El expríncipe Andrés, el hijo consentido de Isabel II que causó la mayor crisis de la monarquía británica
Los manejos del hermano de Carlos III con el millonario Epstein han tambaleado los cimientos de Buckingham


Es necesario haber estudiado con mucha profundidad al personaje para pronunciar un veredicto tan rotundo. Cuando este corresponsal preguntó al historiador Andrew Lownie, hace apenas una semana, cómo era el expríncipe Andrés, su primera respuesta fue visceral: “Es un estúpido”. Luego matizó:
“Es un tipo muy pagado de sí mismo, que se siente con derecho a todo. Su propio sentido de quién es deriva de ser un miembro de la familia real. Creo que en el fondo es una persona muy insegura, con poca personalidad, al que la gente, en general, encuentra muy aburrido. Pero toda la vida se le ha dicho que es maravilloso y ha estado sobreprotegido. No tiene barreras morales. Y a estas alturas no es capaz de entender el problema que ha creado”, explicó Lownie, autor de la biografía más rigurosa, informada e incisiva sobre el hermano de Carlos III. Entitled: The Rise and Fall of the House of York (William Collins, 2025) (Privilegiado: auge y caída de la Casa de York) es una enmienda a la totalidad de 450 páginas contra Andrés, el problema más grave que afronta la casa real británica en la era contemporánea.
El expríncipe Andrés siempre fue considerado como el hijo favorito de Isabel II. Su intervención como piloto en la guerra de las Malvinas (abril-junio de 1982) le convirtió brevemente en un héroe nacional. Hasta que llegó el momento de buscarle una ocupación pública. Allí comenzaron los inconvenientes. “Siempre hemos tenido un problema con los miembros menores de la familia real, en parte porque no comparten la sensibilidad de la reina para captar la opinión pública, y en parte porque transmiten la impresión (justa o injustamente) de poseer unos derechos o privilegios que en algunos casos no están justificados por las tareas que realizan”, explicó a EL PAÍS Jonathan Sumption, historiador, abogado y exmagistrado del Tribunal Supremo, cuando el escándalo Epstein comenzó a anunciar el principio del fin del entonces duque de York.
La opinión pública británica estaba escandalizada ante unas revelaciones que mostraban al hijo de la reina como un irresponsable y malcriado juerguista que había sido capaz de abusar sexualmente de las mujeres que su amigo Epstein le ponía en bandeja. La foto en la que Andrés agarraba de la cintura desnuda a Virginia Giuffre, entonces una menor captada en la perversa red del multimillonario pederasta, hablaba por sí sola. La mujer llevó al entonces príncipe a los tribunales y lo acusó de abusos sexuales.
Andrés, en una demostración de soberbia que fue su condena, intentó defenderse con una entrevista a la periodista Emily Maitlis, en el programa Newsnight de la BBC, en la que demostró con claridad abismal lo alejado de la realidad que estaba el hijo de la reina. Sus respuestas, con argumentos ridículos para intentar negar su relación con la mujer y un tono de soberbia insoportable, causaron conmoción en el palacio de Buckingham y en la sociedad británica. Decenas de empresas e instituciones comenzaron a desvincularse en cascada de los proyectos filantrópicos del entonces duque de York, y la reina, impulsada a regañadientes por el heredero, Carlos de Inglaterra, y su hijo, el príncipe Guillermo, decidió apartar a su favorito de las tareas públicas de representación de la casa real.
Porque pese a su innegable compromiso institucional, cuando se trataba de Andrés, Isabel II no dejó de dar muestras de los dilemas de su doble condición de madre y reina: en 2011, apenas semanas después de que Giuffre denunciara públicamente que había sido forzada a mantener relaciones sexuales con Andrés en tres ocasiones, Isabel II concedió a su hijo, que siempre ha negado la acusación, la insignia de caballero de la Gran Cruz de la Real Orden Victoriana, el mayor honor al que se puede aspirar por “servicio personal” a la corona y el segundo más alto en la jerarquía de condecoraciones.
“Le pasó un poco como a Margaret Thatcher. Que hizo la vista gorda ante un hijo que era un inútil, y apoyó tanto su ambición como sus corruptelas. Me temo que la reina pecó de lo mismo”, señala el historiador Lownie.
La afición por las mujeres de Andrés y el lujo marcaron pronto su imagen. De él dijo Carlos III que era el que en la familia tenía “la apariencia de Robert Redford”. Ya en los años setenta, la prensa lo apodó Randy Andy (Andy el libidinoso o cachondo), tras ser pillado en el alojamiento femenino del internado escocés de Gordonstoun, donde estudió. Se le han atribuido incontables romances, con nombres conocidos e incluso simultáneamente, aunque varias mujeres han hablado con la prensa sobre sus modales groseros y una conducta infantil.
Otro de sus sobrenombres es Air Miles Andy (Andrés Millas Aéreas), por un excesivo uso de helicópteros y aviones privados para sus traslados. La Oficina Nacional de Auditoría (el regulador independiente de gasto) condenó los más de 4.000 euros que costó un desplazamiento en helicóptero de apenas 80 kilómetros para una comida con dignatarios árabes. En 2011 y 2012, su factura de viajes rozó el medio millón, pese a que en 2011 había renunciado a ser enviado comercial del Reino Unido, precisamente por la controversia incipiente ante su cercanía a Epstein, quien ya había sido condenado por delitos sexuales contra una menor.
La sociedad de ayuda mutua de Andrés y Sarah
Sarah Fergusson, con la que contrajo matrimonio en 1986 y se divorció en 1992, es un personaje complementario e indisoluble de la historia del príncipe Andrés. Hasta hace nada, ha seguido compartiendo con él las viviendas de la casa real. La ahora exduquesa de York tenía una habilidad para las relaciones sociales de la que carecía su exmarido, pero también una afición por el dinero y una tendencia compulsiva a gastarlo sin freno que puso en apuros en muchas ocasiones al palacio de Buckingham. Se convirtió en “la mayor amenaza individual de esa era para la monarquía”, según dejó dicho Robin Janvrin, el entonces secretario de comunicación de Isabel II.
Acostumbrada a caer y a levantarse, hubo un momento, durante los últimos años, en que jugó a ser aliada de Carlos III, para convencer a su exmarido de que evitara una sobrexposición pública que solo complicaba las cosas a su hermano. Su habilidad fue premiada incluso con una nueva invitación a la celebración familiar navideña en Sandringham.
La revelación de su humillante email al multimillonario estadounidense Epstein, enviado en 2011, a pesar de que entonces ya estaba condenado por delitos sexuales, volvió a poner en la picota al personaje con más instinto de supervivencia del complejo mundo de la familia real británica.
Su caída, sin embargo, no parece que vaya a ser tan estrepitosa como la de su exmarido, el príncipe Andrés, que ni en sus peores sueños llegó a imaginar que un día saldría de casa arrestado por la policía.
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