El fenómeno de la candidatura presidencial de Paloma Valencia desafía la campaña de Iván Cepeda
Mientras el candidato de izquierdas mantiene su ruta, la senadora uribista se va convirtiendo en una aspirante más difícil de batir

Iván Cepeda ha pasado medio año liderando la intención de voto y parecía tener el camino despejado hacia la primera vuelta de las presidenciales del 31 de mayo. Su candidatura logró compactar al bloque alineado con el Gobierno de izquierdas tras imponerse con holgura en la consulta del Pacto Histórico, y durante semanas encontró un adversario funcional en la irrupción de Abelardo de la Espriella, cuya retórica de ultraderecha reforzaba el relato de la izquierda como dique frente a los extremos. Pero el tablero cambió el 8 de marzo. La victoria de Paloma Valencia en las consultas de la derecha desplazó el juego a opciones más moderadas e introdujo una competidora con capacidad real de disputar el segundo lugar y, además, de marcar la agenda. Desde entonces, la campaña de Cepeda no se mide contra un antagonista conveniente, sino frente a la candidata del expresidente Álvaro Uribe, un fenómeno político que, de alguna forma, le obliga a recalibrar su estrategia.
Lo que no está claro, todavía, es cómo lo hará. Mientras tanto, algunos de sus aliados se impacientan ante un candidato que ya ha advertido que no va a cambiar su forma de ser —y de hacer campaña— para llegar a la presidencia. “Necesita adaptar su estilo y su discurso al nuevo escenario, al fenómeno de Paloma Valencia”, afirma una fuente cercana a la Casa de Nariño, el palacio que Gustavo Petro dejará el próximo mes de agosto. “Sigue hablando para los convencidos”.
La senadora uribista ha construido en pocas semanas una estrategia que trasciende la derecha en la que ha militado siempre. Percibida como menos extremista que De la Espreilla, ha elegido como fórmula vicepresidencial a Juan Daniel Oviedo, un hombre que reclama un perfil más de centro y que ha ganado una enorme popularidad en las últimas semanas. El exdirector del Departamento Nacional de Estadística logró situarse segundo en la consulta de centroderecha con un resultado inesperado.
Valencia también ha sumado el respaldo de los otros siete aspirantes que derrotó. Así, ha reunido una coalición que suma fuerzas de centroderecha y derecha, en una muestra de variedad política que contrasta con la rigidez ideológica que sus críticos le atribuyen. Parte de su campaña, de hecho, se ha centrado en subrayar su búsqueda de acuerdos y adhesiones en medio de la diversidad.

Todo ello suma en un país de escasa identidad partidista, en el que las elecciones presidenciales se definen por una volátil masa de votantes que no se identifica ni con la izquierda petrista ni con la derecha uribista. La estrategia de Valencia de virar hacia el centro y seducir a esos electores ha marcado el ritmo de la campaña a lo largo del último mes.
En contraste, Cepeda acumula adhesiones más modestas: el exministro Juan Fernando Cristo y algunos políticos del Partido Liberal y la U se han sumado. Son movimientos que palidecen frente al relato de ampliación que está construyendo Valencia. Aunque el candidato de izquierda sigue siendo líder en todas las encuestas, su imagen, su estrategia y su discurso no se mueven. Por eso, en los pasillos de la Casa de Nariño circula una queja que nadie formula en público: Cepeda no arriesga lo suficiente en sus giras, no termina de saltar del Capitolio a la calle.
Es una incomodidad que dice tanto de Cepeda como del Gobierno que lo sostiene. Gustavo Petro, que rara vez calla cuando tiene un micrófono al frente, ha hablado en términos generales de la necesidad de continuar su proyecto político, pero no ha respaldado abiertamente a su candidato desde una tribuna —aunque no puede hacerlo; el propio presidente ha dicho que esa prohibición es “carreta” [algo sin contenido]—. La diferencia entre el verbo desbordado del presidente en una tarima y el tono mesurado de su heredero político no pasa desapercibida para quienes los observan desde adentro.
Cepeda llega a la campaña presidencial con una trayectoria construida en la oposición. Su nombre está asociado a la defensa de las víctimas del conflicto armado, a la denuncia del paramilitarismo en los años ochenta y noventa, y a una de las batallas jurídicas más largas de la política colombiana reciente: el proceso penal contra Álvaro Uribe Vélez, líder histórico de la derecha, con quien lleva más de una década trenzado en los tribunales.
Uribe fue condenado en primera instancia y, aunque quedó absuelto a finales de 2025, Cepeda ha mantenido el caso vivo en la Corte Suprema mientras sigue señalándolo por presuntos vínculos con el paramilitarismo. Es una cruzada que ha definido su figura pública más que cualquier propuesta de gobierno, y una que mantiene: su mayor evento de campaña en este mes ha sido desafiar al uribismo con un mítin en su fortín político, la ciudad de Medellín.

