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COLUMNA
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Von der Leyen y la banalidad del mal

Nuestra memoria, que debería servir para prevenir genocidios futuros, es hoy el obstáculo principal para reconocerlos

Von der Leyen y la banalidad de mal. Máriam Martínez-Bascuñán
Máriam Martínez-Bascuñán

Hace unas semanas, ocurrió algo inédito en la historia de la UE: 1.650 funcionarios se rebelaron públicamente por razones morales. Su carta abierta a Von der Leyen denunciaba la “inacción” europea ante la catastrófica situación humanitaria en Gaza, pero lo revelador no fue la protesta sino la respuesta institucional. Por supuesto, Von der Leyen no abordó el fondo de las acusaciones sobre la complicidad europea en una “catástrofe humanitaria”, sino que amenazó a los firmantes con sanciones burocráticas: “Los funcionarios no pueden ser activistas políticos”. De un plumazo, la Comisión admitía que considera activismo político que los expertos en derecho internacional de la UE apliquen los criterios técnicos de su disciplina, que los especialistas humanitarios identifiquen catástrofes o que los diplomáticos señalen violaciones flagrantes de los tratados que Europa dice defender.

Asistimos a una inversión conceptual que revela el vaciamiento moral de las instituciones europeas: aplicar el derecho internacional es un “activismo político” inadmisible, pero violarlo sistemáticamente implica “neutralidad institucional”. Gaza es el test definitivo de los valores europeos y de nuestra inoperancia como aparente espacio democrático. Los firmantes no son activistas radicalizados, sino las personas que mejor conocen la situación sobre el terreno, quienes acceden a informes clasificados y dominan la jurisprudencia internacional. Su rebelión no surge de la pasión política sino de su competencia profesional. Pero si aplicar el derecho internacional es activismo político, ¿significa que la política oficial europea consistiría en violarlo? Si denunciar genocidios es “politización”, ¿la “despolitización” es hacernos cómplices de genocidios? Es una lógica institucional perversa: los funcionarios no deben defender los valores europeos, sino implementar las políticas de la Comisión, aunque estas puedan contradecirlos. Su trabajo es ser burócratas obedientes. Pero cuando la lealtad institucional significa traicionar todos los valores que justifican nuestra existencia, ¿no es esta una Europa zombi? Técnicamente viva, moralmente muerta.

El epicentro de nuestra inversión moral está en Alemania, ayer faro de los valores europeos y hoy agarrada a la memoria del Holocausto como una camisa de fuerza moral. Porque Europa también bebe de aquella identidad pos-1945 construida para reparar nuestra vergüenza mediante el apoyo incondicional a Israel. Nuestra memoria, que debería servir para prevenir genocidios futuros, es hoy el obstáculo principal para reconocerlos. Aplicar la ingeniería de la culpa a la política exterior limita nuestra capacidad de ver el horror cuando se repite. Alemania y Europa no pueden reconocer Gaza como genocidio porque hacerlo implicaría cuestionar su modelo de “reparación histórica” basado en el apoyo acrítico a Israel. Es como si, para honrar a las víctimas del pasado, debiéramos ignorar a las del presente. Es la sofisticación máxima de la banalidad del mal, encarnada hoy en la élite europea: no sentirse cómplice cuando bloquea, por acción e inacción, sanciones reales contra Israel, pero sí moralmente superior. “Defendemos los valores occidentales”. Punto. La complicidad disfrazada de virtud. Es así como hemos logrado la inversión moral perfecta: convertir la memoria del mayor crimen del siglo XX en el obstáculo principal para actuar contra los horrores de hoy.

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Sobre la firma

Máriam Martínez-Bascuñán
Profesora de Teoría Política de la Universidad Autónoma de Madrid. Autora del libro 'Género, emancipación y diferencias' (Plaza & Valdés, 2012) y coautora de 'Populismos' (Alianza Editorial, 2017). Entre junio de 2018 y 2020 fue directora de Opinión de EL PAÍS. Ahora es columnista y colaboradora de ese diario y pertenece a su comité editorial.
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