuelos, desde tiempos ancestrales se enseñaba que los árboles son parte de nuestra familia. Se cree, según nuestros antepasados, que son seres que caminan con nosotros, que enseñan, que tienen un lenguaje, que viven. Así, de un momento a otro, nos convertimos en enemigos de la naturaleza. Finalmente, algo que vino a poner en una situación de riesgo aún mayor fue el conflicto armado en Colombia. Los pueblos indígenas, de manera desafortunada, no fueron ajenos a este escenario. Peor aún y, contrario a lo que podría esperarse, las guerrillas no velaron por la defensa de los derechos humanos, la dignidad o el respeto hacia las diferencias; más bien la intolerancia, los homicidios y el temor se hicieron presentes con desenlaces fatales.

P. Con todo lo anterior como telón de fondo, y teniendo en cuenta que los derechos humanos se encuentran en un mal momento a escala mundial debido a una multitud de factores, ¿cuál cree que es el camino para lograr una mejor relación entre los seres humanos y, a su vez, entre ellos y la naturaleza?

R. La educación es el mejor camino para arribar a un mundo más sostenible, más justo y más inclusivo. Pero no la educación a la que he hecho referencia, sino aquella que combina el lenguaje del conocimiento científico occidental con el de los saberes tradicionales indígenas. Por ello, es importante trabajar en una visión integral, entendiendo que la tierra es solamente una y en ella vivimos todos. Una visión que trascienda las nacionalidades, las fronteras o cualquier otro obstáculo. Es momento de resaltar el papel de los conocimientos ancestrales. También es posible crear canales de comunicación y entendimiento entre personas desde el arte y la cultura en cualquiera de sus manifestaciones. Es fundamental pasar de lo meramente folclórico y convertir el arte, en este caso el de los indígenas, en una forma genuina de expresión.

P. ¿Cuál es su percepción de los derechos humanos, no solo en Colombia, sino a nivel global? ¿Qué desafíos o retos persisten?

R. El principal obstáculo está muchas veces en la propia persona, en su forma de pensar, de concebir la realidad y de contemplar y aceptar o no las diferencias. No es que no existan obstáculos externos, sino que uno de los principales es la resistencia hacia lo diferente, hacia el otro, hacia lo que no se conoce. Por ello, es fundamental un cambio de mentalidad. Crear y considerar nuevas formas de comunicación, de interacción y de respeto en un mundo donde la diversidad, la movilidad y las formas de pensar son la norma. Es momento de hacer un quiebre y pasar de un individualismo exacerbado a una forma de vida a partir de la colectividad, la espiritualidad y en armonía con la naturaleza y el universo.

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