La pregunta no es si eso consolida la base de la izquierda, pues no hay fisuras allí, sino si es suficiente para ampliarla. Las encuestas le dan alrededor del 35% de intención de voto: un piso sólido, construido en el Polo Democrático y luego en las coaliciones que sostuvieron al petrismo como gran fuerza de la creciente izquierda colombiana. Pero ese porcentaje empieza a ser menor que el de la suma de las intenciones de voto de Valencia y De la Espreilla, y los sondeos más recientes han mostrado que deja de ser el ganador seguro de la segunda vuelta.
La narrativa de Cepeda, fiel reflejo de su personalidad y su trayectoria, se ha centrado en el choque con Uribe y sus huestes. “Nuestro enfrentamiento no es con Paloma ni Abelardo, es con Uribe”, decía en reciente entrevista con EL PAÍS. También ha reiterado la promesa que llevó a Petro a la victoria en 2022, la de traer un “cambio” al país.
Ese relato le funciona frente al candidato de ultraderecha, que ha vuelto a poner en la mira el acuerdo de paz de 2016 firmado bajo el Gobierno de Juan Manuel Santos con las FARC. Es un terreno conocido —y también desgastado— para la derecha, y empuja a Cepeda a una confrontación previsible. El senador también ha reactivado su pulso con Álvaro Uribe y defiende decisiones del presidente Gustavo Petro, como el alza del salario mínimo o la declaratoria de calamidad por las lluvias en el Caribe. Mientras, mantiene su propuesta de acuerdo nacional que, en teoría, debería abrirle puertas al centro.
“Más que insistir en el discurso del cambio, tendría que abrirse al de dar oportunidades”, mantiene la fuente del entorno presidencial. Las generaciones más jóvenes del electorado no necesariamente están pensando en lo que pasó, sino en lo que viene. Están pensando en su futuro. Y en eso, dicen en el Palacio de Nariño, Cepeda todavía no ha encontrado el idioma. Tampoco una imagen que conecte con todos los públicos.
La distancia también se ha notado en otra dirección. Mientras varios ministros y personas cercanas al Gobierno impulsan la recolección de firmas para convocar una Asamblea Constituyente —una idea del propio Petro, que ha levantado fuerte polémica—, Cepeda ha ido perdiendo entusiasmo por el proceso. “No soy un partidario a ultranza de la Constituyente”, dijo a EL PAÍS.
Hasta ahora, Cepeda ha dado pocas entrevistas. Como Petro, cree que los medios colombianos tienen un sesgo contra él. Pero en los dos meses que quedan antes de la primera vuelta del 31 de mayo, eso puede cambiar. La campaña tiene margen para reinventarse, para que el candidato que mejor conoce el expediente de Uribe demuestre que también conoce el precio del mercado o el futuro de la educación pública.
Las críticas que le llegan desde el propio palacio pueden resultar infundadas o pueden resultar proféticas. Por ahora son, sobre todo, una señal de los nervios que produce en el alto Gobierno la perspectiva de que su proyecto político llegue a la segunda vuelta y su candidato no logre ganarla.
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