De una mansión de Palm Beach al palacio de Windsor: cómo el ‘caso Epstein’ desató un terremoto global
La detención del expríncipe Andrés es la consecuencia más trascendental de las últimas revelaciones sobre la red internacional de poder y sexo del millonario pederasta


Cuando se cumplen tres décadas de la primera denuncia en Nueva York contra Jeffrey Epstein, que el FBI echó en saco roto, el caso del financiero pederasta es ya un escándalo de alcance global, que este jueves cruzó otro Rubicón con el arresto en el Reino Unido del expríncipe Andrés en el día de, precisamente, su 66º cumpleaños.
Hace también dos décadas desde que Epstein fue procesado por primera vez en Florida, después de que los investigadores reunieran decenas de denuncias de menores que habían sufrido abusos sexuales en su mansión de Palm Beach. Y el millonario pederasta estaba a punto de ser juzgado de nuevo por esos hechos en Nueva York en 2019 cuando murió en una celda en lo que el forense dictaminó como un suicidio.
A su muerte, dejó una red de tráfico y abuso sexual con centenares de víctimas, menores de edad o no (hasta 1.200, según algunos cálculos), así como una tupida telaraña de vínculos con el poder y amistades que en muchos casos lo siguieron siendo después de que recibiera su primera condena en 2008 por dos delitos estatales, que incluyó su inscripción en un registro público de agresores sexuales. Sus crímenes dejaron también su rastro en una cantidad ingente de documentos que está publicando el Departamento de Justicia de Estados Unidos, obligado tras meses de negarse a hacerlo por una ley aprobada casi por unanimidad por las dos cámaras del Congreso de Washington.

Tras dos liberaciones de papeles de Epstein que atizaron la polémica en Estados Unidos en torno a una serie de sospechosos habituales del caso (además de Donald Trump, Bill Clinton, Noam Chomsky, Steve Bannon, Bill Gates y Woody Allen, entre otros) y provocaron el enfado de las víctimas por la gestión de las partes censuradas, entre la chapuza y el exceso de celo para proteger a los presuntos agresores, llegó hace tres semanas la última. Es la más ingente hasta la fecha —3,5 millones de documentos que se pueden consultar aquí, entre los que hay 2.000 vídeos y 180.000 imágenes—, así como la de mayor impacto en el extranjero.
Esos archivos no solo han sellado el ataúd de la reputación y conducido a la detención de Andrew Mountbatten-Windsor por lo que transparentan una vez más de su intimidad con Epstein, al que pasó supuestamente información económica confidencial del Gobierno británico mientras aquel ocupó el cargo de enviado especial para el Comercio Internacional. También han forzado la renuncia de su escaño en la Cámara de los Lores del político laborista Peter Mandelson —tras perder su puesto en septiembre como embajador en Estados Unidos, afronta además una investigación penal— y han provocado una crisis aún sin cerrar al primer ministro, Keir Starmer, que ha ofrecido la cabeza de tres miembros de su Gabinete para sortear el escándalo.

