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Lecturas internacionales
Columna
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Antes de que sea demasiado tarde

El debate ya no versa sobre el constatado autoritarismo de Trump sino sobre el inmediato futuro

Putin y Trump, en su conferencia de prensa conjunta en la cumbre de Anchorage, el pasado día 15.
Lluís Bassets

Agosto ha sido provechoso para Putin y Trump, apocalíptico para los gazatíes, desastroso para los europeos y trágico para todos. Pudo ser mucho peor. La cumbre de Anchorage no fue como la de Múnich en 1938, tal como muchos temían. No se repitió aquella ignominiosa paz para nuestro tiempo que Chamberlain creyó arrancar de Hitler y precedió a la mayor guerra y matanza de la historia. Trump no ha entregado, al menos todavía, los territorios ucranios que Putin le demanda, como aquel primer ministro inglés que vendió a Checoslovaquia para apaciguar al Führer, animándole así a seguir la escalada hasta ocupar Polonia.

Tal como destacan muchos historiadores, el pasado no se repite ni imparte claras lecciones a una humanidad por lo demás propensa a desatenderlas, pero sirve de advertencia. Es elocuente la estampa de los ocho mandatarios europeos apiñados ante Trump en el Despacho Oval, en un gesto de aceptación de su liderazgo y de sumisión al nuevo y extraño orden internacional basado en la adulación, el chantaje y la mentira. Esta es la foto de la realidad europea, una colección de debilidades, rendida ante la vanidad, la codicia y el resentimiento que reivindica con descaro el presidente de Estados Unidos como legítimos móviles de su liderazgo.

No ha tardado la respuesta brutal de Putin a las glorias trumpistas exhibidas entre Alaska y Washington: avances en el frente e intensos bombardeos sobre las ciudades ucranias e incluso las representaciones europeas en Kiev. Cuenta con la luz verde de Trump para negociar la paz sin que cesen los combates. Está en el orden del día la cesión de territorio soberano de Ucrania, incluso el que Moscú no ha conquistado ni controla. Ya forma parte del programa trumpista, especialmente del partido ruso que encabeza el vicepresidente J. D. Vance, que Ucrania no entre jamás en la OTAN. Quedan las garantías de seguridad, aceptadas sobre el papel por Trump, aunque sin rechistar ante Putin, que rechaza la presencia de tropas europeas y quiere participar con derecho de veto en el grupo de países comprometidos en el mecanismo de estabilidad para Ucrania. Sabemos qué significa, conociendo su historial de vulneraciones de los acuerdos y convenciones que garantizaban la soberanía y la integridad del país atacado: el lobo se ofrece a cuidar de las ovejas.

Putin nada cede porque Trump nada le demanda. Al contrario, le ofrece su complicidad dilatoria y su colaboración en el sometimiento de los europeos. En su segundo mandato presidencial, más que en el primero, actúa como un agente objetivo del Kremlin, aunque no puede descartarse que lo sea también subjetivo. Más atractiva y verosímil es la idea de una convergencia de ideologías, intereses y sistemas, tal como se profetizó hace más de medio siglo durante la Guerra Fría respecto a capitalismo y socialismo, con la diferencia notable de que ahora no se trata del sueño progresista de un horizonte común de libertad y democracia en el que iban a encontrarse los polos enfrentados de la Guerra Fría, sino de la creciente coincidencia de pulsiones autoritarias, nacionalismos ultras e intervencionismo gubernamental en el mercado, la vida social e incluso las empresas privadas, por parte de los dos emperadores, el ruso y el estadounidense.

En este fértil agosto, Trump ha reforzado su poder personal sobre instituciones y agencias públicas, con la Reserva Federal y la palanca de los tipos de interés en el punto de mira. El Departamento de Justicia y el FBI, con los abogados que le defendieron ante inculpaciones e impeachments al frente, son ahora el batallón justiciero desplegado para la venganza personal. Signo inconfundible del avance autoritario es la militarización del control sobre la inmigración y de la persecución del crimen en las grandes ciudades, invadiendo competencias civiles de municipios y Estados. Todo a espaldas de un Congreso sumiso y obediente y sorteando el control de una justicia abrumada por los litigios y crecientemente desprotegida por la actitud deferente del Tribunal Supremo hacia el presidente.

En poco más de medio año, la democracia ya ha perdido pie. Si alguien llama de madrugada a la puerta ya no es el lechero sino que puede ser la migra, la policía del servicio de inmigración y aduanas. El abuso de poder es la regla. Lo saben quienes no tienen papeles, pero también quienes critican al presidente, sean republicanos o demócratas. Con los contrapesos y equilibrios de la democracia averiados, es ocioso seguir hablando de división de poderes. La discusión ya no versa sobre la acelerada marcha autoritaria, cierta, comprobada, sino sobre el inmediato futuro. ¿Cómo serán las próximas elecciones de mitad de mandato? ¿Llegará Trump a la osadía de presentarse en 2028, tal como ya reivindican las gorras que muestra a sus invitados europeos en la Casa Blanca? ¿Estamos todavía a tiempo o llegará pronto el momento en que será demasiado tarde?

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Sobre la firma

Lluís Bassets
Escribe en EL PAÍS columnas y análisis sobre política, especialmente internacional. Ha escrito, entre otros, ‘El año de la Revolución' (Taurus), sobre las revueltas árabes, ‘La gran vergüenza. Ascenso y caída del mito de Jordi Pujol’ (Península) y un dietario pandémico y confinado con el título de ‘Les ciutats interiors’ (Galaxia Gutemberg).
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