Política de la presencia, política de la gestión
Será interesante ver cómo se redistribuyen las funciones entre un Gobierno más tecnocrático y un Sánchez decidido a potenciar su imagen internacional


Ya se ha dicho casi todo sobre la designación de Carlos Cuerpo como ministro de Economía y vicepresidente primero. A uno y otro lado del espectro político se subraya su perfil tecnocrático, su capacidad para no polarizar y su talante negociador; también su condición de no pertenecer orgánicamente al PSOE y sus potenciales disensiones con Sumar. Es decir, su pragmatismo y su adecuación a un contexto en el que la economía, el ámbito de acción política de mayor rendimiento para este Gobierno, va a ocupar el centro de la escena durante los meses que quedan de legislatura. Si a eso se añade que es una persona discreta y alejada del ruido que nos invade y tiene una gran capacidad para interactuar con sus colegas europeos, el paralelismo con Nadia Calviño resulta inevitable. Ese precedente explica, sin duda, que apenas se haya enfatizado la condición masculina tanto de él como del nuevo ministro de Hacienda, Arcadi España. Eso de que, cuando vienen mal dadas, vuelve el hombre.
Ya que, como consecuencia de la guerra, la economía volverá a situarse en el centro de todo, esta designación parece la más adecuada. Pero, precisamente por ello, representa también un verdadero desafío para la oposición, más preparada para reducirlo todo a guerras culturales que para articular propuestas sólidas en esta materia. Tiene razón cuando dice que la percepción subjetiva de la situación económica no se corresponde con el triunfalismo derivado de los datos macroeconómicos, pero esa crítica solo resulta eficaz si se acompaña de alternativas creíbles. La oposición está demasiado acostumbrada a dejarse arrastrar por inercias y carece de eso que en el Reino Unido llamarían un ministro de Economía en la sombra, alguien con autoridad que asuma la tarea de hacer una oposición inteligente en este ámbito. Un perfil semejante al que tenía Luis Garicano en Ciudadanos, por ejemplo. Además, como mucho dependerá de las decisiones monetarias impuestas por el BCE y, en general, de otras medidas adoptadas por instituciones europeas, buena parte de las decisiones más delicadas quedarán blindadas bajo ese ropaje técnico.
En suma, Pedro Sánchez, un maestro en hacer oposición a la oposición, se lo ha puesto difícil a sus adversarios. Resultaba más sencillo combatir a gente del perfil de Óscar Puente. O incluso de María Jesús Montero, que no podía evitar respirar por el partido. Imagino que el PP centralizará sus ataques sobre el nuevo modelo de autogobierno económico catalán o la ausencia de Presupuestos, aparte de la ya clásica concentración de sus críticas sobre el presidente. Pero lo más interesante será ver cómo se redistribuyen las funciones entre un Gobierno que ha girado hacia un pragmatismo tecnocrático y un Pedro Sánchez que parece cada vez más decidido a potenciar su imagen internacional. En otras palabras, por un lado la gestión en sentido estricto; por otro, la gestión simbólica, entendida como capacidad para encarnar, incluso más allá de nuestras fronteras, el antitrumpismo o la izquierda. El aparente desconcierto en el que además se mueven sus socios de coalición facilita enormemente esta operación.
Como dice Sloterdijk, la política contemporánea tiene mucho de “teatralización de la autoridad”, de capacidad para asociar carisma con entretenimiento, visibilidad e impacto, para hacerse presente de forma continua y suscitar la atención. Ese cometido se lo reserva el presidente, bien dotado para esos menesteres. Pero, al mismo tiempo, la política está cada vez más abocada a una permanente gestión de complejidades, a resolver problemas cada vez más intricados y atravesados por negociaciones transversales entre una miríada de actores y grupos de interés. Para ello cuenta ahora, sobre todo, con Carlos Cuerpo y Arcadi España —y Félix Bolaños, claro—. Sí, agotará la legislatura.
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