Después del Reino Unido, Noruega es el país en el que las últimas revelaciones sobre Epstein han golpeado con más fuerza, especialmente en su casa real, hasta el punto de mermar la confianza de sus súbditos en uno de los sistemas tradicionalmente menos corruptos del mundo. Además de a Mette-Marit, la princesa heredera consorte, a la que una serie de correos electrónicos intercambiados con Epstein han puesto contra las cuerdas, la última publicación de archivos ha salpicado a un ex primer ministro (Thorbjorn Jagland), a un excanciller (Borge Brende) y a una pareja de respetados diplomáticos (Mona Juul y Terje Rod-Larsen), a cuyos hijos llegó Epstein a legar 10 millones de dólares, que nunca recibieron.
Esa red global tenía ramificaciones en Polonia, Rusia, Israel y en las monarquías del Golfo, e incluía nombres propios como los del exministro francés de Cultura Jack Lang (al que el escándalo ha empujado a dimitir al frente del Instituto del Mundo Árabe, en París).
Alemania, Irlanda, Lituania, Letonia y Turquía han lanzado o estudian lanzar investigaciones criminales. Y toda esa nueva información ha llevado a un grupo de expertos independientes designado por el Consejo de Derechos Humanos de Naciones Unidas a definir los tentáculos de Epstein como una “red global” que llevó a cabo actos que legalmente constituyen “crímenes de lesa humanidad”. “Tan grave es la escala, la naturaleza, el carácter sistemático y el alcance transnacional de estas atrocidades contra mujeres y niñas”, apuntan esos expertos.
Pocas consecuencias en Estados Unidos
Entretanto, el escándalo sigue entreteniendo la actualidad en Estados Unidos. Lo hace, eso sí, sin demasiadas consecuencias, más allá de un puñado de dimisiones o despidos en el sector privado, para aquellos (también aquellas, como Kathryn Ruemmler, ejecutiva de Goldman Sachs) señalados en los papeles de Epstein, una mancha reputacional que no indica necesariamente que estos cometieran ningún delito o tuvieran conocimiento de los crímenes del millonario pederasta.
No deja de ser paradójico que las dos personas que de momento hayan sido detenidas en relación con él sean británicas: además del expríncipe Andrés, está la mejor amiga/cómplice/conseguidora de Epstein, Ghislaine Maxwell, que cumple desde 2022 una sentencia de 20 años en una cárcel de mínima seguridad de Texas, a la que fue trasladada tras entrevistarse con el vicefiscal general Todd Blanche.
Maxwell compareció hace 10 días ante el Congreso de Estados Unidos, y recurrió una y otra vez al derecho de no testificar que garantiza la Quinta Enmienda. Su abogado dijo ese día que su clienta estaba dispuesta a contar todo lo que sabe, y exculpar a Trump y a Clinton, si se le concede una inmunidad que nadie está en condiciones de descartar estos días en Washington.

Lo que sí saben quienes desde hace semanas peinan la ingente cantidad de nuevos documentos publicados por el Departamento de Justicia (que aún tiene que desclasificar millones de papeles más) es que estos cuentan una turbia historia sobre los entresijos del poder en una época, entre finales de los años noventa y la explosión del movimiento Me Too, en la que ese puñado de ricos y famosos de todo el mundo hablaba la lingua franca del dinero, las conexiones provechosas, la defensa mutua y el sexo, a bordo de aviones privados o refugiados en la isla remota de la que era propietario Epstein. Y todo ello, como apuntó Robert Draper en The New York Times, “mientras crecían la ira populista y la desigualdad” en un tiempo que asistió “al declive industrial y la crisis de las hipotecas subprime, y millones de estadounidenses perdieron sus hogares”.
Lejos de despejarlas, la publicación de nuevos materiales ha instigado nuevas teorías y resucitado viejas conspiranoias, como la que afirma que a Epstein lo mataron porque estaba a punto de tirar de la manta o la que asegura que aún vive, y que se esconde en Israel, dedicado a los videojuegos. ¿No es uno de los principales combustibles de esas teorías la supuesta existencia de una sociedad de hombres poderosos que actúan a su antojo, ajenos a las reglas que se aplican al resto de los mortales?
En el Reino Unido, este jueves, esas reglas sí se aplicaron, y condujeron al arresto del expríncipe Andrés, cuyo hermano, el rey Carlos III de Inglaterra, pidió poco después de la detención que “la ley siga su curso”. No está claro aún a dónde conducirá ese curso, ni si la caída del hijo favorito de la reina Isabel II inaugurará una nueva era de responsabilidades en el caso Epstein. Empezó hace 30 años con una denuncia en Nueva York a la que el FBI no hizo caso y en su última encarnación ha adquirido la forma de un cataclismo global.
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