El Mencho, el capo discreto que revolucionó el mapa criminal de México
El fundador y jefe máximo del Cartel Jalisco Nueva Generación amplió con cabeza fría y perfil bajo el negocio criminal más allá de la droga, con tentáculos por todo el país capaces de asesinar a jueces, políticos y militares


Había apenas tres fotos de él. Todas eran los típicos retratos de las fichas de la DEA (la Agencia antidrogas de Estados Unidos) y fueron tomadas a principios de los años noventa. Primero le cazaron con algo de marihuana. Luego, vendiendo heroína a policías encubiertos en un bar de San Francisco. Tenía poco más de 20 años y se dedicaba a entrar de mojado (sin papeles) a Estados Unidos, lo detenían y lo deportaban. Siempre encontraba la manera de volver a cruzar. Pero tras cumplir unos años de condena decidió quedarse en México. A partir de ahí, ya no hay más fotos de una carrera criminal que llevaría a Nemesio Oseguera Cervantes a convertirse en el capo de la mafia más poderosa, el Cartel Jalisco Nueva Generación (CJNG), que revolucionó el negocio más allá de la droga —extorsión, robos, trata de migrantes— con tentáculos por todo el país y buena parte de Estados Unidos, capaz de asesinar a jueces, políticos y militares, paralizar ciudades enteras, contratar mercenarios extranjeros y derribar a cañonazos helicópteros del Ejército. El Mencho, muerto este domingo en un operativo policial, era el objetivo número uno de México y el capo más buscado por Estados Unidos al frente de “una de las organizaciones criminales transnacionales más peligrosas del mundo”.
La historia del Mencho empieza siguiendo los patrones del narcotráfico mexicano. Hijo, como tantos otros, de una familia pobre de campesinos en Michoacán, tierra de amapola y marihuana, tras sus peripecias de joven al otro lado de la frontera, comienza su ascenso desde abajo, como un simple sicario a sueldo de una de las facciones asociadas al Cartel de Sinaloa, la nave nodriza del narcotráfico mexicano. Con una mezcla de traiciones y alianzas estratégicas, en 2009 vende a su jefe en el llamado Cartel del Milenio para ganarse el favor de uno de los capos de Sinaloa y colocarse como uno de sus hombres de confianza. Así nace en 2010 el Cartel Jalisco Nueva Generación, como uno de los brazos armados de la mafia sinaloense.
Un año después llega su carta de presentación más mediática. El 20 de septiembre de 2011, a las cinco de la tarde, seis furgonetas cortaron el tráfico en la carretera de Boca del Río, una de las zonas turísticas más populares de Veracruz. Abrieron las compuertas y colocaron sobre el asfalto 35 cadáveres. Eran supuestamente miembros de Los Zetas, un sanguinario grupo formado por exmilitares de élite que en aquel entonces estaban en guerra contra Sinaloa. El golpe le valió el apodo de los matazetas.
La alianza con Sinaloa no duró mucho. Tras la muerte de su jefe, Ignacio Coronel, en un operativo policial, acusan otra vez al Mencho de traición, cimentando su fama de ser un tipo frío, calculador y sobre todo discreto, alejado del lujo y la ostentación que han acabado precipitando la caída de tantos capos. Los informes policiales subrayan en el crecimiento de la mafia del Mencho su astucia para aprovechar los huecos que iban dejando los carteles más clásicos. Mientras los gobiernos de turno desde hace 20 años se centraban en Sinaloa, los Zetas o los Templarios, la gente de Mencho fue ocupando esos espacios y aprendiendo las lecciones de los capos caídos.
De los viejos hampones del Pacífico aprende la importancia del poder de negociación y de tejer redes de complicidad con los políticos. De los Zetas, fundadores del narcoterrorismo, la violencia extrema como, precisamente, carta de negociación. De sus vecinos en Michoacán, las técnicas de narcopropaganda y la expansión hacia nuevas drogas sintéticas, sobre todo, la metanfetamina. Y quizás su mayor creación, la fórmula de una mafia moderna y descentralizada que funciona como una especie de franquicia, una marca alejada de los códigos viejos del hampa, que se dedicaban a la droga y dejaban fuera la extorsión y el secuestro de la población.
