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Laura Fernández, candidata del Gobierno, será la próxima presidenta de Costa Rica tras arrasar en primera vuelta

Aupada por el presidente Rodrigo Chaves, Fernández logra el 50% de los votos en una jornada marcada por una alta participación

Laura Fernández, de 39 años, será la próxima presidenta de Costa Rica tras obtener un contundente triunfo en primera vuelta en las elecciones generales celebradas este domingo. Con más del 80%% de las actas electorales escrutadas, el Tribunal Electoral ha informado que el Partido Pueblo Soberano (PPS), la organización política del presidente Rodrigo Chaves y Fernández, obtiene el 50% de los votos. Costa Rica, además, venció este domingo un fantasma que ha lastrado su reconocida democracia: el abstencionismo. Antes de que Fernández hablara, lo hizo Chaves por una llamada telefónica a la presidenta electa televisada para felicitarla. “Vamos a hacerlo muy bien”, le dijo Chaves. “Daré una lucha sin cuartel. La transición será muy agradable”, respondió Fernández.

“Democracia, democracia, qué viva la democracia”, dijo Fernández minutos después ante sus seguidores. “El pueblo habló, la democracia decidió. Costa Rica ha votado por la continuidad del cambio, un cambio que busca rescatar y perfeccionar las instituciones y devolverlas al pueblo soberano para crear mayor bienestar y prosperidad. Hemos dado ejemplo de cómo en paz las urnas electorales pueden alentar una auténtica revolución política”, afirmó la mandataria electa. “Tenemos justo derecho de celebrar la victoria”, agregó en un discurso leído con el que criticó a la oposición, a la que calificó de “caníbal”. Dijo, sin embargo, que el suyo será un Gobierno de diálogo y respetuoso del Estado de derecho. “La ley que no sirve se modifica o se deroga”, prometió. “Pero mientras esté vigente, se le respeta y se le cumple, porque la democracia es el respeto a la ley, porque nadie quiere el autoritarismo y que yo como presidenta no voy a permitir nunca”, afirmó Fernández. “Los principios republicamos serán siendo los mismos”, afirmó.

Fernández arremetió en su discurso contra la prensa, que ha estado en el punto de mira del presidente Chaves. “Como demócrata que soy, creo que la prensa debe ser libre. El periodismo es por esencia y definición un servicio a la sociedad enmarcado por los deberes de la objetividad, veracidad y responsabilidad. Por consiguiente, concluyamos que la libertad de prensa es una garantía democrática en favor del pueblo y no cabe pretender convertirla en una forma de trueque que se otorga a los dueños de los medios de comunicación, para que trafique con la información pública y puedan administrarla de forma chantajista para favorecer intereses económicos particulares”.

La alta participación electoral en los comicios presidenciales, que ha rondado el 66%, muestra la movilización de un electorado que le ha dado una segunda oportunidad al proyecto político de Chaves. El presidente propone un modelo “refundacional”, con una mayor concentración de poder en el Ejecutivo, la reducción de los contrapesos institucionales y reformas a la Constitución.

El presidente salvadoreño Nayib Bukele fue el primero en felicitar el triunfo de Fernández. “Acabo de felicitar vía telefónica a la presidenta electa de Costa Rica, Laura Fernández. Le deseo el mayor de los éxitos en su Gobierno y todo lo mejor para el querido pueblo hermano de Costa Rica”, dijo el mandatario salvadoreño.

La elección del domingo transcurrió con normalidad en un país habituado a dirimir sus diferencias en las urnas. Desde la apertura de los centros de votación, a las seis de la mañana, se formaron largas filas que se mantuvieron durante buena parte del día. Los electores acudieron con entusiasmo y sin ocultar su simpatía por las distintas opciones en disputa. Ni siquiera la lluvia fina que cayó sobre San José por la tarde, ni el descenso de la temperatura, desanimaron a los votantes: las colas persistieron hasta el cierre de las casillas y, ya entrada la noche, miles de personas salieron a las calles en caravanas con banderas partidarias. El sonido de las bocinas acompañó el final de una jornada electoral que volvió a poner en escena el arraigado orgullo costarricense por su democracia.

