El dilema 2026: soberanía o vasallaje
La nueva normalidad venezolana es solo aparente: el botín es demasiado grande, hay más de cuatro millones de personas armadas y Colombia aún no comprende el desafío tan grande que esto representa para su soberanía nacional

Las encuestas de intención de voto nos notifican que el año electoral acaba de comenzar. A partir de este momento, el país vivirá una especie de carrera de caballos, apostando al ganador, mirando quién avanza y quién se rezaga. Es patético. La situación internacional continúa complicándose, y nuestros líderes parecen no darse cuenta siquiera. Trump acaba de cumplir un año en el poder. Ya hemos visto suficiente para saber que estamos entrando en una era caótica y hobbesiana, en donde prevalece la ley del más fuerte y en la cual Estados Unidos se reserva el derecho a intervenir en cualquier país, particularmente del hemisferio occidental, definido como su órbita de influencia.
Nuestro vecino más próximo vive una de las horas más oscuras de su historia; su supervivencia como país soberano está en entredicho. Washington cree que tiene todo controlado, y el éxito de la operación del 3 de enero lo tiene enceguecido. No hay tal. Venezuela en realidad es un polvorín. Se trata de un botín demasiado grande y apetitoso como para dejar que se lo quede un solo país, por poderoso que sea. No duden que más de un gobierno extranjero intentará meter sus manos allí. Más temprano que tarde se empezará a librar una batalla por el control de sus recursos naturales, y la calma chicha terminará. Es parte de la geopolítica internacional. Mientras los gringos no entren físicamente al terreno las cosas podrían mantenerse relativamente calmadas, pero cuando se produzca el desembarco de las petroleras puede comenzar la ‘fiesta’. En otras palabras: entrar, secuestrar a Maduro y salir era la parte fácil, ocupar el territorio y controlarlo es más difícil.
Una bomba de relojería
Con criterio pragmático, Trump pactó con el chavismo para no repetir experiencias como las de Afganistán e Irak. El lío es que en Venezuela existen muchísimos factores de poder. ¿Quién controla las Milicias Bolivarianas y los colectivos chavistas? Según fuentes oficiales, son 4 millones de personas armadas. Según otras (no oficiales), serían 220 mil mujeres y hombres que portan fusiles de asalto y ametralladoras. Es verdad que buena parte de esas armas es vieja, sin embargo, es mucho el daño que pueden hacer. Falta mencionar a la banda El Tren de Aragua, la organización criminal más poderosa del vecino país, que deriva sus ingresos de la minería ilegal, el secuestro, la extorsión y el narcotráfico. Tampoco conviene olvidarse del ELN (Ejército de Liberación Nacional) en estados fronterizos como Apure, Táchira y Zulia —dedicado a la minería ilegal y el narcotráfico— e igualmente las disidencias de las FARC, vinculadas al tráfico de droga y de armas.

¿Cómo puede impactar esto a Colombia? Es una pregunta que no nos estamos haciendo. En la conversación telefónica entre el presidente Petro y Trump habrían acordado ejecutar acciones militares conjuntas contra el ELN. Petro busca ayuda gringa y venezolana para impedir que los elenos utilicen a Venezuela como retaguardia. Necesita un yunque donde se estrelle el martillo. Sería lo deseable en una situación de estabilidad, pero la nueva normalidad venezolana es solo aparente. Es equivocado creer que puede ser duradera. Como es también equivocado creer que EE UU nos va a ayudar por altruismo. Con Trump no se habla de idealismo ni de ideología ni de valores. Se habla de business. ¿Cuál es nuestra moneda de cambio?
La Estrella polar anda con un apetito desaforado. Ha hecho saber que tomará Groenlandia, por las buenas o por las malas. La ministra de Asuntos Exteriores de allí, Viviane Motzfeldt, rompió en llanto durante una entrevista a un medio tras reunirse en la Casa Blanca con altos cargos del Gobierno. Ella y el ministro de Exteriores de Dinamarca, Lars Løkke Rasmussen, participaron en un encuentro con el vicepresidente J.D. Vance y el secretario de Estado, Marco Rubio. Buscaban persuadir a Trump de que desistiera de sus propósitos. Son lágrimas de impotencia; ella no tiene el hígado ni la indignidad de Delcy Rodríguez o María Corina Machado para satisfacer los caprichos del emperador.
¿Qué tan preparada está Colombia?
¿Qué pasaría, por ejemplo, si una mañana en Mar-a-Lago, Marco Rubio le habla a Trump de las riquezas de La Guajira? ¿Qué haríamos si llega a ocurrírsele que lo más conveniente es echarle mano a ese territorio, como ya ha fantaseado con Gaza? ¿Qué pasaría si alguien le cuenta que el Golfo de Maracaibo es una de las cuencas petroleras más importantes de Venezuela, con reservas estimadas en más de 2.383 millones de barriles de crudo y alrededor de 3,2 billones de pies cúbicos de gas? Desde los años 80, Colombia reclama derechos de delimitación marítima en la zona adyacente. ¿Cuál sería nuestra respuesta? ¿Con qué aliados contamos para defender la soberanía nacional? Hay que fortalecer los vínculos con Brasil y México.
Al país le han surgido nuevos retos, y eso demanda replantear la política. El problema es que aquí el debate es pobre y primario. Para empezar, se sigue hablando de derecha, izquierda y centro. Una equivocación. La mayoría de la población no vota pensando en eso, y menos en la era Trump, que ha devuelto las manecillas del reloj hacia el fortalecimiento del Estado-nación. El nacionalismo está de vuelta, con todo lo bueno y lo malo que eso supone. Sin embargo, hay quienes creen, como lo creían sus abuelos en el siglo XIX y sus padres en el XX, que ser un país soberano es una quimera y que lo mejor es mutar a un protectorado de EE UU. Sectores partidarios de la tesis neoliberal del Estado pequeño, cuando quienes mandan la parada actualmente son los Estados fuertes: Estados Unidos, China, Rusia, India, Japón, Sudáfrica, Israel y los de la Unión Europea. Analizar el proceso electoral como una competencia hípica a partir de encuestas sesgadas es dramático. No nos estamos haciendo las preguntas correctas.
Es la hora del replanteamiento
Quizá sea el momento de replantearlo todo. Los dogmas de ayer no sirven para los desafíos de hoy. Colombia necesita un liderazgo capaz de pensar el país desde la defensa de los intereses nacionales, no de las facciones políticas ni desde la subordinación a los grupos económicos. La pregunta ya no es quién gana las elecciones, sino para qué y para quién se gobierna. Ganarle al candidato del petrismo, Iván Cepeda, no puede constituir un propósito nacional ni ser, por sí solo, un proyecto político. De hecho, a la oposición más le valdría analizar el porqué del crecimiento de este.
Tal vez haya que pensar en un nuevo Frente Nacional, no como una reedición del viejo pacto de élites, ni como reparto de cuotas burocráticas, sino como un acuerdo para la supervivencia del Estado, blindar la soberanía, fortalecer las instituciones democráticas, definir las líneas rojas frente a las potencias y plantarle cara a la criminalidad organizada. No se trata de anular la diferencia ni de sofocar el disenso. Es para entender que en un mundo en que prevalecen la fuerza y el interés propio, los países que no se piensan como pueblos soberanos terminan siendo tratados como vasallos. ¿Es eso lo que aspiramos para Colombia?
Vivimos tiempos difíciles y oscuros. Las verdades de ayer se están derrumbando como castillos de naipes. La tierra bajo nuestros pies se mueve, y no nos estamos dando cuenta.
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