En los últimos años, era habitual encontrar por las redes sociales videos de grupos enfundados en ropa paramilitar, fusiles de asalto, camiones modificados desde las ruedas al techo con placas de hierro como si se trataran de tanques caseros, y el logo de CJNG en la pechera lanzando loas al Señor de los Gallos, otro de los apodos del Mencho por su afición a las peleas de animales en los palenques. Esa exhibición de poder de fuego se complementaba con acciones de propaganda, sobre todo en la frontera de Michoacán con Jalisco, los feudos del Mencho. Unas acciones que buscan construir legitimidad y base social en los pueblos más olvidados, prometiendo muchas veces que bajo su yugo se acabarían las amenazas y las extorsiones de otros grupos.
Propaganda y violencia extrema
El reinado del Mencho y su persecución por el Estado han estado atravesados por una sucesión sin fin de ataques y venganzas. En 2015, cuando el capo michoacano comenzaba ya a instalarse en el imaginario global como el heredero de la figura casi mítica de El Chapo, la muerte de uno de sus hombres a manos del Ejército fue respondida con una emboscada a un convoy militar y 15 agentes asesinados. La detención de varios de los supuestos sicarios implicados tuvo como réplica narcobloqueos por todo Jalisco y un helicóptero militar derribado con un bazuca.
La extradición en 2020 de su hijo, Rubén Oseguera, El Menchito, fue respondida con el asesinato del juez que lo procesó a tiros en su casa en Colima, una de las zonas controladas por el cartel y ruta de precursores químicos desde los puertos del Pacífico. A finales de ese mismo año la sombra del Mecho también está detrás del asesinato en los baños de un bar en Puerto Vallarta, el corazón turístico de Jalisco, del exgobernador Aristóteles Sandoval.
Uno de los puntos de inflexión sucede ese mismo año. El entonces jefe de la policía de Ciudad de México, Omar García Harfuch, hoy secretario federal de Seguridad, salía una mañana en coche por las Lomas de Chapultepec, una de las zonas más exclusivas de la capital. Un grupo de 28 sicarios le cortó el paso y durante cuatro minutos descerrajaron más de 100 balas de fusiles militares. Harfuch sobrevivió, pero la demostración de fuego de CJNG, en pleno corazón del poder político y económico de México, supuso un desafío pocas veces visto en un país tristemente acostumbrado a sucesos impactantes.
Antes de todo ese despliegue que lo colocó en el centro de la diana, la ficha policial del Mencho se mantuvo limpia hasta 2013. Las primeras investigaciones las abrieron las policías de Jalisco por la muerte de un cocinero que fue a atender una fiesta y desapareció. Luego, una segunda por la muerte de unos pescadores. Ya entonces empezaba a perfilarse otro de los pilares de los negocios del Mencho: el lavado de dinero. Compraba restaurantes, les colocaba a un contable de sus filas y les dejaba seguir con la actividad. Otra investigación de 2015 apuntaba incluso a todo un plan para identificar buenos estudiantes de Derecho y Contaduría, darles becas y reclutarlos cuando se licenciaran.
Envuelto en mitos y leyendas como todo criminal de su altura, corría el rumor de que estaba afectado de una enfermedad renal, lo que abonaba su perfil bajo y sus pocos movimientos visibles. Entre sus dominios en la sierra fronteriza entre Michoacán y Jalisco, se decía también que tenía incluso un hospital propio, donde trataba de sus dolencias un hombre que cada vez estaba más solo.
Durante los últimos años, la estrategia de la justicia estadounidense ha sido asediar al Mencho a través de su familia. Su hermano Antonio, Tony Montana, fue detenido en 2022 y trasladado a Estados Unidos la semana pasada. Su hijo Rubén, El Menchito, fue declarado culpable de narcotráfico el año pasado en una corte de Washington. Su yerno, Cristian Fernando Gutiérrez El Guacho, parte de la cúpula del CJNG, fue arrestado el pasado noviembre en California tras haber fingido su propia muerte para burlar la ley.
De su círculo más cercano, solo quedaba su mujer, Rosalinda González Valencia, apodada La Jefa, clave en el aparato financiero de la mafia. Detenida dos veces en México y liberada las dos veces, ambos son del mismo pueblo michoacano, Aguililla, pero se conocieron durante sus tiempos jóvenes de migrantes en California. Se casaron a finales de los noventa a su regreso a México y aquella boda ya apuntaba a la ambición y la mente calculadora del Mencho. Por las venas de La Jefa, a diferencia de su marido, corre la sangre azul de una saga familiar con solera en el narcotráfico mexicano, los hermanos Valencia, también conocidos como los Cuinis, que tras la boda se convertirían en uno de los brazos más poderosos de la mafia fundada por el Señor de los Gallos.
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