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Educación
Opinión

De la tiza al teclado: ¿la educación de nuestros hijos es mejor que la nuestra?

El respeto al profesor o la atención a la diversidad de los alumnos es distinto a décadas atrás. Pero en un ejercicio de comparativa aplicado a las aulas, quizá lo ideal sería combinar la efectividad de métodos clásicos con clases más llenas de empatía, integración y motivación

Ahora se rompe la distancia emocional y los tutores son conscientes de las dificultades vitales de los alumnos. DBenitostock (Getty Images)

Por mi cumpleaños nos reunimos amigos cuarentones con amigos más jóvenes y nos pusimos a rememorar nuestra infancia en EGB. Los más jóvenes (y, sobre todo, nuestros hijos) flipaban con las anécdotas, aunque por supuesto todo lo que es digno de contarse en una anécdota es porque se sale de la norma y destaca para bien o para mal. Esto me llevó a pensar en la gran diferencia de educación que recibimos nosotros y la que viven ahora nuestros hijos. Y como mi columna de infancia ochentera, titulada ¿La infancia de ahora es mejor que la de antes?, tuvo un cierto éxito, os traigo hoy este ejercicio de nostalgia comparativa aplicado a las aulas.

Si la LOMLOE es mejor o peor no sé si lo debe decir el informe Pisa o el psicólogo de turno cuando la gente va a quejarse de sus traumas escolares. En todo caso, pon el bocata en la mochila, que volvemos al cole.

Lo primero que recuerdo de nuestras clases era el respeto y la obediencia ciega: el profesor era la autoridad máxima. Por mucho que dijéramos “profe” al reclamar su atención o le criticáramos a sus espaldas, como se ha hecho toda la vida con el poder, existía el consenso general de obedecer y callar. Por supuesto que había malos profesores, despóticos y sin ningún tipo de talento para la enseñanza o para la gestión emocional con los niños, y algunos humillaban y pegaban sin consecuencias, pero tenían que hacerla muy gorda para que algún alumno se quejara a sus padres y los padres se quejaran al colegio.

En cambio, parece que ahora flota en el ambiente un espíritu de consumidor que hace valer sus derechos, de cliente insatisfecho que a la mínima se queja al camarero a ver si puede conseguir un postre gratis. Y el acercamiento amable entre docentes, alumnos y padres, muchas veces, se convierte en un colegueo donde el respeto decae o desaparece. Los niños se atreven mucho más a quejarse o enfrentarse directamente a los maestros y, en según qué situaciones y centros, directamente amenazarlos sin manías. Quizá antes los castigos eran excesivos y el clima de terror o de opresión mantenía el colegio bajo control, pero puede que ahora muchos profesores y personal del colegio se vean desarmados ante una generación de niños consentidos y maleducados que no tienen ningún tipo de autocontrol. Eso sí, la empatía y la proximidad entre alumnos y maestros es innegable que convierte las aulas en lugares mucho más seguros y amables.

Lo segundo a tener en cuenta: antes la tecnología era muy básica. Nuestras clases de informática eran para aprender a usar el Office o para programar lenguajes prehistóricos. Nuestras pizarras funcionaban con tiza y borrador y nos peleábamos todos por borrarlas. Cuando veíamos un vídeo, era un triste VHS que ningún profesor sabía conectar a la primera. Y nuestra clase de robótica como mucho era jugar con muñecos de Transformers. Nada que ver con las pizarras digitales, las plataformas de enseñanza online y la necesidad de ordenador para los deberes. Y por supuesto ningún ChatGPT te resolvía la vida en minutos. Los que copiaban, lo hacían de enciclopedias y libros que antes había que buscar.

Y ya que hablamos de tecnología, como todo está en Internet, la memoria no se ejercita como la trabajábamos nosotros. Este es el tercer punto. Estudiar era sinónimo de fotocopiar mentalmente los libros de texto y recitarlos o transcribirlos en el examen de turno, palabra por palabra, aunque no entendiéramos mucho su contenido. Está muy bien saber dónde buscar lo que sea cuando lo necesites, pero ¿cuáles serán a largo plazo las consecuencias de externalizar el conocimiento? Eso sí, es mucho más relajante aprender a resolver problemas, a tener criterio o mezclar conceptos trabajando por proyectos que convertirse en simples hombres libro como los rebeldes supervivientes de Fahrenheit 451, recordando tomos enteros.

En lo que claramente se ha mejorado es en el cuarto punto: en la atención a la diversidad de los alumnos. Que haya presupuesto y gente para atenderlos como hace falta ya es otra lucha diaria. Pero, al menos, no hay el gran saco de nuestra infancia en el que metían a todos los niños inquietos, movidos y supuestamente vagos que no sacaban las notas estándar. Era adaptarse o sufrir, y el nivel era exigente para todos. Ahora se rompe la distancia emocional y los tutores son totalmente conscientes de todas las dificultades vitales por las que pasan sus alumnos, e intentan adaptar la clase a las necesidades y capacidades de cada uno (aunque haya algunos padres que sienten que sus hijos no van tan avanzados como podrían porque el nivel general ha bajado).

Y para acabar, el quinto punto: pasemos a las familias de los alumnos. Si antes apenas pisaban el colegio para el festival de final de curso y saludar brevemente a los tutores, ahora hay mucho más contacto, casi intervencionismo o supervisión, como si los encargados pasaran con la carpetita por las aulas para valorar el rendimiento. Ya no hace falta que los niños se inventen que el profe les tiene manía, porque a veces son directamente los padres los que tienen manía al profe y ponen en entredicho cada una de sus decisiones.

No quiero hacer como esos gurús que sueltan su receta mágica sin haber pisado aulas ni comido los marrones diarios que tienen que gestionar miles de profesores. Así que solo diré que, vista en perspectiva, nuestra educación quizá fue más rigurosa y exigente que la de nuestros hijos, porque se parecía mucho a la de nuestros padres. Pero es que nuestros críos heredan un panorama totalmente distinto, que ha evolucionado a una velocidad supersónica en pocas décadas. Quizá la educación ideal sería combinar la efectividad comprobada de métodos clásicos con aulas más llenas de empatía, innovación, integración y motivación. Porque, con pizarra y tiza o con ordenador y proyectos, al final lo importante es aprender con ilusión y sin miedo.

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