Laura Fernández, la apuesta de Rodrigo Chaves por seguir gobernando en Costa Rica
Favorita en las encuestas, la exministra se presenta como garante de la continuidad del ‘chavismo’ presidencial en un país en pleno giro político

Laura Fernández Delgado era hace cuatro años una funcionaria de rango medio en uno de los ministerios menos visibles del Estado costarricense: Planificación y Política Económica. Antes, había trabajado como asesora discreta de políticos de distintos partidos. En 2022, decidió acercarse al entonces presidente electo Rodrigo Chaves, a quien no conocía personalmente. Ese movimiento la coloca hoy a las puertas de la presidencia de Costa Rica.
Fernández, politóloga de 39 años, tampoco anticipaba que llegaría a las elecciones generales de este domingo como favorita en las encuestas. Siempre tuvo ambiciones políticas y supo moverse cerca del poder, pero gobernar el país parecía un escenario remoto, más aún en medio de un giro profundo de una nación que durante décadas fue exhibida como modelo de estabilidad democrática en Centroamérica.
Se presentó ante Chaves como conocedora del engranaje institucional, dispuesta a orientar a un presidente recién llegado a la política tras tres décadas fuera del país. Pronto se convirtió en su colaboradora más leal. Fue operadora de un fallido plan de referendo, ministra de la Presidencia y, finalmente, la candidata ungida para prolongar el proyecto ‘chavista’, decidido ahora a transformar Costa Rica en un territorio incierto, celebrado por unos y temido por otros. Los sondeos incluso le atribuyen opciones de superar el 40% de los votos válidos y evitar una segunda vuelta en abril, donde un bloque opositor podría articular el voto crítico al Gobierno.

“El despertar que empezó don Rodrigo no puede ser un paréntesis en nuestra historia. Debe ser nuestra nueva realidad”, dice Fernández en un documental difundido en la recta final de la campaña, mientras sus rivales debatían en televisión. Ella optó por la cautela: evitó exposiciones innecesarias y errores que pudieran erosionar un respaldo que, en esencia, pertenece a Chaves. El mandatario, impedido constitucionalmente de reelegirse, pidió sin ambages a sus seguidores votar por la continuidad. Fernández lo encarna hasta el punto de sugerirle un alto cargo en un eventual gabinete.
“Voy a consolidar la transformación que el inesperado Rodrigo Chaves trajo a este país. Nada mejor que otra inesperada”, afirma en el video de campaña en el que se presenta como mujer de pueblo, nacida en Esparza, en la provincia pacífica de Puntarenas. Hija de una maestra, fue buena estudiante y destacó en concursos de oratoria, un antecedente que ayuda a explicar el tono enfático y el histrionismo que caracterizaron sus discursos como ministra, antes de adoptar en campaña el estilo áspero de Chaves. “Se resisten a soltar la teta del Estado de la que han estado mamando”, lanzó contra la oposición, sin reparar en que su trayectoria también transcurre enteramente en cargos públicos.
“Es una burócrata más —quizá tecnócrata—, ambiciosa y con suerte”, resume un excompañero que pide anonimato, como muchos que temen una profundización de la lógica persecutoria del chavismo contra los críticos. “Era muy diligente, incluso más de lo que se le pedía”, recordó en octubre Roberto Gallardo, su profesor y mentor en la Universidad de Costa Rica (UCR), donde destacó por su perfil institucionalista. Hoy, admite, le cuesta reconocerla cuando repite los ataques del presidente contra las instituciones que no controla, el sistema de contrapesos y los partidos tradicionales. Tampoco imaginó escucharla defender un “Estado de excepción” en zonas con alta incidencia del narcotráfico, en línea con el modelo de seguridad de Nayib Bukele en El Salvador.

