Alivio en la UE tras la marcha de Orbán: “Ya no hay rusos en la sala”
Los líderes europeos esperan pasar página a la era de vetos y trabas impuestos por el nacionalpopulista húngaro, derrotado hace dos semanas


Algunos lo celebraban abiertamente, otros sencillamente dejaban claro, con un inconfundible gesto de alivio, lo mucho que se ha sentido en la cumbre informal de líderes de la UE en Nicosia la ausencia del húngaro Víktor Orbán. La derrota del primer ministro ultranacionalista, hasta ahora el más veterano del Consejo Europeo, le ha permitido a la Unión Europea desbloquear por fin el préstamo multimillonario a Ucrania y las nuevas sanciones contra Rusia. Tanto Bruselas como la mayoría de capitales esperan que esto sea el comienzo de una nueva era en los Veintisiete, aunque todavía queden algunos caballos de Troya rusos en su seno y persistan también algunas dudas sobre el futuro Gobierno de Péter Magyar, el ganador de las elecciones húngaras.
Teóricamente, Orbán podría haber estado en Chipre. Al fin y al cabo, todavía es el jefe de Gobierno de Hungría. Y ha sido él el que ha liberado al final el veto al préstamo y las sanciones. Pero tras ausentarse también el martes del Consejo de Exteriores en Luxemburgo su controvertido ministro de Exteriores, Peter Szijjartó, del que se ha revelado que informaba regularmente a su homólogo ruso, Sergéi Lavrov, de discusiones confidenciales de los Veintisiete, quedó rápidamente claro que su jefe tampoco acudiría al encuentro a Nicosia. Y nadie derramó en la capital chipriota una lágrima por su asuencia.
El primer ministro polaco, Donald Tusk, no podía ocultar este viernes su entusiasmo por no tener que volver a cruzarse con Orbán, con el que ha tenido que convivir tanto como primer ministro de Polonia como durante su etapa como presidente del Consejo Europeo (2014-2019). “Ayer se sentía un gran alivio entre los líderes porque, por primera vez en años, no había rusos en la sala, si saben lo que quiero decir”, bromeaba el conservador con los periodistas al llegar al segundo día de la cumbre chipriota. Justo en ese momento, el hasta ahora mayor aliado de Orbán en estas citas, el eslovaco Robert Fico, pasaba a su lado (sin hacer declaraciones) y le saludó. “¿Está seguro?”, le preguntó un periodista sobre la ausencia a partir de ahora de espías rusos en las reuniones de los Veintisiete. Tusk guiñó un ojo y sonrió. “Es broma”, se apresuró a decir. Aunque muchas veces las mayores verdades se dicen con humor.
La alineación con Rusia del Gobierno de Orbán ha sido un irritante constante para Europa, pero sobre todo desde que comenzó la ofensiva rusa contra Ucrania. Desde entonces, intentó poner todas las trabas posibles a cualquier medida de apoyo hacia Kiev y al presidente ucranio, Volodímir Zelenski, con quien en las semanas previas a las elecciones del 12 de abril que acabaron con sus 16 años ininterrumpidos de mandato, Orbán mantuvo un pulso especialmente duro. Su constante uso del veto ha mantenido como “rehén” a los demás líderes europeos durante todos estos años “y eso se ha acabado ahora”, se felicitaba también el primer ministro estonio, Kristen Michal.
“Al menos ahora veo la posibilidad de que el mecanismo de veto de la UE no va ser utilizado de forma indebida y que 26 países no seguirán siendo rehenes de un solo país”, corroboraba el presidente Lituano, Gitanas Nauseda. “Si mostramos buena voluntad, podemos discutir y tener opiniones diferentes, pero también encontrar soluciones y decisiones”, acotó.
Muchos líderes, sobre todo los más orientales y por tanto más expuestos a la amenaza rusa, no le han perdonado aún que, al comienzo de la presidencia de turno europea de Hungría, en julio de 2024, Orbán viajara por su cuenta a Moscú y Pekín en una autodenominada “misión de paz” para Ucrania de la que al final tuvo que rendir cuentas. Tampoco le ha beneficiado ser el mejor amigo de un Donald Trump que sigue amenazando a los aliados y socios europeos desde su regreso a la Casa Blanca. Por eso, el alivio europeo por su partida va más allá de Europa del Este y se considera también una muestra de que el populismo puede ser derrotado democráticamente.
“La victoria de Péter Magyar es algo realmente importante, porque demuestra que hay un futuro para Europa, para la democracia, para el Estado de derecho y que no eres vulnerable si quieres combatir la corrupción y a tipos fuertes como Víktor Orbán”, subrayaba el polaco Tusk.
La idea compartida por muchas capitales, señalaban también fuentes de Moncloa en vísperas de la cumbre chipriota, es que el nuevo primer ministro húngaro tenga una “actitud diferente”. Si bien, se señala desde Bruselas, habrá todavía puntos “difíciles” aún con el nuevo Budapest, desde cuestiones de migración a las minorías, aunque en líneas generales se celebre el cambio de discurso en temas como Estado de derecho o derechos de la comunidad LGTBI que ya ha adelantado Magyar.
Entre tanto entusiasmo, el primer ministro belga, Bart De Wever, bajaba sin embargo el jueves un poco las expectativas. “Hay un poco demasiado de euforia por que Orbán no esté ya”, señaló. Es cierto que el húngaro “ha sido a menudo un socio difícil. Pero no imposible”, señaló el nacionalista flamenco. Y sin mencionar a los otros líderes sí presentes en Nicosia, como el eslovaco Robert Fico o el checo Andrej Babis, al que en breve podría unirse el prorruso y euroescéptico Rumen Radev tras su victoria en las elecciones búlgaras. “Decir que la manera de pensar [de Orbán] solo existe en Hungría es quizás exagerado, aunque creo que algunas cosas que eran hasta ahora imposibles en Ucrania ya no lo serán”, valoró.


























































