El último refugio del cisne que enviudó: el santuario de aves La Cañada de los Pájaros afronta su propio peligro de extinción
La primera reserva concertada de España plantea su cierre tras haber salvado varias especies a las puertas de Doñana durante cuatro décadas


Cuando Maravilla ve al biólogo Plácido Rodríguez extiende sus alas a modo de saludo, danza y le acerca el pico. Esta hembra de cisne enviudó (muchas de estas aves muestran comportamientos monógamos) hace un año por un accidente de su pareja y su cuidador es hoy su principal referente de vida. Maravilla es uno de los ejemplares de las más de 180 especies que habitan La Cañada de los Pájaros, la primera reserva concertada de España y santuario para las aves a las puertas de Doñana. Este refugio, que ha servido de tabla de salvación para varias especies amenazadas o en declive (focha cornuda, cerceta pardilla, porrón pardo y malvasía) está hoy en peligro de extinción. “Si no queda otra, nos marchamos”, lamenta Maribel Adrián, también bióloga, cofundadora del centro y esposa de Plácido Rodríguez.
La pareja de científicos, él onubense de 72 años y ella burgalesa de 65, son la versión española del naturalista y escritor Gerald Durrell, autor de Mi familia y otros animales. Pero a diferencia de la entidad que el británico fundó en Jersey (Durrell Wildlife Conservation Trust), la Cañada de los Pájaros agoniza amenazada por múltiples factores, como las aves con las que conviven y que encuentran en estas lagunas, recreadas en lo que fue una gravera y un vertedero de Puebla del Río (a 26 kilómetros de Sevilla), su refugio frente a depredadores, cazadores, tendidos eléctricos, contaminación, sequías y enfermedades.

Plácido Rodríguez nació en las marismas del Parque Nacional de Doñana de una familia de guardas. Creció junto a las aves que habitan o transitan lo que hoy es patrimonio mundial y siempre las ha considerado como parte intrínseca de su vida. “Quería un sitio donde vivir con los pájaros. Me gusta estar arrebujado”, resume para explicar por qué creó La Cañada a finales de los ochenta.
Se fijó en una finca situada junto a uno de los arrozales más importantes del país y fue capaz de ver el potencial de la zona para recuperar el humedal que existió antes de que la desentrañaran para sacar material de construcción y la usaran de basurero. Compró la mitad (siete hectáreas) y comenzó con sus propios medios a recrear el paraíso.
Hace 38 años, unos agentes de Medio Ambiente salvaron de una quema seis huevos de focha cornuda, un ave gruiforme que, en aquellos años, afrontaba su extinción en España. Los incubó, sacó adelante varios pollos y se entregó a ellos durante cuatro años. En 1992, mientras la capital andaluza celebraba su Expo, Plácido Rodríguez demostraba que, casi sin medios, se podía salvar una especie: soltó 22 ejemplares.

Con Maribel Adrián fue conformando lo que hoy es, además de un refugio único para las aves, un centro de investigación de programas de reproducción, un espacio de educación ambiental, un centro de formación y prácticas para universitarios y una maqueta del Parque Nacional. “Aquí hay la misma diversidad que en Doñana, pero al alcance de la mano”, explica el biólogo en referencia a las especies que acogen y a los ecosistemas creados: laguna, marisma, bosque mediterráneo y de ribera.
Su singularidad llevó a crear en 1991 una figura normativa especial: la reserva natural concertada, una categoría de espacio de alto valor medioambiental de propiedad particular. La Cañada de los Pájaros fue la primera de España y a ella se unieron otra más en Sevilla (Dehesa de Abajo), Cádiz (Laguna de la Paja), Granada (Charca de Suárez) y Huelva (Puerto Moral). La mayoría son de propiedad municipal y solo la onubense aguantó unos años en manos de la Fundación Bios.
La creación de la reserva concertada de La Cañada de los Pájaros incluía la colaboración de la Junta de Andalucía en investigación y recuperación de aves acuáticas amenazadas, actividades de educación ambiental y programas de reintroducción. Pero ese compromiso se fue apagando hasta quedar en casi nada.

