Así empezó nuestra ceguera
En la competición por la atención siempre terminan ganando los canallas

Granujas adictos al espectáculo, pícaros con tendencias sociopáticas y otras figuras a mitad de camino entre lo estrafalario y lo peligroso. Durante un tiempo, la democracia consiguió que este tipo de tunantes no pudiera acceder a las más altas instancias del poder. Entendámonos. Aspirantes a tiranos y tiranos hechos y derechos que alcanzaban el poder de manera relativamente democrática —esto es, ganando elecciones— los hubo siempre. Pero durante 40 o 50 años los Trump, Boris Johnson, Milei o Bolsonaro fueron inimaginables como presidentes y primeros ministros. Eran demasiado grotescos, descarados, impresentables.
¿Qué cambió para que pudieran llegar a presidentes?
Como ocurre con casi todas las cosas que importan en la vida, la respuesta está en Italia. Fue seguramente Silvio Berlusconi quien primero entendió que la progresiva liberalización del espacio televisivo suponía una transformación de primer orden para las democracias. A medida que nacían más y más canales privados de televisión, las democracias representativas pasaban de ser un precario escenario de discusión de ideas a un campo de batalla mediático en el que se trataba de colocar el mensaje de turno diariamente. Surgieron entonces los expertos en comunicación política, que fueron quienes pusieron los mimbres para que la democracia fuera cada vez más una competición por la atención. Berlusconi supo atraer la atención con su porquería televisada, una personalidad tan hortera como magnética y la inevitable dosis de populismo.
El siguiente paso, resumiendo un poco, fueron las redes sociales. Pertenece a la Edad de Piedra aquella idea según la cual las redes sociales, e internet en general, podían ser el mecanismo para materializar la democracia deliberativa a gran escala. No hizo falta demasiado tiempo para que se revelaran, mayoritariamente, como una mera extensión de lo que Berlusconi había visto en la privatización de la televisión. Los móviles inteligentes fueron la exacerbación de la competición por la atención. Convirtieron todas las cuestiones serias en objetos de entretenimiento. Así, uno no puede sacarse de encima la sensación de que cuantas más notificaciones y actualizaciones recibe en el móvil sobre una noticia, menos sabe sobre esa noticia. Nunca habíamos estado tan atentos y a la vez tan confundidos. Me acuerdo naturalmente de Lola Flores cantando “Y así, mirando y mirando, así empezó mi ceguera”. Así, scrolleando y scrolleando, empezó la nuestra.
Hay pocas verdades universales en materia humana, pero esta es una de ellas: en la competición por la atención siempre terminan ganando los canallas. No importa cuál sea el marcador en la media parte. Al final, si de lo que se trata es de conseguir atención, siempre vencen los granujas adictos al espectáculo y los pícaros estrafalarios y peligrosos.
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