La patria común de la infancia
Los menores migrantes también tienen derecho a una niñez con un colegio al que volver, adultos que los acompañen y un verano que echar de menos


Si estás en Nigrán, habrás visto que el sol ya empieza a esconderse por Monteferro al atardecer. Aviso a navegantes de que el mes está llegando a su fin. Este año, agosto se marcha con la mochila llena de días luminosos. Castillos de arena y baños salados. Experimentos culinarios de madera. Rodillas raspadas y llenas de negrones. Helados de sandía, yogur y chocolate. Nuevas islas. Viejos amigos. Planes pendientes. Más helados. Tardes que vuelan. Abrazos en familia. Cañas entre lusco e fusco. El cumple de Peixiña. Los vuelos de Maléfica. Elsa y sus zapatos. Las risas de Jessie la vaquera planeando aventuras con Woody y Buzz Lightyear. Libros de mayores y pequeñas desparramados por todas partes. Capítulos. Brindis y celebraciones. Ordenadores casi proscritos… Y junto a la luz, una sombra. La despedida inesperada de nuestra Ara, la peludita de la familia, que nos deja la casa vacía y el corazón lleno.
Mientras, septiembre se asoma con la vuelta al cole bajo el brazo. Repleto de nuevos principios, que son siempre una mezcla de morriña perezosa y páginas por escribir con ganas. Y empiezan las noticias que nos cuentan que el inicio del curso supone un coste medio de 400 euros por niña, y que la caída de la natalidad se sigue reflejando en el descenso de alumnado. Las cifras son tremendas. En los 15 años que nos separan del curso 2010-2011, España ha perdido casi 400.000 alumnos. En la última década, la matrícula ha bajado un 22,7% en el tramo de tres a cinco años. Y la tendencia se mantiene este curso, donde el número de estudiantes en esta franja cae un 2,7% respecto a las matrículas del año pasado. O lo que es lo mismo: 28.000 niñas y niños menos de Infantil revolucionando las aulas. Una mala noticia que podría tener un lado positivo si se tradujese en un descenso de ratio. Y es que, según los estudios, disminuir el número de estudiantes por aula tiene un impacto favorable en todos los niveles, sobre todo en los primeros años de escolarización y en entornos con mayores dificultades socioeconómicas, donde un tratamiento más individualizado permite abordar mejor las desigualdades. Sin embargo, la salida habitual no es el descenso de ratio, sino el cierre de líneas.
Entrecruzadas con las noticias de la vuelta al cole nos seguirán llegando estos días noticias sobre otros niños, sobre otras niñas. Los 4.000 menores migrantes que se encuentran en Canarias, Ceuta y Melilla y que deberían ser reubicados en otras comunidades autónomas. 4.000 niños y niñas que están solos en un país lejano, al que han llegado después de un viaje peligrosísimo, en el que quizás hayan visto morir a compañeros de ruta. En el que quizás hayan visto morir a sus padres, convirtiéndose así en menores no acompañados. 4.000 niños y niñas cuya soledad viene de la tragedia y que han sufrido en sus cortas vidas dramas inimaginables para quienes recurren al Constitucional la posibilidad de acogerlos en su territorio. Quienes los deshumanizan, desfigurándolos en un acrónimo que elimina su vulnerabilidad para disfrazarlos de monstruos invasores. Quienes, en vez de tender la mano, insisten en sembrar semillas de resentimiento. Quienes miran para otro lado para no sentir empatía mientras se aprovechan de ellos para enturbiar la política, generar ruido, amenazar barcos, hablar de dictaduras y seguir erosionando la democracia.
A quienes atacan a estos niños y niñas en nombre de la patria, habría que responderles con palabras de Delibes, que, como Rilke, reivindicaba la infancia como la patria común de los mortales. Esa es la única patria importante: la que les permita recuperar su niñez. Porque estos niños también tienen derecho a una infancia con un colegio al que volver, adultos que los acompañen y un verano que echar de menos. Y que, si vuelven a tener las rodillas raspadas, negrones y agujetas, sea de jugar y reír, y no de sobrevivir a un cayuco.
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