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Orbán se enfrenta a la posibilidad de perder el poder por primera vez en 16 años

Las encuestas para las elecciones del 12 de abril dan ventaja a Péter Magyar, un disidente del partido del primer ministro ultraconservador, pero el sistema electoral favorece a Fidesz

Viktor Orbán, el viernes en un mitin en Gyor.Bernadett Szabo (REUTERS)

Muchos en Hungría —y en Bruselas, Moscú o Washington— contienen la respiración hasta las elecciones legislativas del próximo 12 de abril. El ultraconservador Viktor Orbán se enfrenta por primera vez a la posibilidad real de perder el poder tras cuatro rotundos mandatos consecutivos. Las encuestas dan ventaja al único rival que, hasta ahora, parece capaz de destronarle: Péter Magyar, un disidente de sus propias filas que conoce a fondo la arquitectura interna del régimen moldeado por Orbán. Nadie se atreve, sin embargo, a anticipar el desenlace de los comicios más inciertos de los últimos 16 años.

El sistema electoral favorece estructuralmente a Fidesz, el partido del primer ministro, según sus críticos. Diseñado a medida gracias a sus supermayorías parlamentarias, exige que Magyar no solo gane, sino que supere a Orbán por al menos cinco puntos porcentuales para sumar una mayoría simple. Muchos sondeos en Hungría arrastran un marcado sesgo partidista, pero los cálculos de agregadores como la web Vox Populi o el Poll of Polls de Politico le sitúan entre seis y diez puntos por delante. Un margen inédito. También muy justo.

Bulcsú Hunyadi, jefe de programas del centro de análisis húngaro Political Capital, describe estas elecciones como las “más emocionantes y menos predecibles desde 2010”. “Es la primera vez que un partido de la oposición tiene verdaderas posibilidades de ganar”, incide en conversación telefónica. Las condiciones políticas han convergido de forma excepcional. Un solo partido, Tisza, tiene la fuerza suficiente para disputar la hegemonía de Fidesz. Magyar, exmarido de la antigua ministra de Justicia, Judit Varga, “sabe cómo hacer frente al aparato propagandístico” construido en torno al Gobierno.

El estancamiento económico del país (en 2025, el Producto Interior Bruto creció apenas un 0,4%), la inflación, que marcó récords en la UE, y el coste de la vida, venían generando desafección entre la población. La falta de fondos europeos, bloqueados por los abusos del Estado de derecho y la corrupción, agravaron el malestar. Pero el punto de inflexión decisivo para una parte de los húngaros fue un escándalo que contravenía los principios ultraconservadores de los que Orbán se presentaba como único garante: en febrero de 2024 se conoció un indulto a un encubridor de un pederasta que había abusado de niños en un centro de menores.

El caso hizo tambalearse al Gobierno. En la sacudida cayeron la presidenta Katalin Novák y Varga. Magyar emergió entonces de las entrañas del régimen denunciando la corrupción y la hipocresía. Consiguió canalizar el descontento en un proyecto político que apenas cuatro meses después logró ocho escaños en las elecciones europeas. Algunas decisiones del Gobierno como la prohibición de la marcha del Orgullo LGTBI del año pasado o un polémico proyecto de ley que perseguía a la sociedad civil desencadenaron también manifestaciones multitudinarias. “Hay mayor concienciación y oposición social; eso también es nuevo”, señala Hunyadi.

András Bíró-Nagy, director del centro de análisis húngaro Policy Solutions, subraya que pese a que “hay una oportunidad real de que se produzca un cambio de Gobierno, la carrera está aún abierta”. La reconfiguración calculada por Fidesz de los distritos electorales que le son más favorables, especialmente en la Hungría rural, y un mecanismo de compensación de votos complica las posibilidades de cualquier aspirante.

