Hollywood se mantiene en silencio mientras la televisión arde en el primer año de Trump 2.0
Los pasados Globos de Oro se mostraron extremadamente prudentes ante el presidente, que este año se ha visto enfrentado por programas como ‘South Park’ y por Stephen Colbert y Jimmy Kimmel


Cuando el pasado 11 de enero, a las cinco de la tarde, arrancaron los Globos de Oro, los ojos y los oídos de Estados Unidos —y, por ende, del mundo— se giraron hacia Nikki Glaser. La presentadora de los premios era casi una desconocida en 2025, cuando presentó la gala por primera vez, pero su agilidad y gracejo entonces la colocaron entre las cómicas más apreciadas del país y le dieron cita para repetir este año. Pero hoy Estados Unidos es otro tras 12 meses de Donald Trump en el poder. Con cuestiones tan calientes como Groenlandia, Irán, Venezuela o los operativos de la policía migratoria y las protestas en su contra, Glaser tenía mucho de qué hablar. Sin embargo, la humorista sonrió, se metió con Leonardo DiCaprio y la edad de sus novias, por enésima vez, y, aunque hizo un puñado de buenos chistes, incluido alguno sobre la cadena CBS y la escasa calidad de sus noticias y otro al premio “a la mejor edición para el Departamento de Justicia”, por los papeles de Epstein, apenas pronunció palabra de la delicada y compleja situación nacional, para sorpresa de todos... ¿O quizá de nadie?
Hollywood mantiene una delicada y compleja relación con la política nacional, especialmente en la segunda era de Trump. Pero no es algo nuevo, sino un patrón que lleva replicándose 100 años y está lejos de cambiar. En el Olimpo del cine y la televisión siempre ha habido actores, directores y productores abiertamente francos con la realidad de su país; algunos lo han llevado por bandera durante toda su carrera. Otros, en cambio, han visto cómo su trayectoria sufría por ello.
“Hay casos de actores que de repente se dan cuenta de que no pueden lograr un trabajo. Hay ciertos procesos en la sombra para reprimir la disidencia o las declaraciones críticas”, explica el doctor en comunicaciones Matthew Macallister, profesor de medios en la universidad de PennState. “También hemos observado una disposición de venganza contra figuras públicas”, reconoce el especialista en cultura popular del centro Bellisario. De ahí que haya parte del talento que ignore o se meta bajo la alfombra frente a esas cuestiones, ya sea por miedo, por ignorancia o por prudencia.
El caso de Glaser parece este último. Pese a que en los Globos hubo algunas, pocas, estrellas que sí alzaron la voz sobre la situación del país y que no son pocos los rostros conocidos que firman cartas por causas de uno u otro tipo —a favor de Israel, a favor de Palestina, en contra de la censura—, ella decidió callar. Aunque había pensado hablar. Un par de días después de la fiesta, en el pódcast de Howard Stern, Glaser desmenuzaba cómo preparó la gala y por qué se guardó algunos chistes. “No era divertido”, reconocía.
Tenía uno sobre el ICE, por ejemplo, el Servicio de Inmigración (cuyas siglas en inglés son iguales que la palabra ice, hielo). “En un momento iba a saltar con un ‘Escucho desde el bar que nos hemos quedado sin hielo. No necesitamos hielo. De hecho, odio el hielo’. Y sentí que hasta eso era demasiado trivial”, reconocía en el pódcast. En otra broma, renombraba al hotel Beverly Hilton, donde se celebró la gala, al hilo del cambio de nombre del Kennedy Center, llamándole “Trump Beverly Hilton”. Llegó a consultárselo al cómico Steve Martin, que le desaconsejó usarlo. Los dos llegaron a la misma conclusión: “No quieres decir el nombre de ese tipo justo ahí. Quería dar algo de espacio”. Como ella misma explicaba en la entrevista: “Es difícil dar con el tono adecuado”.

Pese a que la política nunca ha sido comedida a la hora de atacar a Hollywood, y Trump mucho menos, con un odio abierto a la industria que se expresa con amenazas mensajes en mayúsculas, el talento es más sutil. Los Globos lo demostraron. Mark Ruffalo y Jean Smart hablaron alto y claro sobre lo que les preocupaba, pero lo hicieron antes de la gala. Fueron de los pocos en hacerlo. La ganadora del premio a mejor actriz de comedia por la serie Hacks tuvo incluso que calmarse al subir al escenario, afirmando que había “mucho que decir” esa noche pero que ya había sacado “toda la ira en la alfombra roja” y que al recoger su premio iba a hacer “lo correcto”. Parece que lo correcto era callar. A su llegada, Ruffalo no paró de hablar con cada periodista que le tendió el micrófono, criticando que Venezuela había sido invadida y que Trump se había saltado toda ley internacional. Ambos llevaron un pin en homenaje a Renee Good, asesinada a manos de un agente del ICE en Minneapolis.
Los Globos de Oro son el arranque de la temporada de premios pero también la guinda del pastel del silencio de este primero año del segundo mandato de Trump. Ya los Oscar de 2025, presentados por Conan O’Brien, fueron completamente blancos; solo los responsables de la película palestino-israelí No other land y el actor Adrien Brody tocaron ligeramente las causas políticas, en este caso, la situación de Gaza. El nombre del entonces recién nombrado presidente no se pronunció, ni siquiera de lejos.

