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Pensándolo bien...
Columna

Hartos de Trump, un desafío para las élites mexicanas

El republicano se ha convertido en un factor de inhibición del crecimiento de la economía a escala internacional

Donald Trump, presidente de Estados Unidos, durante una reunión en la Casa Blanca. Nathan Howard (REUTERS)

El mundo comienza a hartarse de la irresponsabilidad de Donald Trump. Las ocurrencias y necesidades electorales o narcisistas del presidente, algo que podría ser motivo tanto de análisis político como psicológico, se han convertido en factor de desestabilización permanente. Se entendía que el America First de Trump movería el tapete en busca de un reacomodo a los intereses estadounidenses. El problema es que no hay posibilidad de reacomodo alguno cuando la desestabilización deja de ser un instrumento, para convertirse en una manera de gobernar (o desgobernar, para el caso). Incluso la élite de la que procede el propio Trump, el llamado 1%, colocada invariablemente en la mejor posición para ganar a río revuelto, comienza a inquietarse. Se gana a río revuelto en la medida en que en algún momento las aguas vuelvan a calmarse y permitan obtener provecho de lo obtenido, pero resulta poco lucrativo si el contexto se hace permanentemente caótico.

The Economist señala que incluso para la industria bélica el estallido de conflictos de manera incesante se convierte en un mal negocio. Les conviene que la tensión lleve a los gobiernos a incrementar sus presupuestos de defensa, pero un exceso de atención conduce a la intervención directa de los políticos en las decisiones e incluso en el control de las empresas del sector. Lo mismo podría decirse de la industria petrolera o de las empresas punteras en inteligencia tecnológica, crecientemente resentidas por una Casa Blanca que busca intervenir en sus decisiones.

El hecho es que Trump se ha convertido en un factor de inhibición del crecimiento de la economía a escala internacional. Ahora mismo Europa contempla la desestabilización del Medio Oriente, causada por la intempestiva intervención de Washington sobre Irán, como la peor amenaza a sus titubeantes esfuerzos para poner en pie a su economía. No se han recuperado aún del agobio de la guerra en Ucrania, particularmente lesiva en materia de abastecimiento energético, cuando la inesperada guerra en el Golfo Pérsico y el encarecimiento de combustibles abren un frente imprevisible y un boquete a sus esperanzas.

Faltan aún otros tres años de Trump. Imposible predecir cuáles serán los escándalos de mañana y de pasado mañana. Un día es Groenlandia, el siguiente es el descabezamiento de Venezuela o el bombardeo de Irán, la posibilidad de un misil contra un laboratorio de Sinaloa o un edificio de Gobierno en La Habana, y al siguiente puede ser una prohibición a los cruceros para detenerse en puertos mexicanos o peor aún la suspensión o encarecimiento prohibitivo del gas que genera la electricidad en nuestro país.

Pésimas noticias para una nación como México, tan intensamente dependiente de Estados Unidos. Si para Andrés Manuel López Obrador la pandemia fue una sangría respecto a sus esperanzas de crecimiento, para Claudia Sheinbaum lo habrá sido Donald Trump y el (des) orden mundial que ha provocado.

En realidad, va más allá de quién ocupe la presidencia. En cierta manera está en juego la viabilidad de México como país. Y no porque vayan a modificarse las fronteras o esté en riesgo la sobrevivencia de la nación. Más bien porque las élites políticas y económicas mexicanas deben preguntarse si hay posibilidades de hacer algo más que simplemente quedar a la deriva, permanentemente expuestos a los vaivenes de una dependencia que hoy nos deja inermes.

No se trata solo de los tres años que faltan. Putin, Trump, Netanyahu, Bukele, Modi, Orbán y compañía muestran que el mundo ha cambiado, que los sistemas políticos basados en contrapesos están en crisis y los gobiernos se han vuelto vulnerables al asalto de figuras carismáticas y autoritarias. La defensa a través del multilateralismo ha dado paso a un nuevo orden basado en la ley del más fuerte. No debería ser así, pero las señales son inequívocas y habrá que actuar en consecuencia. Un mal momento para una interdependencia desigual que nos convierte en rehenes de una voluntad ajena y, potencialmente, arbitraria.

En ese sentido, tendríamos que hacer una tregua y dejar en pausa las viejas coordenadas del debate político: que si la sociedad de mercado o el Estado, crecer o distribuir, reformas políticas ahora o después. No es que dejen de ser importantes, sino simplemente que hay una amenaza en puerta que debemos atender: reducir la vulnerabilidad de aquellos factores que pueden ponernos de rodillas como sociedad. Alimentos, combustibles, minerales estratégicos, suministros médicos, tecnologías imprescindibles (chips para tarjetas, por ejemplo).

No estoy hablando de una autosuficiencia hipotética, inalcanzable. Me refiero a estrategias de disminución de una dependencia paralizante. Una cosa es importar el 80% de las gasolinas y otra necesitar solo 30%. En el primer caso el país se paraliza, en el segundo se administra. Es distinto depender del gas de Estados Unidos para generar el 70% de la energía eléctrica, que una situación en la que la multiplicidad de fuentes de energía permita mantener en funcionamiento la planta productiva. La posibilidad de fracking para obtener nuestro propio gas o aumentar la capacidad de refinamiento de nuestras gasolinas, tendrían que ser abordadas bajo criterios múltiples. El debate entre importar o producir no puede ser abordado exclusivamente en función de la rentabilidad inmediata. Diversificar países proveedores de un insumo estratégico debe ser parte de un objetivo explícito, incluso en ocasiones en que implique un costo adicional.

Es necesario que los responsables del poder político y económico asuman que el mundo ha cambiado y con ello los criterios de largo plazo. Aspectos clave de soberanía económica y grados mínimos de autosuficiencia no son temas de un nacionalismo trasnochado, sino la agenda de mañana. No se resolverá en un día si no en un largo proceso que tendría, ya, que comenzar. Si no lo hacemos, corremos el riesgo de ser víctimas de una ruleta rusa que sucede al margen de nuestra voluntad.

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