Carmina Benamunt, mentora familiar: “La adolescencia no es una guerra, es una invitación al cambio y al crecimiento”
La ‘coach’ publica ‘Ponte en mi lugar’ con el objetivo de dar a los padres claves para reconectar y construir vínculos sólidos y respetuosos durante una etapa que, lejos de ser un conflicto, puede convertirse en un espacio de crecimiento compartido


La adolescencia se presenta como una etapa especialmente difícil de acompañar con calma y empatía. En pleno proceso de definir su identidad y envuelto en una cascada de cambios físicos, psicológicos, cognitivos, sociales y emocionales, el adolescente suele adoptar conductas imprevisibles o contradictorias, marcadas por la tensión constante entre la necesidad de autonomía y el deseo de sentirse respaldado.
Así lo explica la coach y mentora familiar Carmina Benamunt (Terrassa, 46 años) en su tercer libro Ponte en mi lugar (Ediciones Bruguera, 2025) donde afirma que el adolescente en esta etapa tan compleja necesita sentirse visto, validado y acompañado por un adulto emocionalmente presente, capaz de ofrecer límites firmes sin perder la ternura, firmeza y flexibilidad. La autora, en su libro, propone observar la adolescencia desde una perspectiva más comprensiva y empática: “Solo desde ese enfoque, las familias podrán responder de manera efectiva a las nuevas necesidades que surgen en los jóvenes durante esta etapa decisiva de la vida”.
PREGUNTA. En ‘Ponte en mi lugar’ explica que muchos adolescentes sienten que nadie les entiende, ¿qué significa que los padres conecten con su adolescente interior y por qué es clave en la crianza de esta etapa?
RESPUESTA. Conectarte con tu adolescente interior significa volver a mirar dentro de ti con honestidad. Recordar tus miedos, tus ganas, tus contradicciones y tus luchas internas. Cuando un adulto hace ese viaje, deja de educar desde la herida o desde la exigencia y empieza a educar desde la empatía. El adolescente de hoy necesita exactamente lo que necesitábamos nosotros: sentirse escuchado sin ser juzgado, tener espacio para equivocarse, y saber que hay un adulto sólido que no se derrumba ante sus emociones. Sin esa conexión interna, educamos reaccionando.
P. Si pudiera regalar a cada familia una sola idea para comprender mejor a sus hijos adolescentes, ¿cuál sería?
R. Les diría: ‘Céntrate primero en el vínculo, después en la conducta’. Porque cuando hay vínculo, todo se puede hablar, pactar y construir. Cuando no lo hay, da igual cuántas normas pongas: el adolescente no las integra. La conexión emocional es la llave maestra de la cooperación.
P. Liderar sin controlar resulta una tarea educativa compleja.
R. Es compleja porque confundir control con seguridad es muy habitual. Controlar es forzar; liderar es guiar. Liderar sin controlar significa acompañar desde la coherencia interna, desde la calma y desde límites claros que protegen, no que oprimen. Por eso insisto en la figura del adulto emocionalmente disponible: alguien que sabe autorregularse, que entiende cómo funciona la mente humana y que puede sostener los momentos difíciles sin perder el respeto. Los adolescentes no necesitan un policía ni un colega; necesitan un referente.
P. Deme tres trucos para disminuir los conflictos en casa.
R. El primero es reformular el lenguaje, la comunicación con L de líder. No criticar, no juzgar, no culpar. Cambiar “¿Qué has hecho ahora?”, por “cuéntame qué ha pasado y lo solucionamos juntos”. El segundo sería aplicar el modelo PALMERA: acrónimo de presencia, acuerdos, comunicación de líder, mantener la calma, empatía, responsabilidad y aceptación de la adolescencia. Cuando este modelo entra en las casas, las broncas bajan un 80%. Y tercero, autorregularse antes de intervenir: nunca hay que educar desde el enfado. Primero respiras, luego guías.
P. Desde su experiencia, ¿cuál diría que es el error más habitual que cometen los progenitores al acompañar a sus hijos adolescentes?
R. Intentar ayudar sin pedir permiso y sin darse cuenta de que muchas veces esa ayuda inválida. Acompañar no es resolver por ellos; acompañar es capacitarles. También observo padres que corrigen más de lo que validan. Y cuando la balanza pesa más hacia la crítica que hacia el reconocimiento, la conexión se rompe. Un adolescente que se siente constantemente juzgado, no habla. Uno que se siente visto, se abre.
P. Cuando una familia se siente desbordada, ¿qué es lo primero que debería recordar para no romper el vínculo?
R. Que el vínculo es más importante que la razón. Que no se trata de ganar discusiones, sino de ganar relación. Y que incluso en el peor día, hay algo que nunca debe perderse: la dignidad con la que nos tratamos mutuamente. Decir “ahora no puedo hablar, pero te quiero y mañana seguimos” es mucho más educativo que un grito. La calma adulta es el mayor regalo que puede recibir un adolescente.
P. ¿Qué comportamiento incómodo de los jóvenes es en realidad un grito de ayuda?
R. El aislamiento extremo, los cambios bruscos de humor, la irritabilidad constante, el ‘no quiero hablar’. Detrás suele haber miedo, confusión, falta de autoestima o saturación emocional. No es un ataque personal: es un “mírame, pero no me invadas; quiéreme, pero no me juzgues; acompáñame, pero no me controles”.
P. Y por último: ¿qué le gustaría que quedara resonando en las familias cuando cierren la última página de su libro?
R. Que nunca es tarde para transformar la relación con un hijo adolescente. Que la adolescencia no es una guerra, es una invitación al cambio y al crecimiento. Y que cuando un adulto decide mirarse, revisarse y responder desde la consciencia, toda la familia se eleva. Si algo deseo que resuene es esto: la conexión lo cambia todo y nos salva la vida.
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