México estrena su baraja criminal para 2026
Con el mundial a las puertas y Trump redoblando la presión en la región, el Gobierno de Sheinbaum trata de equilibrar su objetivo de reducir la violencia con las exigencias de EE UU contra el narco


La primera tormenta política de 2026 en América Latina parece amainar, al menos de momento. Las llamadas del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, con los de Colombia y México, Gustavo Petro y Claudia Sheinbaum, han rebajado la tensión de la primera semana del año, marcada por los amagos del republicano de lanzar operaciones en ambos países –después de la de Venezuela– todo a cuenta del tráfico de drogas. El narco se erige estos días en una de las principales obsesiones foráneas de Trump. En el caso de México, el Gobierno maneja una serie de objetivos que servirían para aliviar la presión del norte. Entre ellos están primeras espadas criminales, como Nemesio Oseguera, alias Mencho, los hijos del Chapo Guzmán y el Mayo Zambada, pero también figuras intermedias del hampa, caso de algunos líderes delictivos de Michoacán.
Sheinbaum encara un reto conocido, renovado cada pocos meses: conciliar sus objetivos en seguridad y las exigencias que llegan de la Casa Blanca. Con la Copa del Mundo de fútbol a la vuelta de la esquina y los halcones de Trump pendientes de los movimientos al sur del río Bravo, el sendero es estrecho, fangoso. Estados Unidos exige resultados en materia de combate al tráfico de drogas, principalmente el fentanilo, potente opioide que ha alimentado la epidemia de sobredosis en aquel país, en la última década. La presidenta y su equipo de seguridad, que capitanea el secretario del ramo, Omar García Harfuch, explican que el combate existe, como nunca antes, mientras enumeran decomisos y capturas. Pero la exigencia trasciende a lo palpable, situación que dificulta la tarea.
Trump sostiene un mantra, ahora y siempre, que consiste en asegurar que los cárteles del narcotráfico gobiernan México. Sheinbaum y su equipo trabajan en la práctica en tratar de deshacer esa idea en la cabeza del republicano. Las entregas pactadas de decenas de criminales vinculados al tráfico en el último año, de gran espectacularidad mediática, caso simbólico, por ejemplo, de Rafael Caro Quintero, responden precisamente a eso. Pero el apetito en el norte aumenta y la necesidad de nuevas piruetas narrativas se impone en el escenario de la relación bilateral, situación que determinará los pasos de Gobierno mexicano en los siguientes meses.
La detención de criminales apetecibles para EE UU en México aparece así como una forma de contener las creencias más arraigadas de su presidente. La idea en México es capturar objetivos que, más allá del interés que generen en el norte, redunden en una bajada de los índices delictivos en el país. Según fuentes cercanas al Gabinete de Seguridad federal que ha consultado EL PAÍS, entre estos objetivos figuran, además de las primeras espadas, personajes como César Alejandro Sepúlveda, alias Bótox, del grupo Los Viagras, que tiene su área de operación en la Tierra Caliente de Michoacán, o Heraclio Guerrero, alias Tío Lako, que se mueve entre Michoacán y Jalisco.
Uno y otro, Bótox y Tío Lako, son conocidos por su extrema violencia. El primero es uno de los principales objetivos de las autoridades en Michoacán, que le acusan de orquestar el asesinato hace unos meses de Bernardo Bravo, presidente de la asociación de citricultores de Apatzingán, capital agrícola de la Tierra Caliente. El segundo es uno de los líderes regionales del Cartel Jalisco Nueva Generación (CJNG) en el mismo Estado, pero algo más al norte, de Zamora a Tanhuato y Ecuandureo. El primero se siente perseguido y ha publicado varios vídeos en redes sociales estos días, exculpándose del caso de Bravo, entre otras cosas. Más discreto, del segundo se sabe que comanda uno de los grupos que componen el ecosistema del CJNG, Los Guerreros.
En la lista aparecen además los sospechosos habituales de los últimos años en México, escurridizos, difíciles de agarrar por su habilidad en la búsqueda y construcción de escondites, por la fortaleza de sus equipos de seguridad, y por las consecuencias de un posible arresto, en términos de erupciones de violencia. Es el caso de Nemesio Oseguera, alias Mencho, líder absoluto del CJNG, heredero mediático de los viejos capos del Cartel de Sinaloa, ninguno tan célebre como el Chapo Guzmán. Originario de Aguililla, en Michoacán, las autoridades federales ubican al Mencho en la Sierra Madre Occidental, en municipios como Jiquilpan, Juanacatlán o Tapalpa.
“El problema con él son sus anillos de seguridad”, dice a este diario una fuente de seguridad, que recuerda que el Gobierno de Enrique Peña Nieto (2012-2018) llevó a cabo tres intentos para capturarlo, todos fallidos. “Por el motivo que sea ya no hubo un cuarto intento”, apunta. “Y es que agarrarlo implicaría la muerte de más de 100 personas”, añade. Más allá del Mencho, el problema con el CJNG es que las comandancias regionales siguen en pie, con pocas excepciones, caso de Armando Gómez, alias Delta 1, detenido en diciembre. Los demás, caso del Sapo, el Jardinero, el Doble R, el 03, o el mismo Lako, siguen campando a sus anchas por el occidente del país.
En Sinaloa y el corredor noroeste de México, los objetivos son los líderes de las tres facciones principales del Cartel del Pacífico, los Chapitos, los dos hijos que le quedan libres al Chapo Guzmán y sus seguidores; los Mayos, liderados por uno de los hijos de Zambada, y la facción del Chapo Isidro, personaje que encarna los grandes anhelos de Washington. Los Chapitos se han debilitado por la guerra que mantienen desde septiembre de 2024 con los Mayos. Iván Archivaldo y Joaquín Guzmán, hijo, siguen prófugos y, dada la cantidad de ayudantes que han capturado o matado las autoridades, o que han caído en la guerra, su futuro se antoja complicado.
En el caso de los Mayos, el líder de la facción, Ismael Zambada Sicairos, alias Mayito Flaco, parece haber aguantado mejor la batalla estos meses. También la embestida estatal. Antiguo estudiante de agronomía, Zambada Sicairos mantiene aliados poderosos, caso de la familia Cabrera, fuerte en los límites de Sinaloa y Durango, el corazón del triángulo dorado, inmerso en plena reconversión industrial: las viejas plantaciones de amapola y cannabis han dejado paso a una impresionante operación de droga sintética, fentanilo y metanfetamina, principalmente. En cuanto al Chapo Isidro, su facción parece la gran ganadora de la guerra. Una fuente de seguridad señalaba estos días a este diario que “es el más fuerte de todos”.
La volatilidad de Trump impide saber qué camino tomará la relación bilateral. Las explosiones dialécticas del republicano contra su vecino del sur atracan de momento en los puertos que le ofrece Sheinbaum. Una fuente cercana a la mandataria que ha consultado EL PAÍS señala que los ataques terrestres en México carecen de sentido. “Es que tú mira, tienes una casa de seguridad de un grupo, y al lado, una peluquería, y al lado, un jardín de infancia, ¿cómo vas a lanzar un misil ahí?”, dice. La lógica es irreprochable. Otra cosa es que Trump la acepte.
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