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columna

El periodismo no sirve para nada

El trabajo de los informadores sigue siendo crucial para fiscalizar el poder del dinero, como muestra el ‘caso Epstein’

La foto del expríncipe Andrés a su salida de comisaría el jueves tomada por Phil Noble, reproducida en las portadas de varios periódicos británicos.ADAM VAUGHAN (EFE)

El viejo periodismo no sirve para nada, proclaman los tecnoligarcas que concentran cada vez más poder, pero el jueves al anochecer Phil Noble estaba allí para disparar. Entre la casa de Mánchester donde se despertó y la residencia donde vivía apartado Andrew Mountbatten-Windsor hay unos 250 kilómetros que conectan el centro de Inglaterra con el extremo oeste de la isla. Es una casa de veraneo, cerca del mar, donde vive el hombre anteriormente conocido como príncipe Andrés. La residencia es Wood Farm, integrada en la gran posesión de Sandringham. La familia real compró esa cabaña a mediados del siglo XIX. Allí tuvieron semiescondido a un vástago que sufría ataques epilépticos a principios del XX, allí Carlos organizó fiestas de cazadores cuando era estudiante, allí pasó su padre buena parte de los últimos años de su vida. Allí acudió la policía, sobre las ocho de la mañana, para detener a quien fuera duque de York por presunta mala conducta en ejercicio de cargo público: otra vez el caso Epstein, donde está atrapada la red de tantos hombres influyentes que intercambiaban información, hacían negocios y ejercían su poder abusando de menores de edad y jóvenes a las que trataban como carne a su disposición. Todo a la vez. También Andrés. Impunes porque nadie, fuera del círculo de poder en el que se reconocían, lo veía.

Noble, fotoperiodista de Reuters, se subió a su coche sin olvidar su cámara y se plantó en el condado de Norfolk. ¿Objetivo? Conseguir una fotografía. Lo más impresionante de la imagen del hermano del Rey es la sensación de espanto creada por el flash: las pupilas ocupadas por un rojo casi maligno en contraste con las facciones del desconcierto atemorizado por haber sido descubierto. Ahora la amenaza del pasado delictivo tiene rostro.

El viejo periodismo no sirve para nada, repite el poder del dinero para no sentirse fiscalizado y alejar a los ciudadanos de las verdades ocultadas, pero Julie K. Brown recorrió Estados Unidos e investigó sin descanso. Algo no cuadraba. El abogado Alexander Acosta —nombrado secretario de Empleo en la primera Administración de Trump— había sido el fiscal que en su día llegó a un acuerdo escandaloso con los abogados de Epstien para que el magnate pedófilo saliese de la cárcel. ¿Por qué años después nadie le preguntó por el caso a Acosta en la audiencia en el Senado para confirmarle en el cargo? En un perfil de Brown, publicado por The Guardian, leo que esta periodista veterana ejercía su oficio cuando los periódicos ya eran pasado y los salarios de los profesionales ya habían empezado a decrecer. Para ella esta deriva del oficio era un problema vital.

Madre soltera, dos hijos en la Universidad, no le llegaba con su sueldo para poder pagar sus estudios. Pero perseveró. Le parecía incomprensible la desidia política en la audiencia de Acosta: el sistema democrático, en estos casos, quiebra y el periodismo, ejercido con responsabilidad, puede repararlo. Empezó a tirar del hilo y, leyendo informes en los que no se habían detenido sus colegas, identificó los nombres de quienes dejamos de ver porque su memoria se disuelve entre los grandes nombres de la vergüenza: las mujeres víctimas de esa trama que tenía el abuso sexual como activador principal y como el hilo que, año tras año y fiesta tras fiesta, enlazaba a sus implicados. Habló con ellas. “No recuerdo el momento exacto en que me violó, ni qué pasó por mi cabeza, salvo que nada de eso tenía sentido”, le confesó una. El 28 de noviembre de 2018, se reabrió el caso Epstein gracias a un artículo extraordinario publicado en el Miami Herald.

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