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La influencia rusa enturbia las elecciones en Hungría

La campaña electoral expone la injerencia de Moscú en los comicios y su peso en las maniobras del ultraconservador Orbán en Bruselas

Viktor Orbán y Vladímir Putin, en Moscú en julio de 2024.Evgenia Novozhenina (REUTERS)

El estrecho vínculo entre el primer ministro ultraconservador húngaro, Viktor Orbán, y el presidente ruso, Vladímir Putin, es ampliamente conocido. La campaña electoral en la que el dirigente húngaro se juega su supervivencia en el poder ha puesto en evidencia hasta dónde llega esa colaboración. Las sospechas de que Budapest actúa en Bruselas con frecuencia en interés de Moscú ha quedado acreditada con la filtración de conversaciones entre los titulares de Exteriores de ambos países. Esas pruebas refuerzan las informaciones que llevan semanas emergiendo sobre la injerencia rusa en las elecciones para blindar a su socio estratégico, que por primera vez en 16 años, va perdiendo en las encuestas.

The Washington Post publicó el 21 de marzo que el ministro de Exteriores húngaro, Péter Szijjártó, informa en directo a su homólogo ruso, Serguéi Lavrov, de las deliberaciones sensibles en el Consejo de la UE. Esta semana se han podido escuchar esos intercambios, gracias a una investigación periodística. Más allá de la profundidad de la relación bilateral, la revelación expone también la vulnerabilidad de la UE frente a operaciones de influencia externas.

Szijjártó, que ha viajado 16 veces a Rusia desde que empezó la invasión a gran escala de Ucrania en 2022, ha admitido los contactos en un intento de normalizarlos. La imagen que dejan las grabaciones es, sin embargo, poco favorecedora y confirma que su postura está más alineada con los intereses rusos que con los de sus socios comunitarios. Informa al detalle al Gobierno ruso de sus gestiones para excluir a oligarcas, empresas y bancos de las sanciones de la UE. Pide ayuda para construir argumentos que le permitan justificar que sus vetos están en línea con la defensa de Hungría. Se muestra solícito con Lavrov: “Siempre a tu servicio”, le dice. Y confirma que su postura está más alineada con los intereses rusos que con los de sus socios comunitarios.

El exministro de Exteriores húngaro Péter Balasz describe al Ejecutivo nacionalpopulista como “un agente valioso para Rusia en la UE y la OTAN”. “No solo informa a Moscú, sino que emprende acciones en su favor”, añade el exdiplomático, también profesor emérito en la Universidad Centroeuropea (CEU, por sus siglas en inglés).

Desde el inicio de la guerra en Ucrania en febrero de 2022, Hungría ha obstaculizado de forma sistemática el apoyo a Kiev y las sanciones a Moscú. Lo último ha sido el veto a la ayuda de 90.000 millones de euros que la UE había aprobado para evitar el colapso económico de Ucrania. Orbán dio marcha atrás en su decisión de diciembre —no participar en el crédito y no bloquearlo— cuando el presidente ucranio, Volodímir Zelenski, mostró escasa voluntad de reabrir el oleoducto Druzhba, que transporta petróleo ruso a Hungría y Eslovaquia.

Esa tubería —dañada por un ataque el 27 de enero— y la actitud de Zelenski están dando munición política a la campaña del Gobierno húngaro. Orbán presenta a Ucrania, que ya antes de la guerra tenía una mala percepción social en Hungría, como enemigo y principal amenaza del país. Le acusa de injerencia en la política interna, de financiar a la oposición y de los principales problemas del país: desde la inflación hasta la seguridad energética.

Según Péter Magyari [sin relación con el líder de la oposición, Péter Magyar], periodista de Válasz Online, “han encontrado una historia que vender a los votantes, incluso a los que no son prorrusos”. “Es fácil de transmitir: ¿Queréis pagar más [por la energía]?” Hungría importa de Rusia entre el 80% y el 90% del petróleo y alrededor del 60% del gas que consume en el país, recuerda Magyari.

La dependencia energética y los negocios que genera son el pilar de la relación de Budapest con Moscú, dice Magyari. Cuando era joven y liberal, Orbán se dio a conocer por un discurso en el que conminó a Rusia a retirarse del país en 1989. Casi cuatro décadas de deriva autoritaria después, aquel joven épico es considerado hoy por la mayoría de sus socios como un submarino ruso. Bruselas, que teme que Orbán le acuse de injerencia en las elecciones, ha optado por mantener un perfil bajo hasta que los húngaros voten.