Fidesz cuenta además con la maquinaria del Estado a su servicio. Los observadores electorales de la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE) suelen denunciar que la frontera que separa el partido de las instituciones durante la campaña es prácticamente inexistente. El poder económico se estructura en grandes empresarios cercanos a la élite política y el clientelismo garantiza contingentes de votantes leales, como recogió ya en 2019 un estudio de la Universidad de Yale. El documental El precio del voto, estrenado el jueves en Budapest, muestra coacciones y sobornos de Fidesz para presionar a los electores.

Apoyo de la internacional ultra

La campaña de Orbán está a la altura de la amenaza existencial a la que se enfrenta. “Está basada en infundir miedo”, explica Bíró-Nagy. El dirigente nacionalpopulista se presenta a sí mismo como “la opción segura”. El enemigo designado es Ucrania, personalizada en su presidente, Volodímir Zelenski. En la misma semana en la que ha resonado el escándalo de que el ministro de Exteriores, Péter Szijjártó, informa al Kremlin en directo de las deliberaciones de la UE, el primer ministro ha anunciado el corte del gas al vecino del este. Ya no argumenta solo que trata de evitar que Hungría se vea arrastrada a un conflicto que no le concierne: la confrontación con Kiev ahora es abierta. Le acusa de interferir en las elecciones, espiar, financiar a la oposición.

En un periodo de enorme inestabilidad mundial, Orbán capitaliza su cercanía con líderes como el presidente estadounidense, Donald Trump, el ruso, Vladímir Putin, y el chino, Xi Jinping, como garantía de seguridad para Hungría, explica Bíró-Nagy. Por Budapest han desfilado estas semanas para arroparle líderes de la internacional ultraderechista, como el argentino Javier Milei o el español Santiago Abascal. Trump ha mandado también mensajes explícitos de respaldo y está previsto que su vicepresidente, J.D. Vance, acuda en persona en la recta final de la campaña. “Para Rusia es importante que Orbán se mantenga en el poder y los movimientos de extrema derecha le ven como un líder simbólico”, dice el analista.

El proyecto de Orbán es un modelo para estos dirigentes. La autodenominada “democracia iliberal” que ha consolidado se somete a su examen más difícil en estas elecciones. Hunyadi, de Political Capital, lo describe como “un sistema cada vez más autoritario, no una democracia funcional”. “Ha reformado la Constitución y las leyes electorales según sus intereses y ha tomado como rehenes todas las instituciones que deben ser independientes, como los altos tribunales”, continúa.

Detalla además el control de la mayoría de los medios de comunicación y las campañas sistemáticas de difamación que orquestra contra medios independientes, periodistas, ONG o think tanks. Esta semana, el Gobierno ha lanzado una ofensiva contra el periodista de investigación Szabolcs Panyi, que ha informado sobre la influencia rusa en el país. Además de los intentos de desacreditarle, ha presentado cargos contra él por supuesto espionaje.

El analista Bíró-Nagy duda de que esta campaña centrada en el miedo a la guerra le traiga los mismos réditos que en las últimas elecciones, que se celebraron unas semanas después del inicio de la invasión a gran escala de Rusia en Ucrania en 2022. “Pero es la mejor carta que tiene”, dice. “Lo hace para desviar la atención de la realidad socioeconómica, el punto más débil de Orbán”. Ahí es donde se concentra Magyar: su mensaje es que el Estado está desatendido y mal gestionado, con unos servicios públicos deficientes.

En los últimos días, las acusaciones cruzadas de injerencia extranjera y manipulación están en una espiral ascendente. Es previsible que las partes sigan filtrando escándalos, acusaciones; pero los analistas no creen que estas influyan ya en los electorados. “A no ser que ocurra algo emocional”, subraya Hunyadi. Todos están en vilo ante posibles golpes de efecto. The Washington Post publicó hace una semana que Rusia había propuesto a Fidesz escenificar un falso intento de magnicidio. Nadie se atreve a especular nada. El escenario permanece completamente abierto y puede pasar cualquier cosa en las próximas dos semanas. Incluso que, después de 16 años, Orbán pierda el poder.

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