De esta forma, la reserva ha sobrevivido a pulmón, con el patrimonio propio, el tiempo y el esfuerzo de sus creadores y algunos voluntarios. Sus fuentes de ingresos son las visitas y el alquiler del restaurante. Pero son insuficientes para afrontar gastos anuales que superan los 120.000 euros y que generan los tres trabajadores, la comida y la luz, entre otras partidas. “Esto no es un negocio”, admite Maribel Adrián.
Significa que, en estos momentos, no es autosuficiente, que no pueden seguir adelante sin colaboraciones y que lo creado después de 40 años de trabajo sin descanso y aportaciones propias tiene un valor incalculable, pero un precio insuficiente para poder garantizarles una vida o una retirada.
A los dos biólogos les gustaría quedarse hasta poder traspasar la responsabilidad sobre el centro, pero el tiempo y los recursos para sobrevivir se agotan. “Si no, tendremos que vender y marcharnos”, admite Maribel Adrián mientras recorre con la mirada las instalaciones a la que ha dedicado su vida.

A la falta de colaboración suficiente de las administraciones se suma la ausencia de relevo generacional (los dos hijos de los biólogos han optado por otras formas de vida) y, ahora, la llegada de un nuevo vecino que, a pesar de la especial protección del espacio, ha comenzado la transformación de la parcela aledaña alterando el sistema hídrico de la zona y eliminando la masa forestal existente. Las modificaciones han sido comunicadas a la Confederación Hidrográfica del Guadalquivir y a la Consejería de Sostenibilidad y Medio Ambiente.
La Fundación Savia, una entidad de defensa de los valores del entorno rural, ha elaborado un primer diagnóstico de la situación de La Cañada de los Pájaros con una primera conclusión inquietante: el gran valor de la reserva no se corresponde con el precio de la misma en el mercado del suelo forestal, especialmente de máxima protección, como es el caso. Su venta no repondría el coste de lo invertido y se pondría en riesgo el refugio creado. De esta forma, la salida no puede ni debe ser vender y cerrar, según el informe.
La organización plantea la posibilidad de crear una fundación en la que participen todas las entidades que se han beneficiado hasta ahora de este espacio natural único: las administraciones (Junta, Gobierno central, Ayuntamiento de Puebla del Río y Diputación) así como otras entidades privadas y públicas, como las universidades o centros de investigación a los que sirve de centro de prácticas y formación. “Es un reservorio único de biodiversidad, de agua. En verano, más de la mitad de la población de cercetas pardillas de España pasa por aquí. A estas lagunas llegan muchas aves en época de sequía para sobrevivir. Es un santuario que no se puede perder”, afirma Iván Casero, coautor de este primer diagnóstico.
También se baraja que alguna entidad conservacionista con más recursos pueda hacerse cargo de esta reproducción a escala de Doñana.

Solo así podrían volver a vivirse momentos como el que describió el escritor, hispanista y amante de la ornitología Ian Gibson, quien hace 20 años relató como una garza imperial, sumida en una lenta decadencia, despertó ante el cariño de una visitante holandesa. Llegó a superar sus dolencias, crió y solo a ella le dejaba acercarse a los polluelos. O el paso de B22, una anátida que llegó moribunda a la reserva, se recuperó y tuvo un cameo en una serie de televisión, de la que regresó con pareja.
La otra reserva concertada en la que no participaba administración alguna era Puerto Moral, 126 hectáreas de dehesa en el paraje Alpiedras del término municipal de Aroche (Huelva) que llevaba la Fundación Bios. Pero tampoco esta ha sobrevivido tal y como se concibió. Después de cuatro décadas de esfuerzos, los patronos cedieron hace año y medio los terrenos a la Junta de Andalucía, que los ha incorporado a su patrimonio forestal y estudia la posibilidad de un centro de investigación sobre la seca, el cáncer de la dehesa.
Rafael Galán, que fue profesor de biología y geología, asumió la presidencia en la última etapa y relata circunstancias parecidas a la que afronta La Cañana: “Faltaba relevo generacional. No había nadie que pudiera asumir el trabajo, especialmente burocrático, que conllevaba”, recuerda.
La aportación de recursos propios se agotó, las ayudas no llegaron, el aislamiento de la finca impidió su manejo y la falta de incorporaciones terminaron por hacer inviable la fundación y quedó incompleto el censo de buitre negro en la Sierra Pelada después de 40 años, el más longevo del mundo. Durante tres años intentaron todas las fórmulas: continuar, obtener recursos e incluso incorporar otras entidades públicas y privada. Nada se concretó.
Es el final de la vinculación de estos espacios singulares y el Gobierno autonómico. El pasado 13 de marzo, la Junta de Andalucía ha consumado el definitivo divorcio con la modificación de la norma que incluye a las reservas concertadas: “El establecimiento de las nuevas reservas naturales concertadas es competencia de los ayuntamientos”.
Tu suscripción se está usando en otro dispositivo
¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?
Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.
FlechaTu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.
Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.
¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.
En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.
Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.


























