La victoria en primera vuelta confirma la capacidad del chavismo para capitalizar un malestar social acumulado durante más de una década, aunque sin traducirse necesariamente en un control pleno del poder institucional, afirma Alberto Cortés, coordinador de la Cátedra Centroamérica de la Universidad de Costa Rica.

Esta victoria holgada abre la puerta a un Gobierno sin contrapesos, con capacidad para alinear la Asamblea Legislativa, presionar al Poder Judicial e incluso impulsar reformas estructurales como la reelección presidencial continua, hoy prohibida en el país, asegura el experto. Está por verse el resultado en las elecciones al Congreso.

En ese contexto, el nuevo Gobierno enfrentaría un doble desafío, afirma el experto. Por un lado, intentar avanzar en una agenda de reforma del Estado, austeridad fiscal y reducción del empleo público, medidas que previsiblemente reactivarán la conflictividad social y la movilización ciudadana, históricamente un contrapeso relevante en Costa Rica. Por otro, gestionar una relación compleja entre la presidenta electa, Laura Fernández, y el presidente saliente, Rodrigo Chaves, cuya figura ha sido central en la campaña y cuya popularidad supera a la de su sucesora.

Aunque durante la campaña Fernández fue presentada como la continuadora directa de Chaves, existen indicios de tensiones internas en el bloque oficialista. La experiencia comparada y los antecedentes nacionales sugieren que no es descartable que la nueva mandataria intente construir una identidad propia y autonomía política una vez en el poder.

El trasfondo de este triunfo oficialista es una transformación profunda de la cultura política costarricense: el deterioro de la movilidad social, la ampliación de las brechas territoriales, el desgaste de los partidos tradicionales y la asociación persistente entre política y corrupción. Ese caldo de cultivo permitió el ascenso de un liderazgo confrontativo y antisistema. Con el oficialismo ya instalado en el poder, comienza ahora una etapa distinta: la de medir hasta dónde puede gobernar sin mayorías y cuánto del malestar que lo llevó al triunfo logra realmente resolver.

Costa Rica cerró este domingo una elección presidencial que confirma algo más que un cambio de gobierno: la entrada definitiva del país en un ciclo político distinto, marcado por el desgaste de las identidades tradicionales, la polarización y la movilización de un descontento que llevaba años acumulándose bajo la superficie.

“Estamos viendo una transformación profunda de identidades, el intento de una marca que se abre campo a la fuerza tratando de desplazar a las tradicionales”, explica Ronald Alfaro, coordinador del Centro de Investigación y Estudios Políticos (CIEP) de la Universidad de Costa Rica. A su juicio, la clave ahora será medir la profundidad de ese realineamiento a partir del resultado electoral y, sobre todo, de la conformación de la Asamblea Legislativa. “De ahí saldrá la factibilidad o no de cambios sustantivos en el sistema político”, advierte.

Costa Rica, que durante décadas fue presentada como una democracia excepcional en la región, arrastra desde hace al menos diez años señales claras de desgaste institucional y malestar social. “En 2016 dijimos que había una base fuerte de descontento que no se había articulado. Hoy esa posibilidad existe y está atrayendo a todos los ‘anti’”, señala Alfaro, quien subraya la influencia de tendencias internacionales y liderazgos “cool” en la canalización electoral de ese enojo.

Para Mario Quirós, analista político y exasesor del Partido Liberación Nacional (PLN), el país se juega algo más que el próximo cuatrienio. “Estamos en un cambio de ciclo que no se ha terminado de procesar y ahora se define la salida del país para los próximos años”, afirma. El desafío, añade, no es solo ganar, sino gobernar sin profundizar la fractura social, en un contexto de desconfianza, polarización y una conversación pública cada vez más áspera.

Quirós alerta de riesgos democráticos que no pasan necesariamente por una figura en particular, sino por el sistema. “Las mayorías calificadas se saltan esa parte de la democracia que implica negociar y llegar a acuerdos”, sostiene. La campaña dejó imágenes elocuentes de esa tensión: en uno de los episodios más comentados, el presidente Rodrigo Chaves respondió con gestos provocadores —sacando la lengua y lanzando besos— a manifestantes que le gritaban “¡Fuera Chaves!”, una postal de la confrontación que hoy atraviesa a la política costarricense.

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