Arabia Saudí y Emiratos se inclinan en privado hacia una posición más agresiva con Irán
Riad y Abu Dabi quieren influir en el desenlace del conflicto, pero su participación no genera consenso en la región y los expondría a mayores represalias y poder ser abandonados por Trump


Cuando Irán empezó a lanzar salvas de misiles y enjambres de drones contra los países árabes del Golfo en represalia por la ofensiva de Estados Unidos e Israel, hace un mes, Arabia Saudí condenó sin ambages las acciones de Teherán, pero optó por no responder. El reino tachó los ataques, que se precipitaron rápidamente sobre su capital, Riad, y su infraestructura petrolera, de “injustificados” y “cobardes”, pero estas semanas se ha limitado a interceptar los golpes.
Esta postura parece estar cambiando. En los últimos días, Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos han adoptado entre bastidores una posición más agresiva con Teherán y varios medios estadounidenses afirman que han presionado a Washington para que todavía no detenga la guerra. Según estas informaciones, aspiran a neutralizar la amenaza de Irán y a redibujar la arquitectura de seguridad regional, y están abiertos a explorar fórmulas para apoyar la ofensiva.
Antes de que Estados Unidos e Israel atacaran a Irán, Estados árabes del Golfo redoblaron esfuerzos diplomáticos para evitar un conflicto por temor a verse arrastrados a él, y desde el inicio han optado por no sumarse a los ataques y rehuir verse sumidos en una contienda ajena. Pero después de un mes de hostilidades, Riad y Abu Dabi parecen decantarse por asumir un papel más activo a fin de influir en el desenlace de la guerra sin provocar una escalada mayor.
En una columna publicada el miércoles en The Wall Street Journal, el embajador de Emiratos en Estados Unidos, Yousef al Otaiba, escribió que Irán “es una amenaza para la seguridad global y la estabilidad económica” y que “un simple alto el fuego no es suficiente”. Lo que se necesita, a su parecer, es “una solución definitiva que aborde todas las amenazas de Irán: capacidades nucleares, misiles, drones, grupos terroristas y bloqueos de rutas marítimas”.
“Los Estados del Golfo se encuentran en una situación excepcionalmente compleja”, constata Umer Karim, experto en política saudí en el Centro Rey Faisal para la Investigación y los Estudios Islámicos. “Es lógico que aboguen porque este conflicto termine de tal manera que Irán deje de representar una amenaza para ellos y para la seguridad marítima”, considera.
Una de las formas que podría adoptar una mayor implicación de Arabia Saudí y Emiratos en el conflicto es respaldar y extender la capacidad de Estados Unidos de realizar ataques contra Irán, lo que incluiría que fuerzas estadounidenses utilicen algunas de sus bases aéreas, según ha informado el Wall Street Journal. Hasta ahora, los países del Golfo han asegurado que no han abierto sus instalaciones militares ni su espacio aéreo para lanzar ataques en Irán.
El gobernante de facto de Arabia Saudí, el príncipe heredero Mohamed Bin Salmán, ha alentado incluso a Trump a considerar un despliegue de tropas en Irán para tomar el control de su infraestructura energética, según ha informado The New York Times. En los últimos días, Trump ha meditado ocupar la estratégica isla de Jarg, desde la que Irán exporta más del 90% de su crudo, en otro intento de apoderarse de infraestructuras críticas y de asfixiar a Teherán.
Una participación directa en la ofensiva contra Irán, sin embargo, implicaría asumir grandes riesgos. Por un lado, Teherán podría optar por escalar todavía más sus ataques contra sus vecinos del Golfo, especialmente si se trata de acciones individuales, y, por el otro, estos se expondrían a que Trump decida retirarse de la guerra en cualquier momento y los deje atrás.
El miércoles, el presidente del Parlamento de Irán y una de las figuras más destacadas de la República Islámica, Mohamad Qalibaf, afirmó en redes sociales que disponían de informaciones de que “los enemigos de Irán”, con el apoyo “de un país de la región”, que no desveló, están preparando una operación para ocupar una isla iraní, presumiblemente Jarg. Y ya advirtió de que “si avanza, toda la infraestructura vital de ese país será blanco de ataques”.
Karim considera asimismo que “cabe preguntarse qué tan significativa sería, en la práctica, una intervención de estos países si decidieran entrar en la guerra y tomar represalias contra Irán”. “Estados Unidos e Israel ya cuentan con una relativa superioridad aérea y con mejores capacidades [que los países del Golfo], y pueden atacar a Irán con mucha más eficacia”, nota.
Ali Bakir, profesor adjunto de asuntos internacionales, seguridad y defensa en la Universidad de Qatar, cree que las informaciones sobre un papel más activo de Arabia Saudí y Emiratos en la guerra deben tratarse con cautela, pero opina que el principal riesgo “sería una escalada [mayor]”. “Sin un amplio respaldo internacional, esta participación podría exponer a Estados [árabes del Golfo] a represalias directas y a una mayor inestabilidad regional”, anticipa.
Adoptar un papel más activo, sin embargo, no genera consenso en la región. “Qatar y Omán no desean ninguna confrontación con Irán y podrían incluso estar abiertos a alguna forma de participación e integración iraní en un marco de seguridad regional”, observa Karim. Por otro lado, agrega, Emiratos, Arabia Saudita, Kuwait y Bahréin “consideran que la resolución de este conflicto con el statu quo actual sería muy perjudicial para su seguridad y sus intereses”.
Emiratos, uno de los principales centros financieros para empresas iraníes en el extranjero, también podría congelar el acceso de Irán a sus activos multimillonarios en el país como forma de incrementar la presión sobre Teherán. Un funcionario del Ministerio de Exteriores emiratí asegura que algunas “instituciones directamente vinculadas al régimen iraní y a la Guardia Revolucionaria serán clausuradas” tras comprobarse que “han sido usadas de forma indebida para promover agendas que no benefician al pueblo iraní y en violación de leyes [emiratíes]”.
Con todo, Abdullah Al-Otaibi, profesor de asuntos internacionales de la Universidad de Qatar, cree que los países de la región “no se dirigen hacia la guerra, sino que refuerzan su doctrina de contención”. “Lo que se podría interpretar como un mayor protagonismo es, en realidad, coordinación defensiva y demostración de fuerza, no intervención ofensiva”, indica.
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