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TRIBUNA
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Los maestros y la gratitud

La literatura es una larga cadena de aprendizajes que aceptamos, asimilamos y procesamos, con mayor o menor fortuna, en el intento de hallar una voz propia

Los maestros y la gratitud. Leonardo Padura
Leonardo Padura

Alguna vez he contado cómo ocurrió mi primer encuentro personal con Mario Vargas Llosa. Fue hace no sé cuántos años (15, quizás 20) en un tránsito por el aeropuerto de Barajas. En ese ambiente tan poco propicio, en el cual todo el mundo parece tener prisa (aunque no la tenga), descubrí al escritor y, contra mis costumbres, me atreví a abordarlo. Y apenas me le presenté, le solté una confesión: “Maestro, soy un escritor cubano. Y solo quería decirle que cada vez que comienzo a escribir una novela, me vuelvo a leer Conversación en La Catedral… a veces otra vez completa”, le dije y su rostro, hasta ese momento pétreo, se suavizó con una sonrisa y por eso pude agregar: “Con usted siempre aprendo algo sobre las estructuras”, y, sin añadir palabra, el Maestro me tendió la mano y se sumergió en el gentío apresurado.

Varios años después, luego de otros cruces con el ya coronado como Premio Nobel, tuve el privilegio de que la cátedra que lleva su nombre me invitara a inaugurar con él una edición del Festival Escribidores, celebrado en Málaga. Allí, en el escenario de la Sala de Conciertos María Cristina, luego de recordarle otra vez a Vargas Llosa nuestro fugaz encuentro aeroportuario, le dije que seguía manteniendo la costumbre que le había confiado y entonces, en un ataque de sinceridad, le confesé: “Porque una de las cosas que más me atraen de usted es su capacidad de manipulación”. Y al ver la expresión del peruano, más atribulada que la que exhibió durante el impertinente cruce en Barajas, de inmediato aclaré: “De manipulación literaria: esa habilidad suya para arrastrar al lector a donde usted lo quiere llevar”. Y abundé en lo que me ocurría en cada relectura de La guerra del fin del mundo, esa novela en la cual, a pesar de conocer el desenlace de la historia, la maestría narrativa de Vargas Llosa siempre, siempre, me hace pensar que los desarrapados rebeldes de Canudos esta vez saldrán victoriosos de su batalla real y novelescamente perdida.

Sin duda, la de los escritores es una de las profesiones en la que los magisterios más diversos y en ocasiones hasta contrapuestos, esos aprendizajes que también se suelen llamar influencias (con un cierto acento entre negativo y decididamente peyorativo) tienen más importancia. Tan pesada puede ser esa huella que Alejo Carpentier, un hombre culto y sabio, tan gran escritor como el mismo Vargas Llosa, aconsejaba que no se hablara mucho de esas relaciones, pues podía revelar algunas de las costuras en la obra de un autor. Tal vez por tener esa certeza es que Carpentier despotricó contra los artificios del surrealismo y, por ejemplo, nunca habló de su relación literaria y menos aún de su encuentro personal en Haití, en 1943, con el surrealista Pierre Mabille, el autor de Le miroir du merveilleux (1940), una obra que sería capital para su concepción de lo que él bautizaría como “lo real maravilloso americano”, que patentó en 1948.

Sin embargo, creo que admitir los magisterios, expresar públicamente la gratitud por haber recibido unas lecciones que, incluso, suelen ser gratuitas, es un acto de honestidad que, en lugar de devaluarnos, debería complacernos humildemente. Porque todos somos los discípulos de alguien. De más de un alguien.

En mi caso siempre he reconocido la importancia que ha tenido para mi trabajo el conocimiento de la obra del mismo Alejo Carpentier, otro de los maestros que más y mejor me han entregado sus lecciones literarias. De su obra he tratado de asimilar su uso exquisito, diría que fulgurante del idioma, y también una comprensión de la importancia de los contextos en la creación novelesca (contextos históricos, sociales, económicos y hasta culinarios y olfativos), pero, sobre todo, creo haber asimilado algunas de sus concepciones de la Historia y el tiempo como fenómenos móviles, que se replican, detienen, incluso retroceden, lo que me ha permitido mirar de otra forma sus desarrollos y reflejarlos en mi trabajo.

También he reconocido, por supuesto, que como escritor cubano formado en las postrimerías del siglo XX, mi literatura no habría sido posible sin la asimilación del empleo de ese lenguaje chispeante que he llamado “habanero literario” que cultivó y cristalizó en sus obras Guillermo Cabrera Infante. Asimilar esa libertad y categoría que este escritor le dio a la palabra hablada transferida a la literatura es otro de los hallazgos que me han marcado de modo más raigal y permanente.

Mucho podría decir, por ejemplo, de mi relación literaria con Manuel Vázquez Montalbán, con quien, además, logré establecer una relación personal que se potenció en las jornadas de investigación (muchas veces frente a una mesa bien servida, con copas bien bebidas) que realizó en mi ciudad para la escritura de Y Dios entró en La Habana, su libro sobre la visita del papa Juan Pablo II a Cuba y los acontecimientos que rodearon a ese histórico evento del que esperábamos se produjeran tantos cambios. Que no ocurrieron.

De Manolo, como pude llegar a llamarlo, reconozco haber recibido el imprescindible aprendizaje de que se podía escribir en español una novela policial que fuera cada vez menos policial y más novela. Su sentido de que la literatura criminal es también una forma de indagación en la realidad y cómo su curso estético puede armar una crónica social, me alertaron sobre lo que podría intentar hacer… y he intentado con mis novelas más o menos policiales en las que, espero, he ido armando una crónica posible de la vida cubana de las últimas décadas, vista desde la perspectiva de mi generación y siempre con el acento irónico de mi protagonista, más que con la mirada cínica que portaba el entrañable Pepe Carvalho de Vázquez Montalbán.

De Hemingway, que fue mi primer deslumbramiento, entendí la técnica del iceberg, esa habilidad para sugerir muchas cosas sin necesidad de decirlo todo, o sea, de denotar más que de connotar. De Chandler me propuse aplicar la importancia de lo verosímil, que es el modo de presentar lo real en literatura, ante la imposibilidad —o la falta de sentido— de reproducir la realidad real. Mientras, de Milan Kundera creo haber asimilado el intento de no convertir la literatura en una declaración política abierta, sin dejar por ello de hacer esa declaración. Y de un contemporáneo como Paul Auster la persistencia del azar como forma de definir destinos.

Y es que, como todos deberíamos saber, el arte de la literatura es eso: una larga cadena de aprendizajes que aceptamos, asimilamos y procesamos, con mayor o menor fortuna, en el intento de hallar una voz propia. Que cada uno de los aprendices lo logremos o no es cuestión de esfuerzo y talento. Pero reconocer cuánto nos han entregado los magisterios de nuestros antecesores debe ser un acto de humildad que practiquemos los por lo general poco humildes cultores de esta actividad creativa.

No sé hasta qué punto la escritura es un combate con los muertos, como dijo Hemingway. Sí es cierto, en cambio, que se trata de una pelea: con las palabras, las ideas, las estructuras. Y tener en la esquina del ring unos maestros que nos hayan alentado en esa contienda, constituye un acicate. Reconocerlos y hacerles un guiño cómplice es un acto de humilde gratitud.

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Sobre la firma

Leonardo Padura
Escritor y periodista cubano. Autor de catorce novelas, Reconocido con premios como el Princesa de Asturias de las Letras 2015, Premio Nacional de Literatura de Cuba 2012, Orden de las Letras de Francia 2014. Escribe y vive en La Habana, Cuba.
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