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COLUMNA
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Repetir curso

En esta nueva temporada política, en lugar de avanzar volveremos a enzarzarnos en nuestras estomagantes peleas cotidianas

Reunión de la Diputación Permanente del Congreso, el pasado día 26.
Fernando Vallespín

Si hiciéramos una encuesta sobre las expectativas de los españoles para este nuevo curso político, lo más probable es que la inmensa mayoría contestara que “más de lo mismo”. Dudo que haya alguien que tenga la esperanza de grandes cambios en la dinámica política que nos viene acompañando desde hace ya algunos lustros. O sea, que en vez de avanzar repetiremos curso, volveremos a enzarzarnos en nuestras estomagantes peleas cotidianas. De poco habrá servido la llamada de atención sobre la crisis de los incendios, que no hizo sino ratificar cómo ante los grandes problemas nuestra política parece hacerse cada vez más pequeña. Entre otras razones, porque la polarización ha hecho casi irrelevante ese instrumento imprescindible para el buen funcionamiento de una democracia como es la rendición de cuentas. Cuanto más identitaria deviene la adscripción a los partidos, tanto menor es también la capacidad para analizar críticamente la responsabilidad de cada partido en cada decisión que adopten. Los impulsos primarios acaban arrinconando a la argumentación, con el corolario de que eso que llamamos “vida política” se acaba reduciendo a algo puramente superestructural y teatralizado, se independiza de lo que debería ser el “para qué” de la política, la búsqueda conjunta de soluciones a problemas colectivos.

Como este fenómeno no es algo exclusivamente nuestro, se ha dicho que la culpa principal hay que imputársela a la inmediatez de la democracia digital, al ruido que provocan las redes, que obliga a los actores políticos a prestar una atención desmedida a cada pequeño fuego que hace acto de presencia en el espacio público, relegándose en el camino la atención a los importantes. O bien, que la política contemporánea es de tal complejidad, y está sujeta a tal cantidad de regulaciones, que solo adquiere inteligibilidad pública restringiéndola a pura caricatura. Y puede que esto explique en parte el éxito de los partidos populistas, los maestros simplificadores. No hay mecanismo más eficaz para reducir la complejidad que enmarcarlo todo bajo categorías binarias: nosotros/ellos, bueno/malo. Por recurrir de nuevo al ejemplo de los incendios, ¿creen que así podremos prevenirlos en el futuro?

Lo más preocupante, sin embargo, es que, encima, aun teniendo las soluciones correctas —si es que existe algo así de forma categórica—, no pudiéramos llevarlas a la práctica. Es el problema de la gobernabilidad, sí. Al final no se decide en función de lo que sería razonable, sino de lo que es viable dada una determinada configuración de votos parlamentarios. Es lo que ha venido lastrando la labor del Gobierno a lo largo de toda esta legislatura. Ahora, la amenaza de una posible convocatoria electoral —o el querer provocarla—, va a condicionarlo todo. Por lo pronto, ya se ha reventado la posibilidad de un imprescindible pacto de Estado sobre cambo climático. Y quedan aún en el tintero temas tan delicados como el de la financiación autonómica, con el foco puesto sobre la autonomía fiscal catalana, la inevitable crisis migratoria, la reforma judicial, con la figura de las funciones de la Fiscalía como punto central, la prevención de la corrupción y nuestro papel en este siniestro escenario internacional. Y una cuestión más, el previsible protagonismo de los procesos judiciales abiertos a personas próximas al partido en el Gobierno. Acabaremos estando más atentos a los juzgados que al Parlamento.

En fin, que empezamos el curso con la mentalidad de los repetidores, las mismas materias y los mismos profesores, y la permanente sensación de déjà vu. Y lo que es peor, sin esperanza de poder aprender de los errores. Pero, quién sabe, nunca hay que excluir la aparición de la sorpresa. En política, casi nada sucede según lo previsto.

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Sobre la firma

Fernando Vallespín
Es catedrático de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid y miembro de número de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas.
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