Este año, donde la película más sonada —y por el momento más premiada— de la temporada habla precisamente de luchas de poder y de redadas contra inmigrantes (Una batalla tras otra, de Paul Thomas Anderson), la voz de sus principales estrellas parece callar contra todo ese sistema. No significa eso que lo haga toda la cultura, pero sí la punta del iceberg, la espuma de la vida que es Hollywood.
Pero quedan patas culturales, también audiovisuales, que se plantan contra el presidente y sus políticas. Ahí está, por ejemplo, South Park, tocando las narices desde hace casi 30 años: en su última temporada, el presidente trataba de acostarse con el demonio, y era retratado con un pene diminuto, pero además Satán contaba que estaba embarazado de Trump. Su camarilla, por supuesto, la despachó con desprecio y amenazas. “La izquierda no tiene contenido auténtico u original, por lo que su popularidad continúa bajando”, afirmó en julio un portavoz de la Casa Blanca “Esta serie lleva sin ser relevante 20 años y pende de un hilo con ideas sin inspiración en un intento desesperado por llamar la atención”.

Porque en los últimos meses la batalla ha tenido lugar en la televisión, pese al complejo escenario de fusiones, demandas y cambios en el panorama mediático y con el uso de la comisión de las telecomunicaciones como arma arrojadiza. El abrupto final del programa de Stephen Colbert y la cancelación (finalmente, solo durante unos días) del show de Jimmy Kimmel hicieron la magia del efecto Streisand contra el presidente: cuando tratas de censurar a alguien para acallar algo que no te gusta y sales escaldado, siendo el foco de atención primario. Kimmel y Colbert, pero también Jimmy Fallon, Jon Stewart, Seth Meyers, los nombres propios de los late-nights icónicos de la televisión estadounidense, alzaron la voz. Los cómicos se pusieron serios y lograron que la situación se diera la vuelta y tanto Colbert como especialmente Kimmel salieron reforzados, en cifras como en discurso. Y la Administración de Trump siguió siendo su objetivo favorito, como lleva pasando sábado tras sábado en Saturday Night Live.
“Hollywood es como un saco de boxeo para la derecha en general, es una de las instituciones a las que a menudo se acusa de inclinarse hacia el liberalismo y abordar temas como el racismo, el sexismo y los prejuicios como forma de educación. Es un blanco fácil para lanzar acusaciones ideológicas”, afirma en conversación con EL PAÍS el profesor MacAllister. Y eso que, como él dice, no siempre la sede de la industria tiene que tender a la progresía, al estar dirigida por “empresarios interesados en políticas económicas de libre mercado”. “Sin embargo, también es el dominio del arte, de abordar cuestiones sociales y de la creatividad, y eso la convierte en blanco fácil”.

Aun así, el miedo y la precaución están ahí. Como apunta el profesor, las galas no parecen tan “explícitamente políticas” como lo han sido en otras ocasiones. También depende del peso que tengan los actores en la industria: algunos como Ruffalo, George Clooney (cuya esposa, Amal Clooney, es además abogada de derechos humanos de alto nivel y ambos se han hecho ciudadanos franceses) o Matt Damon (que esta misma semana afirmó que la situación de Minneapolis era “alarmante” y comparó lo ocurrido con las “camisas pardas” nazis) tienen un nivel de fama y exposición lo suficientemente asentada como para no temer por sus carreras. Otros, en cambio, prefieren no jugársela. “Hay tragedias o acontecimientos muy sonados, como el de Renee Good, que van a fomentar un poco más la franqueza. En algunos casos, quizá ni siquiera se pueda evitar, sería una tontería”, asegura Macallister.
Para él, el hecho de que esté habiendo cambios empresariales —como la futura compra de Warner Bros., con Paramount y Netflix tirando de cada extremo de la cuerda— puede empujar aún más a la prudencia, pero todo tiene un límite. “Estamos cruzando ciertos hitos antidemocráticos y peligrosos. Todo eso está entrando en juego y seguro que algunos actores están teniéndolo en cuenta, y otros sienten que simplemente tienen que alzar la voz“, reflexiona. ”Si los actores de Hollywood son como otros sectores de la sociedad, quizá muchos no se hagan oír muy a menudo. Hasta que haya un tema concreto que realmente les llegue al corazón".
Tu suscripción se está usando en otro dispositivo
¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?
Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.
FlechaTu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.
Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.
¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.
En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.
Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.
Sobre la firma











































