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Izquierdismo
Columna

¿Por qué la izquierda está perdiendo América Latina?

En la Cumbre Progresista de Barcelona, líderes de varios países admitieron entrelíneas las razones por las cuales las derechas han avanzado

Yamandú Orsi, Claudia Sheinbaum, Gustavo Petro y Luiz Inácio Lula da Silva, en Barcelona, el 18 de abril de 2026.GOBIERNO DE MÉXICO

Las izquierdas latinoamericanas son cada vez menos exitosas en las urnas. Su caída comenzó en el 2023 cuando Argentina eligió al libertario Javier Milei, y tanto Paraguay como Ecuador dieron un giro a la derecha.

A ello le siguió una cascada de victorias conservadoras: José Raúl Mulino en Panamá, Luis Abinader en República Dominicana y la llegada de derechistas a Bolivia, Honduras, Chile y más recientemente Costa Rica.

El consuelo de los gobiernos progresistas, hasta ahora, había sido que ellos gobernaban a la mayoría de la población latinoamericana. Sin embargo, esto puede cambiar en 2026. Las contiendas de Perú, Brasil y Colombia tienen partidos conservadores competitivos. Sin estos tres bastiones, la izquierda quedará reducida a México, Guatemala y Uruguay, es decir, a liderar apenas una cuarta parte de la población latinoamericana.

Es claro que dentro de la izquierda urge una autocrítica y la Cumbre Progresista de Barcelona proveyó de un espacio para lograrla.

Los resultados, sin embargo, fueron heterogéneos.

Quizá el problema más visible es que las izquierdas iberoamericanas parecen atoradas en diagnósticos superficiales. Por ejemplo, tanto Pedro Sánchez de España como Gustavo Petro de Colombia centraron una parte importante de su diagnóstico en quejarse de la ingobernabilidad digital y la información falsa.

En efecto, nadie puede negar que las derechas han sido astutas en aprovechar vacíos legales para criticar gobiernos progresistas con mensajes mentirosos y falaces. Sin embargo, si alguien debe hacerse responsable por ello, es precisamente los gobiernos de izquierda que, por miedo, han evitado regular a los magnates digitales, implementar impuestos a la riqueza y financiar, con ello, el periodismo de calidad.

Sánchez, acertadamente, propuso avanzar en una agenda de regulación digital multilateral, pero lamentablemente, la Cumbre, como muchas otras, no permitió llegar a nada concreto. Por el contrario, en muchos foros a los izquierdistas se les percibió a la defensiva, como víctimas de una derecha que ha sido más capaz que ellos de usar la desinformación. Hay mucho que meditar sobre por qué.

De fondo, el problema es que las izquierdas deben aprender a aceptar que su debilidad proviene menos de la comunicación y más de la operación.

La izquierda pierde elecciones porque el progresismo, como Gabriel Boric, expresidente de Chile, mencionó a EL PAÍS, “solo puede aspirar a perdurar si es capaz de transformar las condiciones de vida de la gente”. Es la falta de resultados lo que empodera a las derechas y la izquierda que solo sabe echar culpas está condenada a la derrota.

Las noticias falsas y el lawfare existen y han afectado fuertemente a las izquierdas. Quizá los dos ejemplos más evidentes son Guatemala y Colombia, donde un poder judicial militante ha orquestado duros golpes hacia políticas progresistas.

Sin embargo, si estos fenómenos son visibles, las izquierdas deben moverse de la crítica a la acción. Basta ver a México, la izquierda más exitosa de Latinoamérica que, al ser víctima del lawfare, decidió reformar al poder judicial por completo.

Hoy, la nueva Suprema Corte mexicana, que opera desde 2025, enfrenta muchas críticas, muchas de ellas muy válidas, pero al menos, ya no puede decirse que sea un bloque ideológico constantemente luchando contra medidas progresivas.

Es precisamente por la relevancia de México para el progresismo internacional que se echó tanto de menos que la presidenta mexicana tuviera una participación de fondo en la Cumbre Progresista. Claudia Sheinbaum dio un discurso tangencial, centrado en la grandeza cultural de México y no en lo que las izquierdas más necesitaban: una serie de consejos para entender qué ha hecho México para convertirse en una izquierda que gana elecciones.

El éxito mexicano se centra, sin duda, en sus resultados. La principal fuente de electores de Sheinbaum son personas que se beneficiaron con los incrementos al salario mínimo que promovió su partido desde 2018. La mandataria tiene una aceptación del 75% en gran medida gracias a su agenda social y a su forma de negociar con Trump, ambas ampliamente reconocidas por el electorado.

México también está replanteando un cambio en su modelo de crecimiento económico, hacia uno enfocado en la política industrial, y ha implementado una política de seguridad nueva. La política industrial avanza lento y con errores, y a México le urge una reforma fiscal, pero en los últimos 18 meses, Sheinbaum ha ganado simpatía al lograr una reducción de los homicidios en 41 por ciento.

Inspirado por su propia experiencia y quizá en parte también en la experiencia mexicana, el brasileño Lula da Silva fue el más mordaz y articulado de los ponentes. Lula fue claro: la debacle de la izquierda latinoamericana se debe a que esta, con frecuencia, se ha convertido en “la administradora del neoliberalismo”.

Las izquierdas han tenido éxitos en avanzar la agenda de derechos laborales, género y raza, pero no en confrontar la ortodoxia económica. Por el contrario, mencionó Lula, en nombre de promover la gobernabilidad, las izquierdas han decidido no confrontar la desigualdad. De ese error se ha nutrido la derecha.

La próxima Cumbre Progresista tendrá su sede en México. Para entonces, la izquierda mexicana se encontrará disputando su mayoría en una elección federal y Latinoamérica, quizá, se haya derechizado aún más. La autocrítica será tan necesaria como ahora, pero más urgente.

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