Cómo educar a los hijos para que sean buenas personas: vale más lo que los padres hacen que lo que dicen que se debe hacer
Ser coherente con los principios establecidos, fomentar el respeto, la responsabilidad, la amabilidad y el lenguaje asertivo son pilares para establecer vínculos profundos de apego desde la infancia


Toda familia desea que sus hijos sean buenas personas. No importa en qué lugar del mundo se lance esta afirmación, la respuesta viene en forma de pregunta: ¿Cómo lograrlo? Alcanzar este objetivo no es producto del azar ni de la simple imposición de normas. La verdadera formación del carácter no debe centrarse en lograr que los menores sigan reglas por miedo al castigo, sino en que desarrollen una conciencia moral interna capaz de guiarlos incluso cuando los progenitores no están presentes.
Este proceso depende, en gran medida, del sistema de valores adquirido dentro del hogar. Nombrar los valores puede parecer una tarea sencilla, pero vivirlos y transmitirlos es el verdadero reto. Educar en consonancia con unos principios establecidos, donde la coherencia prime sobre cualquier otro aspecto, es un planteamiento fácil de formular pero complejo de llevar a cabo en el día a día.
El respeto es la raíz principal de toda relación sana. Para que un menor crezca respetando a los demás, debe desarrollarse en un entorno donde él mismo sea respetado y donde observe ese trato hacia otros. Es fundamental recordar que los hijos son observadores continuos de sus figuras de referencia y de sus iguales, por lo que aprenden mucho más de lo que ven que de lo que escuchan o de lo que se les exige. Las normas impuestas y los discursos morales pierden toda su fuerza si no van acompañados de una conducta adulta que los ejemplifique. En la formación de la personalidad es más importante aquello que los progenitores hacen que lo que dicen que se debe hacer.
El respeto tiene muchas maneras de ser enseñado. Por ejemplo, a través del modo en que uno se comporta delante de su hijo, en cómo gestiona un conflicto o en la paciencia que muestra ante un error ajeno que le afecta. La empatía es una cualidad propia del ser humano que, aunque comienza a darse a partir de los tres años, puede potenciarse a lo largo de toda la vida, siendo necesario que se fomente desde la primera infancia. Enseñar a un niño a mirar a través de los ojos del otro y a ponerse en sus zapatos es dotarlo de una herramienta esencial para la convivencia. Para fomentar esta habilidad, una de las actividades que mejor funcionan es invitarle a hacerse preguntas reflexivas del tipo: “¿Cómo te sentirías tú si te ocurriera eso?” o “¿Qué te gustaría que hiciera tu amigo por ti en esta situación?”. Estas les permiten situarse en perspectivas ajenas y experimentar emociones desde otra mirada.

Este desarrollo va muy ligado a la adquisición de la inteligencia emocional. Al ayudarles a identificar sus propias emociones y las de los demás, adquieren un lenguaje emocional rico que les permite comprender mejor el mundo que les rodea. Un niño que entiende su tristeza o su rabia es un niño que podrá validar esas mismas emociones en sus semejantes, a la vez que aprende que todas las emociones son necesarias y funcionales en la vida.
La responsabilidad es, quizás, uno de los aspectos más potentes de la madurez. Entender que cada individuo es responsable de su conducta, de sus actos y de sus metas otorga el poder de actuar en consecuencia. Para fomentar esta virtud, la educación debe basarse en consecuencias naturales en lugar de premios o castigos. Si un niño estropea un objeto, la consecuencia natural y lógica será ayudar a repararlo. El castigo sin relación directa con el hecho (como quitarle la televisión por haber roto algo) solo busca generar sufrimiento, lo cual puede llevar al menor a evitar la acción por miedo, pero no por comprensión ética. En cambio, la reparación fomenta la responsabilidad.
Esta responsabilidad se relaciona estrechamente con la autonomía y el sentido de pertenencia. Los niños necesitan sentirse necesarios e importantes dentro de su hogar. Al participar en las tareas domésticas diarias —como recoger, limpiar o ordenar—, aprenden que tienen un papel fundamental en su familia . Sentirse útiles en casa les prepara para ser ciudadanos responsables en cualquier otro entorno social.
Herramientas para las relaciones sociales
El desarrollo de una “buena persona” también implica la adquisición de herramientas de relación social. La amabilidad y el lenguaje asertivo son pilares para cuidar las amistades y establecer vínculos profundos de apego.
Compartir y ser generoso con lo que uno tiene no debe verse como una pérdida, sino como un acto enriquecedor; ver la felicidad en el otro produce una satisfacción propia que fortalece los vínculos interpersonales. Esto implica educar a los hijos para que no sean envidiosos. La meta es que aprendan a admirar en lugar de envidiar. La admiración impulsa el crecimiento personal, mientras que la envidia carcome el bienestar.
Además, practicar la gratitud diariamente no solo beneficia a quien recibe el agradecimiento, sino que transforma la estructura mental de quien lo da. Enseñar a los hijos a dar las gracias por lo que tienen y a no dar nada por hecho entrena al cerebro para enfocarse en lo positivo. En un mundo que a menudo resalta la carencia, la gratitud permite ver que siempre hay más que agradecer que lo que se puede extrañar. En este sentido, es fundamental desvincular la felicidad de los bienes materiales. Enfocarse en lo material como fuente de plenitud es un error que conduce a la eterna insatisfacción. El verdadero éxito es encontrar el bienestar en los vínculos y en los actos, no en las posesiones.
Todo ello requiere de constancia y persistencia. Los límites, lejos de ser negativos, proporcionan seguridad y enseñan una lección fundamental: el mundo no gira exclusivamente en torno a los deseos de uno mismo, es decir, es importante aprender a seguir unas normas comunes a todos, que otorgan firmeza y confianza, además de enseñar al niño a relacionarse adecuadamente con la frustración, aprendiendo habilidades esenciales para la vida.
De igual modo, es fundamental enseñar a los hijos a poner límites de manera asertiva, comprendiendo la importancia de ser capaz de decir que no a lo que no les gusta o no va en consonancia con sus valores, incluso si eso implica ir en contra de la corriente social o del grupo de iguales. La integridad consiste en hacer lo correcto simplemente porque es lo correcto, aunque nadie esté mirando.
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