La campaña ofrece ahora otra imagen. “Fue el escudo técnico del presidente (…) Una politóloga de excelencia que entendió que para cambiar el sistema primero había que conocerlo”, afirma un video proselitista. “Don Rodrigo y yo era como juntar al hambre con las ganas de comer”, reconoció ella misma sobre una relación política que explica por qué Chaves le confió la continuidad del proyecto, aun sabiendo que el próximo 8 de mayo podría entregarle la banda presidencial, aunque el liderazgo real seguiría siendo suyo.
“Fernández llega impulsada por el capital político de Chaves. No tiene un movimiento propio ni marca personal: ofrece un Chaves 2.0”, resume el analista Mario Quirós a EL PAÍS.
Esa lógica se refleja en la iconografía de la campaña. La silueta del rostro del mandatario aparece en la portada del plan de Gobierno, junto a la figura menuda de Fernández con vestido tipo cóctel y la de Pilar Cisneros, la experiodista de origen peruano que fue clave en el ascenso de Chaves en 2022. Durante años, desde el principal noticiario del país —al que hoy denosta—, Cisneros cuestionó el sistema político antes de apadrinar al hoy presidente en 2021.
Cisneros no conocía a Fernández antes de 2022 y en agosto incluso expresó reservas sobre su desempeño: “A veces le cuesta concretar una idea sencilla (…) Todavía tiene un lenguaje excesivamente burocrático y eso no me gusta”. Para entonces, sin embargo, el oficialismo ya había descartado otros herederos y apostado por ella. “Es conocedora y tiene carácter. Es valiente para tomar la estafeta. Es ella la que va a gobernar, pero sería tonta si no mostrara el respaldo de don Rodrigo. Es una mujer leal a nuestro proyecto”, dijo a EL PAÍS la diputada, que meses atrás exhibía ante una multitud un retrato del presidente, pese a la prohibición legal de su participación en la contienda.

Desde otra vereda habla Natalia Díaz, una de las 20 candidatas y exintegrante del Gobierno de Chaves, quien recomendó inicialmente a Fernández. En un debate televisivo fue directa: “No sé quién es esta Laura Fernández. Si yo hubiera querido ser la candidata del oficialismo, créame que hubiera podido, pero no estoy dispuesta a que me digan lo que tengo que hacer. No le he escuchado ninguna propuesta propia. Todo ha sido repetir lo de la administración actual. Sé que usted es inteligente, pero ha quedado debiendo demasiado y esa soberbia la va a terminar matando”. Fernández escuchó sin gestos, lejos de la sonrisa amplia con la que bailó en los mítines rodeada de banderas turquesa.
Aun así, la candidata oficialista concentra una intención de voto equivalente a casi la mitad de la aprobación de Chaves, situada en el 59%. Las encuestas le atribuyen posibilidades reales de convertirse en la segunda mujer en gobernar Costa Rica —la primera fue Laura Chinchilla, en 2010—.
El respaldo del mandatario resultó, al menos en parte, transferible. Sondeos de universidades públicas y firmas privadas confirmaron que Chaves fue el verdadero protagonista de la campaña, tanto por la movilización de sus seguidores como por las críticas de la oposición. Lo acusaron del aumento de la inseguridad, del clima político hostil, de tentaciones autoritarias, de presuntos casos de corrupción y de avanzar con rapidez en el manual del populismo conservador, con riesgos para la democracia. Nada de eso, sin embargo, erosionó su apoyo ni detuvo al movimiento ‘chavista’, construido sobre el malestar social contra los partidos tradicionales y la “institucionalidad”, un concepto que el presidente resignificó como sinónimo de obstáculo.
Nada ha frenado, por tanto, a la protegida de Chaves. No necesitó exponerse en exceso en debates ni conceder entrevistas a medios críticos. No pagó costos por fingir la firma de un decreto con el bolígrafo suspendido en el aire. Tampoco por el hecho de que, al renunciar como ministra de la Presidencia en enero de 2025, Chaves dejara vacante el cargo. Ni por incluir en listas legislativas a exfuncionarios investigados por corrupción que podrían asegurarle el control de la Asamblea Legislativa.
La noche del 1 de febrero, cuando 3,7 millones de electores acudan a las urnas, Costa Rica podría volver a tener una Laura al frente del poder. Laura Chinchilla fue la primera, en 2010, también impulsada por su antecesor, Óscar Arias, aunque con un perfil propio y autonomía temprana. Fernández comparte la juventud, pero no ha hecho de su edad ni de su condición de mujer un eje de campaña; su mayor respaldo proviene de hombres y adultos mayores. Es católica, aunque se la vio más próxima a líderes evangélicos. Su principal bandera fue —y será— la continuidad: la de una heredera inesperada decidida a convertir el ‘chavismo’, según sus propias palabras, en un camino sin retorno.
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