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El racismo colombiano oculto en los archivos fotográficos de Medellín

La historiadora del arte Juanita Solano ha rastreado las manipulaciones para ‘blanquear’ a los fotografiados en los dos estudios más conocidos del país a inicios del siglo XX

Fotografía Rodríguez, 'Pedro P. Villa', 1931, positivo digital a partir de placa seca de gelatina original.

El racismo no siempre se manifiesta de forma explícita, pero la historiadora del arte Juanita Solano (Bogotá, 40 años) encontró una forma para medirlo cuando se mueve de formas sutiles. Hace unos años, la académica viajó a Medellín para estudiar las primeras décadas de la fotografía en Colombia, ya que allá se encuentra el archivo más robusto del país, construido por dos estudios de fotografía. Para su sorpresa, más que las fotos tradicionales, se encontró con el lado B de la historia: cientos de negativos que mostraban una manipulación excesiva de las imágenes. Especialmente, una que buscaba ‘blanquear’ el color de la piel de los fotografiados. Fue como ver lo que los ciudadanos borran debajo de sus filtros de Instagram: sus arrugas, sus granos, pero también su pigmentación. Los negativos fotográficos a veces dicen más sobre la sociedad que los positivos, argumenta Solano en un libro que publicó en septiembre pasado y que hasta ahora ha pasado desapercibido en Colombia. La autora, directora del departamento de Historia del Arte en la Universidad de Los Andes, habló con EL PAÍS sobre Negative Originals: Race and Early Photography in Colombia (Duke), un libro que aún no ha sido traducido al español.

Pregunta. Su libro se enfoca en los archivos de solo dos estudios fotográficos, el de Benjamín de la Calle y el de los hermanos Rodríguez. ¿Qué representan ellos dos?

Respuesta. Son probablemente los fotógrafos más conocidos del siglo XIX en Colombia, y hacen parte del archivo más grande de fotografía antigua del país, el de la Biblioteca Pública Piloto de Medellín. De ellos se han escrito muchos textos biográficos, pero yo llevé una gran sorpresa con sus fotos. Siempre había estudiado la historia de la fotografía a partir de copias en positivo, porque a nadie se le ocurre publicar los negativos. Cuando llegué a este archivo, eran casi todos negativos. Me tomó un momento darme cuenta de que esto era algo bueno, porque en el negativo está la fuente de todo.

P. ¿Por qué? ¿Qué dicen esos negativos que no dicen los positivos?

R. Son como placas de vidrio en las que los fotógrafos hacían el photoshop del siglo XIX. Las imágenes estaban muy retocadas, muchísimo, especialmente en los rostros de las personas. Eso se hacía con lápiz, era usual en todo el mundo, pero usualmente para quitar las arrugas o un grano. Me llamó la atención que acá las fotos eran mucho más retocadas, y también para que sea más clara la piel. Incluso usaron unas tintas, unas acuarelas rojas, que bloquean unos rayos de luz y hacen que quede más clara.

P. Cuenta en el libro que cuando esto ocurre, en Medellín está en auge la idea de la “raza antioqueña”. ¿De dónde vino ese discurso?

R. El concepto de raza humana nace a mediados del siglo XIX, y más o menos coincide con la invención de la fotografía, en 1839. Se empieza a hablar de la “raza anglosajona” con un objetivo claramente racista, y algunos intelectuales latinoamericanos que viven en París se empapan de esas ideas. Muchos de ellos se ofenden cuando se habla de la “raza latina”, y salen a decir que no somos flojos, perezosos, ni menos capaces. Pero su respuesta es reproducir el mismo discurso racista, localmente. Ahí los antioqueños se inventan la raza antioqueña. En 1910, el escritor Libardo López dice, literalmente, que no hay en toda América Latina donde exista una raza superior a la de Antioquia. La raza antioqueña, dicen, viene de los españoles, que tienen la piel blanca, son muy trabajadores, de familia tradicional, católicos. En las fotos, al ver todos los retoques en la piel, me di cuenta de que ese discurso estaba en pleno apogeo.

P. Pero ese discurso solo es evidente en los negativos de las fotos

R. En el siglo XIX, los fotógrafos en el mundo hablaban mucho más del negativo que del positivo, y justo tienen un discurso muy racializado: dicen cosas como “esa persona negra se va a convertir en blanca”, como algo aspiracional.

P. Un ejemplo que encontró en el archivo es el de la portada de su libro. Una familia negra, un hombre y dos mujeres, cuyas caras cambiaron mucho

R. Esa es una foto muy retocada cuando se ve el negativo, muchísimo. Es un claro caso de un blanqueamiento.

P. Sin embargo, no solo se buscaba solo blanquear a personas negras, sino a los que hoy se llamarían en Colombia blanco-mestizos

R. Sí, a ellos se les retocaba mucho. Yo llevé estos negativos a una profesora que hace conservación en el Museo Metropolitano de Nueva York para preguntarle si veía mucho retoque, algo más acentuado que lo que ella había visto, y sí, ella también lo notó. Incluso a las mujeres jóvenes les hacen un retoque altísimo en un un blanqueamiento de su piel, como el retrato de [una monja llamada] Filomena.

P. Hasta donde sabemos Filomena no era una mujer negra y le blanquearon la cara con tinta roja

R. Sí, y no lo era.

P. ¿Los fotógrafos decían explícitamente que querían que la gente fuera más blanca?

R. No, no necesariamente lo dicen explícitamente, sino que que expresan la búsqueda de una “piel de porcelana”. La gente dice “me veo más bonito si fulanito me toma un retrato”; ningún cliente decía “hazme más blanco”. Tampoco lo tenían que decir los fotógrafos, todos lo habían naturalizado.