El primer ministro polaco, Donald Tusk, que se ha erigido como uno de los líderes más vehementes frente al dirigente ultraconservador, escribió esta semana en X: “Viktor Orbán y su ministro de Asuntos Exteriores abandonaron Europa hace mucho tiempo”. El dirigente húngaro contestó el jueves en la misma red social a otro mensaje de Tusk abogando por el levantamiento de las sanciones a Rusia.

Moscú tiene intereses estratégicos de primer orden en estas elecciones. Por eso, tanto Magyari como Balasz conceden veracidad a las informaciones de varios medios, incluidos el Post y el Financial Times, sobre operativos rusos asociados a los servicios de inteligencia desplegados en Budapest para ayudar en la campaña. “Conocemos a los rusos y sabemos cómo operan. Tienen sus métodos y están muy motivados”, dice Balasz.

Manual del Kremlin

El Gobierno intenta desacreditar las informaciones y ha acusado de espionaje al reportero húngaro Panyi Szabolcs, que ha investigado la injerencia rusa en el país. Otro compañero de profesión, que prefiere no dar su nombre por motivos de seguridad, detalla algunos de los métodos que se han visto en esta campaña y coinciden con “el manual operativo del Kremlin”. Aunque aclara: “Los rusos están aquí desde 2011 o 2012”.

La base ya existía: un panorama mediático convertido en aparato de propaganda institucional. “Si miras los medios controlados por el Gobierno, todos los periódicos llevan exactamente la misma información. Es inaudito. Y es información absolutamente preparada por Rusia”, explica. Luego cuenta varios episodios, “tan inquietantes como cómicos”. El más sonado fue la incautación el 5 de marzo de dos camiones del banco ucranio Oschadbank y la detención de sus siete ocupantes.

“Las autoridades sabían que esa ruta se hace de forma habitual dos veces a la semana entre Kiev y Viena, pero esperaban encontrar armas”, asegura. Lo que transportaba el vehículo eran 40 millones de dólares en efectivo (unos 35 millones de euros) y nueve kilos de oro. “La incautación era ilegal y tuvieron que aprobar un decreto de emergencia para darle cobertura legal”, cuenta. El vídeo de la operación filtrado a los medios recordaba a la escenografía típica de detenciones de oligarcas en Rusia.

Otro caso. En un mitin de la oposición el pasado 15 de marzo, el día de la fiesta nacional, apareció una bandera ucrania entre la multitud. Los medios afines al Gobierno comenzaron a difundir la escena presentando a Magyar —que adelanta a Orbán entre seis y diez puntos en las encuestas y le acusa de traición por sus lazos con el Kremlin— como proucranio. El periodista lo desmonta: “Era una operación de falsa bandera llevada a cabo por una empresa que trabaja para la campaña de Fidesz”. Las imágenes demostraron que los que llevaban el estandarte eran trabajadores de esa compañía.

Además de los medios de comunicación tradicionales, un ejército de bots difunde estos y otros mensajes en redes sociales, una práctica habitual en elecciones en Europa y Estados Unidos. Politico publicó hace unos días que una red pro-Kremlin conocida como Matryoshka cuya intervención se ha identificado en procesos electorales en Alemania, Estados Unidos y otros países europeos— difundió un vídeo en el que llamaba a “tomar las armas, resistirse a las autoridades y matar a Viktor Orbán”.

Antibot4Navalny, un grupo que investiga y denuncia campañas de desinformación rusa, advierte que no es habitual este tipo de mensajes que incitan a la violencia. Unos días antes, el Washington Post había publicado que el equipo desplegado en Budapest había propuesto a Fidesz un golpe de efecto: montar un intento de magnicidio falso. El partido de Orbán rechazó la idea. Según Magyari, el periodista, la violencia es una línea roja para él.

Magyar es un disidente de Fidesz. Conoce bien los métodos que emplea, como las campañas de difamación, y se adelanta a las jugadas. Hace unas semanas publicó que se iba a filtrar un vídeo sexual de él en el que también se veían narcóticos. Confirmó que, como adulto, mantuvo sexo consentido con quien era entonces su pareja, y hace unos días se hizo un test de drogas en Viena para demostrar que estaba limpio.

Lo neutralizó, al menos por ahora. Pero aún queda una semana para las elecciones del 12 de abril, las más inciertas para Orbán. La partida continúa y hay mucho en juego. En Hungría, en Moscú y también en la UE.

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