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“Su topografía es desafiante y el viento no cesa”: así es la casa de 380 metros construida entre enormes rocas

El estudio Mesura se ha inspirado en la arquitectura vernácula mediterránea y, sobre todo, en el propio emplazamiento de esta vivienda en la costa catalana para diseñar Balma Murada

En el salón, altavoces de Dieter Rams, lámpara de pie Flamingo diseñada por Álvaro Siza, de BD Barcelona, y Set Togo 'vintage' de Ligne Roset diseñado por Michael Ducaroy, de Allier Warehouse.

Una vivienda que es una respuesta directa al sitio donde se ubica. Una arquitectura que responde a él, que se integra, que no se impone. Así es Casa Balma Murada, el último proyecto de Mesura. El estudio de arquitectura catalán, compuesto por cinco amigos arquitectos, es uno de los nombres con más proyección de nuestro país gracias a hits como la casa en Madrid de Javier Calvo y Javier Ambrossi, la tienda de Aesop en Barcelona con piedras de la Sagrada Familia, Casa Ter en el Ampurdán o, más recientemente, Casa Batlló Contemporary para exposiciones de arte en la mítica obra de Gaudí, una intervención que dialoga con el patrimonio barcelonés. Dentro de poco terminarán un edificio entero en el barrio de Poblenou, están avanzando en la construcción de un museo de arte digital en Riyadh para el año que viene y toda Barcelona habla de un proyecto de recuperación muy especial que tienen entre manos, pero del que todavía no pueden contar nada, aseguran. Proyectos distintos entre sí, pero unidos por una misma manera de entender la arquitectura: siempre desde el contexto, la materia y la experiencia del espacio.

Esta casa se sitúa en el Mediterráneo, más concretamente en la costa catalana, dentro de una reserva natural de gran valor paisajístico y ecológico. Se trata de un terreno rocoso, abierto y expuesto a la tramontana, profundamente marcado por su geografía. “El lugar se impuso por su fuerza y singularidad: su topografía desafiante, viento constante y presencia de roca dictaron el principio del proyecto. La casa nace de observar atentamente la lógica del sitio y aceptar sus condiciones naturales como punto de partida. La intervención comenzaba de cero, pero con un contexto muy potente al que responder. Nos atrajo la posibilidad de construir desde el diálogo”, explica el estudio. Aquí la arquitectura no compite, sino que está pensada para acompañar el entorno: el paisaje mediterráneo en su estado más crudo, las vistas al mar, la conexión directa con la naturaleza, en definitiva.

La vivienda tiene aproximadamente 382 metros cuadrados y se desarrolla en una sola planta pero con varios volúmenes fragmentados, adaptándose al terreno virgen y un tanto complicado. La distribución responde a la orientación y a las vistas: los espacios se abren estratégicamente hacia puntos concretos del paisaje, buscando luz, privacidad y una relación constante con el exterior. Cuenta con dos accesos: uno más funcional, desde el garaje excavado en la roca, y otro más ceremonial, que permite descubrir la casa desde el terreno natural hasta llegar a la terraza y la piscina. El edificio parece posarse sobre el terreno de pizarra, sin alterarlo en exceso, y recupera técnicas tradicionales como el muro de piedra seca, utilizando para la construcción de la fachada esa pizarra extraída del propio solar durante la excavación del garaje.

Para el diseño se inspiraron en la arquitectura vernácula mediterránea, en las construcciones que nacen de la roca o se incrustan en ella. Pero, sobre todo, en el propio emplazamiento: su clima, su materia y su memoria constructiva. Así, predominan los materiales naturales del entorno: la piedra local en los muros estructurales, los colores minerales y ocres y los materiales nobles que envejecen con dignidad: madera, cerámica, encalado blanco. “Queríamos hacer una casa robusta pero acogedora, capaz de enfrentarse al viento y al sol mediterráneos, y al mismo tiempo generar calma y protección. La intención es que interior y exterior se perciban como una continuidad. Todo responde a una misma idea: construir desde el contexto”, continúan. El interiorismo, desarrollado junto a Nora Batlle (Belonging Interiors), mantiene un lenguaje mediterráneo esencial y atemporal. La prioridad no es la luz, la tranquilidad y la relación con el exterior. El resultado es una casa minimalista, fluida, muy pura, muy matérica, muy Mesura, que recuerda la obra de maestros como José Antonio Coderch o Álvaro Siza, con esa mirada atenta a lo local, a la sencillez y a la tradición que les es común, pero que culmina en propuestas revolucionarias por su contemporaneidad.

“Se eligieron textiles naturales como lino y algodón en tonos neutros, priorizando la textura y la honestidad del material. Gran parte de las piezas pertenecen a Belonging Home, firma de textiles y objetos para el hogar, nacida de la misma sensibilidad con la que proyecto los espacios: artesanía local, materiales honestos y diseño con propósito. En Balma Murada los textiles aportan confort y calidez sin competir con la piedra, la luz o la naturaleza; simplemente acompañan y ayudan a que la casa se sienta habitada, no solo construida”, cuenta Nora Batlle.

Les preguntamos a los arquitectos por sus zonas favoritas: “La terraza y la piscina. Es el lugar donde la casa se diluye entre el paisaje y el viento, la luz y el horizonte pasan a formar parte del espacio doméstico. Y si tuviéramos que elegir una pieza, serían los muros de piedra, que son estructura, memoria y paisaje al mismo tiempo –continúa Mesura–. Es una casa contemporánea anclada en la tradición. No busca ser icónica ni estrictamente minimalista. Busca pertenecer al lugar. Refuerza nuestra manera de trabajar: una arquitectura que entiende el entorno como parte activa del proyecto. Más que una obra aislada, es una continuidad en nuestra forma de pensar, proyectar y construir”. Una arquitectura que mira hacia atrás, al genius loci, al respeto profundo por el lugar y su historia.

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