Desamores de verano
Las vacaciones son la versión estival de una tarde de invierno en Ikea para las parejas estables: la prueba definitiva

Los amores de verano son uno de los temas favoritos de la ficción sobre adolescentes. Acuérdense de Sandy y Danny relatando a sus respectivas pandillas su versión de lo ocurrido en las noches estivales compartidas en Grease. O a Baby enamorándose a ritmo de chachachá de Johnny en Dirty Dancing. No hace falta irse tan lejos. Si han pasado el verano junto a quinceañeros, se habrán visto obligados a posicionarse a favor de uno de los dos hermanos Fisher de la serie El verano en que me enamoré, cuya imagen de portada homenajea al cartel de un triángulo amoroso similar, el de la película Sabrina, con Audrey Hepburn y Humphrey Bogart.
Los veranos de la adolescencia suceden en ese corto periodo vital en el que confluyen algunos de los elementos indispensables para estar dispuestos a enamorarse durante una ola de calor: mucho tiempo libre, pocas obligaciones, ningún quebradero laboral esperando a la vuelta. Son esos años en los que la vida desprende un adictivo olor a nuevo difícil de ignorar.
Los años transforman los veranos hasta convertirlos en el periodo con más rupturas. En septiembre se producen casi el 40% de las separaciones anuales en España.
Las vacaciones son la versión estival de una tarde de invierno en Ikea para las parejas estables. La prueba definitiva. Un examen final cuyo temario incluye hijos rebozados en arena, insomnio, acidez nocturna por la ocurrencia de cenar en un mexicano en el segundo turno, falta de wifi, cuerpos empapados en sudor, ventiladores ruidosos moviendo aire caliente, botellas vacías de agua en la nevera, resquemor porque los otros parecen divertirse mucho más que nosotros y el deber de impostar felicidad en las redes subiendo fotografías de atardeceres junto a cuatro emojis cuidadosamente seleccionados. Una tarde de agosto puede sentirse como unas oposiciones a notario.
Las historias sobre infelicidad conyugal y parejas en crisis son un género literario al alza que este verano pueblan las mesas de novedades de las librerías. En A cuatro patas, calificada como la novela del año por The New York Times y editada en castellano por Random House, la escritora estadounidense Miranda July retrata a una mujer casada y madre que, recién cumplidos los 45 años, se regala un road trip en solitario. Su intención inicial es cruzar el país de costa a costa. Un viaje de dos semanas y media en el que fantasea con encontrarse a sí misma y protagonizar la historia que contará a los demás el resto de su vida. Dedica los días previos a planificar itinerarios, paradas y listas de reproducción ad hoc. Pero, el primer día de viaje, tras repostar gasolina en una ciudad a media hora de casa, da por finalizada la ruta. Da un paseo, se hace la manicura, visita la biblioteca y acaba pasando la noche en un motel de carretera que ya no abandonará hasta que llegue el día fijado para volver a casa. Cuando su marido la llama, ella finge estar siguiendo el plan inicial. No, no cruzará el país, pero lo que le ocurre a lo largo de esas semanas, cambiará también su existencia.
Me acordé de la historia de July al leer El resto de nuestras vidas, de Benjamin Markovits, publicada en Chai Editora. El narrador, Tom, es un hombre casado que, años atrás, al descubrir una infidelidad de su pareja, decidió no separarse hasta que su hija pequeña, Miriam, cumpliera los 18 y empezara la universidad. Al cabo de 12 años, Tom acompaña en coche a su hija al campus y, una vez allí, y sin haberlo planificado, emprende un viaje por carretera en el que va al encuentro de personas que han sido importantes a lo largo de su vida: su hermano, amigos, una novia de juventud. Es a esa ex a la que Tom le confiesa que siempre ha vivido queriendo salir ileso, sin hacer nunca nada de lo que pudiera arrepentirse después. “Me parece una forma muy estúpida de vivir”, responde ella.
Completé mi colección veraniega de cónyuges a la fuga con una novela corta titulada Golpe magistral, que firma la autora Jessica Anthony en Gatopardo. La trama transcurre un domingo de noviembre extrañamente caluroso de 1957, el mismo día en el que la perrita Laika fue lanzada al espacio. Kathleen, la protagonista, es una treintañera que ha renunciado a sus propios sueños y a una prometedora carrera como tenista, para encerrarse en una vida doméstica aburrida y previsible junto a sus hijos y su marido, Virgil, un atractivo y mediocre vendedor de seguros. Ese domingo, Kathleen se sumerge en la piscina comunitaria de su apartamento y se niega a salir del agua en lo que queda de día, pese a la insistencia del marido que no entiende, o no quiere entender, qué es lo que le pasa.
Nada sabemos de lo que sucede con el desamor tras la última página de un libro. Lo que sí sabemos es que el final del amor se parece mucho al último día de unas vacaciones: haces las maletas, echas un último vistazo y cierras la puerta. Y ocurre que, a veces, ese es un final feliz.
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