López Obrador y Sheinbaum, afinidad más allá de intrigas
El exmandatario encontró en la presidenta el único cuadro con la capacidad profesional, la prudencia, la austeridad y el sentido de responsabilidad para continuar su legado. 16 meses después, los hechos confirman su elección


No, López Obrador no está descontento con Claudia Sheinbaum. Por el contrario, la presidenta ha cumplido cabalmente las expectativas que llevaron al líder del movimiento a favorecerla como relevo. El tabasqueño puede tener diferencias de matiz en algunas decisiones puntuales. Pero en todo lo que verdaderamente le importa, los resultados confirman la inclinación por su heredera política.
Creer que la remoción de cuadros como Adán Augusto López, Gertz Manero, Marx Arriaga, Pablo Gómez, más los que se acumulen los próximos meses, podría llevar a un distanciamiento entre el fundador y su sucesora es producto de una mala lectura de la personalidad de López Obrador. Para él, los individuos son menos importantes que los ideales; un rasgo que le ha caracterizado a lo largo de su trayectoria. Su obsesión es y seguirá siendo la atención a las causas populares y, en particular, la mejoría de la condición de los pobres. Él entiende que la parte fundamental de su legado es un sistema político y constitucional que asegure esta disposición en favor de la justicia social.
Claudia Sheinbaum no solo ha sido fiel a esa consigna, la ha continuado y profundizado. La derrama social aumentó 25%, al pasar de 800.000 millones de pesos anuales a un billón gracias a la ampliación de algunos de los programas sociales del sexenio anterior y otros nuevos, a pesar de las limitaciones económicas. En materia de finanzas públicas, respeto y continuación de las reformas obradoristas, relaciones con Estados Unidos o con el ejército, el Gobierno de Sheinbaum ha mantenido una continuidad con los criterios del sexenio anterior.
Desde luego ha habido un cambio de estilo y un sinfín de decisiones para afinar y modificar a nuevos contextos la agenda de Morena. En materia de seguridad pública, energía y salud, sobre todo, se hacía necesario introducir ajustes significativos por razones políticas, sociales y económicas que resultan evidentes también para López Obrador.
Lejos de molestar al expresidente tales ajustes, era lo que esperaba. Agradecerá, incluso, no haberlos tenido que hacer él mismo. Lo dijo una y otra vez: el movimiento necesitaba un enfoque más moderno, más ejecutivo, más científico. López Obrador encontró en Sheinbaum el único cuadro con la capacidad profesional, la prudencia, la austeridad y el sentido de responsabilidad para continuar su legado; 16 meses después, los hechos confirman su elección. Ni Adán Augusto, Marcelo Ebrard, o cualquier otro colaborador habría tenido el consenso de las distintas tribus, la popularidad personal que permite la fortaleza de Morena y la capacidad profesional para hacer viable el ejercicio de gobierno a lo largo de un primer año tan turbulento.
Seguramente hay cosas que López Obrador habría hecho diferente (y herencias que Claudia Sheinbaum habría preferido no recibir). Los dos entienden que eso no es lo sustancial. El tabasqueño tiene claras sus prioridades políticas y, de acuerdo con estas, el desempeño de Sheinbaum es meritorio. ¿Qué podría destruir esta confianza, desde la perspectiva de Palenque? En esencia dos cosas: una traición a la premisa básica de un gobierno favorable al pueblo y una agresión política a él mismo y a su familia. Pero se trata de un riesgo inexistente. Respecto a lo primero, Sheinbaum comparte con López Obrador la misma convicción; quizá la concepción de justicia social de la presidenta sea más amplia que la del exmandatario e incluye una agenda más moderna (mujeres, temas de género, aspectos ambientales), pero la prioridad en ambos sigue siendo la atención a los más necesitados. Eso no va a cambiar.
Lo segundo tampoco. Por respeto, admiración y cariño lo último que le interesaría a Sheinbaum es lastimar al fundador. Y tampoco es factible un escenario, como el de Zedillo versus Salinas de Gortari, en el cual el sucesor debe defenderse del intervencionismo de su predecesor y demostrar quién está a cargo del timón. López Obrador es un hombre idealista, pero también un político práctico. A diferencia de otros presidentes, no participó en política para hacerse de un beneficio económico o perpetuar un poder personal. Desde luego, no hay ambición política que no conlleve una cuota de ego. Pero él desea pasar al panteón de la historia como fundador de un movimiento capaz de modificar el sistema y favorecer a los de abajo. El éxito de su proyecto pasa por el éxito de Claudia Sheinbaum y su segundo piso. Intervenir, debilitarla o dividir equivale a boicotear su propio sueño.
Tampoco es cierto que el tabasqueño esté incómodo con el Plan México o la búsqueda de un acuerdo de inversión con el sector privado. A mediano plazo, la 4T será inviable si además de conseguir una mejor distribución de la riqueza, como sucedió en el sexenio anterior, no logra ampliar el crecimiento de esta riqueza. Eso significa generar condiciones para la inversión que hasta ahora los gobiernos de Morena no han conseguido. López Obrador lo intentó, de allí su vínculo con Alfonso Romo y Carlos Slim o su avenimiento con los grandes empresarios, pero con resultados insuficientes. Una de las cifras que el expresidente revisaba al despertar era el alza en el número de plazas dadas de alta por los empresarios en el IMSS. Será el primero en festejar un avance sustantivo en esa dirección.
En el fondo, Sheinbaum aporta la misma mezcla de idealismo y realismo político, convicción social y espíritu práctico, que caracteriza a López Obrador, pero actualizada a las condiciones de 2026. Uno llevó el movimiento al poder, la otra intenta consolidarlo y hacerlo viable a mediano plazo. Y eso López Obrador lo sabe mejor que nadie. El resto no es más que grilla y nerviosismo de propios y ajenos.
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