P. Usted dice en el libro que el discurso de la belleza está muy atado al de la blanquitud

R. Sí, ni siquiera tenían que decir “les voy a hacer una piel bonita de porcelana”. Incluso dicen lo contrario. El mayor de los hermanos Rodríguez, Horacio Marino, escribió lo que se cree que es el primer manual de fotografía de Colombia, y tiene una sección dedicada al retoque. Allí advierte no retocar mucho. Es una gran contradicción, porque los hermanos Rodríguez retocaban muchísimo. Al final del día eran comerciantes, y vendían mejor las fotos muy retocadas.

P. Curiosamente, en los retratos de personas negras, usted dice que a veces el no retoque también era una forma de racismo

R. Sí, porque en las fotos más tempranas de los Rodríguez de personas negras, hacia 1890, son retratos más agresivos. Hay uno de una pareja evidentemente muy pobre, con la ropa rasgada, una foto que no transmite dignidad ni empatía. Para esa pareja, los Rodríguez no hicieron ningún montaje, ningún retoque. Probablemente eran imágenes para el consumo de viajeros, que las coleccionaban. Solo al final de su carrera, los Rodríguez hacen otro tipo de retratos de personas negras en Antioquia, que era una proporción importante de la población. En Antioquia se ha querido borrar esa población de su historia, y creo que es porque el discurso de la “raza antioqueña” sigue siendo actual.

P. ¿Cuál era el nivel de debate en esa época sobre modificar las fotos?

R. Altísimo, en la prensa había columnas sobre el retoque, gente que decía que se hacía demasiado, que el resultado eran rostros que parecían de mentiras. Los fotógrafos también lo debatían constantemente.

P. Sobre el otro, usted cuenta que también hay mucho orientalismo en el archivo de los dos fotógrafos. ¿Por qué era tan fuerte en Medellín?

R. Me di cuenta de esto después de que encontré una foto, Cosecha de Rosas, y la intuición me dijo que estaba hecha a partir de una pintura. Y sí, descubrí que era inspirada en un pintor europeo, orientalista. Creo que estas imágenes llegaron a Antioquia a través de postales. Hay otra foto llamada Grupo Árabe, en la que todos tienen blackface (pintura negra en la cara). ¿Porqué orientalismo en Medellín, donde no hay un interés colonial con esa región del mundo? Para mí, nos devuelve a la creación de la raza antioqueña: necesitas crear un otro para tomar distancia de este, para posicionarte en un un lugar superior. La lógica es reproducir esas jerarquías sociales.

P. ¿Eran fotos para contrastar con el supuesto blanco antioqueño?.

R. Sí. No tienen que hablar de raza explícitamente, pero lo están haciendo sutilmente y ahora masivamente. Ese es el poder de la imagen. El mundo no era tan visual antes del siglo XIX, algo que va a cambiar radicalmente con la aparición de la fotografía: son imágenes que circulan masivamente. Y no son como un grabado, donde está clara la mano del artista, sino que son “la realidad”.

P. Al ser sutil el mensaje de la imagen, ¿es difícil hablar de racismo?

R. En Colombia existe el mito de que no existe el racismo, de que somos todos una combinación, un mestizaje. El racismo es tan grande que no lo aceptamos. Creo que el problema empieza en que el mestizaje es entendido como un proceso hacia el blanqueamiento. En el libro cuento que en los años 20 se empiezan a hacer unos congresos médicos en Colombia, y en ellos se hacen propuestas de “mejorar la raza colombiana”. Para eso, por ejemplo, que hay que traer personas de ciertas parte del mundo.

P. Sobre manipular el color de la piel, ¿no es el mismo debate que hay hoy con Instagram y sus filtros?

R. Es lo mismo. A mis estudiantes les digo que eso de los filtros no es nada nuevo, desde el siglo XIX está ocurriendo. Lo que me parece interesante es que igual nos comemos el cuento: todos somos súper conscientes de que hay una cantidad de manipulación en las fotos, de que esa no es la realidad, y aún así les creemos. La foto es un medio tan poderoso que le creemos. Eso me parece fascinante: le creemos a la imagen a pesar de que la manipulamos todos los días.

P. Como última sorpresa, encontró que Benjamín de la Calle quería fotografiar algo más que los deseos raciales de Antioquia: la diversidad sexual que se escondía en Medellín

R. Encontré en su archivo fotos de muchas personas travestidas, a hombre o a mujer, algo súper interesante. Benjamín de la Calle era un hombre gay en una sociedad ultraconservadora, y la gente lo sabía, entonces lo tildaban de “cacorro” y otras palabras muy peyorativas. La señora que era su asistente no podía decir que trabajaba para él, porque era muy mal visto, a pesar de que él era muy conocido, e incluso fotografió presidentes. Las personas de esas fotos no eran todas travestis, pero siempre hay algo aspiracional en ellas. Hay una supuesta guerrillera de la Guerra de los Mil Días, por ejemplo, una mujer negra con un vestido y otros símbolos masculinos, como un carriel o un arma. Pero la foto es de 1897, esa guerra no había arrancado. Por eso creo que hay cierta aspiración, a que una mujer pueda participar en algo de hombres, en una guerra. Luego hay hombres vestidos de mujer que creo que pueden venir del teatro. Pero es interesante que parece haber cierta comodidad posando de esta manera para Benjamín, porque no existen esas fotos en los archivos de los otros fotógrafos. Creo que los seres humanos tenemos la necesidad de expresarnos en el espacio privado, y esta era una manera de cumplir una especie de aspiración de: “esto soy yo y así me quiero ver”.

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