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PARTIDO SOCIALISTA DE CHILE
Opinión

La doxa socialista: rectificación y heterodoxia

Llegó el momento en que los socialistas rectifiquen su doxa, explicitando sus supuestos: no veo otra alternativa que la socialdemocracia y sus derechos sociales protegidos por un Estado de bienestar que ve en el crecimiento económico su condición de posibilidad

Militantes socialistas en Santiago, en junio de 2025.partido socialista

A veces, la identidad y el papel histórico que juegan los partidos políticos de izquierda son precisamente definidos por sus adversarios. Pues bien, es lo que ocurrió con la entrevista que concedió Gonzalo Cordero este domingo al periódico El Mercurio, un agudo hombre de derechas que es buen conocedor de los vaivenes de las izquierdas. En esa entrevista, Cordero describió en una sola frase lo que es, y sobre todo lo que debiese siempre ser el Partido Socialista de Chile (PS): “La izquierda chilena está donde está el PS y cuando se desacopla eso, a la izquierda no le va bien”. Este juicio nos habla de la centralidad del partido de Salvador Allende en la política chilena, a pesar de su raquítica fuerza electoral: eso conduce a evaluar a los socialistas cualitativamente, por sus políticas, estrategias y prácticas, y solo en segundo lugar por su escasa potencia popular. El ejercicio es peligroso, ya que es muy extraño desacoplar la importancia política de un partido de su fuerza electoral: suena a complacencia y a transaccionismo a punta del cual se alcanzan buenas posiciones electivas al cabo de negociaciones de papel. Pues bien, eso es lo que ha estado ocurriendo en los últimos 10 años con los socialistas. Cordero no es la excepción: ve, con razón, que a pesar de su exigua fuerza electoral, el PS es cualitativamente importante, casi se podría decir gimnásticamente relevante, ya que es a punto de contorsiones en medio de negociaciones que los socialistas han logrado salir indemnes, consagrando la creencia bien fundada en su relevancia.

El problema es que este estado de cosas no puede durar. Es más: no siempre ha sido así, y el destino nefasto de las izquierdas así lo demuestra. Prueba de ello es cuando el PS se acopla a la onda expansiva de cuando ser de izquierda a cualquier precio se transforma no en ola, sino en norma: eso ocurrió en tres oportunidades en la historia reciente. La primera fue con ocasión del estallido social en 2019: fueron muy pocas las voces disidentes (recuerdo la del senador José Miguel Insulza alertando ante el embrujo del estallido) cuando había que definirse frente a tamaño acontecimiento, una definición que tendió a orientarse hacia algún tipo de ruptura con el orden establecido por parte del Frente Amplio y, sobre todo, del Partido Comunista. En esa ocasión, los socialistas cumplieron un papel criticable, por ambiguo: si bien su presidenta Paulina Vodanovic lo ha reconocido, aún falta un verdadero mea culpa por no haber sido capaces de hacer y producir izquierda sin titubear ante el embrujo de la violencia del estallido. La segunda oportunidad tuvo lugar durante la Convención Constitucional: es en ese periodo de búsqueda insensata de una nueva Constitución a toda costa, en la que tendrían cabida los mejores sueños de las izquierdas, que el PS vaciló, criticando en varias oportunidades los desvaríos de las izquierdas ultras para terminar apoyando un mal texto: el 4 de septiembre de 2022, la inmensa mayoría del pueblo de Chile repudió esa propuesta de nueva Constitución. No es una casualidad si un par de convencionales del colectivo de izquierda radical Pueblo Constituyente enviaron, pocos dias después, un mensaje por WhatsApp a sus pares socialistas: “los socialistas tenían razón en todo”. La tercera oportunidad fue cuando el PS decidió salir al rescate del Gobierno del presidente Boric, sin mucha reflexión, arriesgando buena parte de su prestigio de partido que sabe gobernar y, al mismo tiempo, producir cambios sociales: el rescate se produjo, aunque el precio a pagar aun no ha sido dimensionado.

Son 24 años de historia en los que el PS terminó siendo calificado por mucha izquierda como un partido de centro relativamente radicalizado, es decir, centro al fin. La acusación no es nueva, ya que buena parte de los partidos socialistas, socialdemócratas y laboristas europeos terminaron siendo acusados por lo mismo. La diferencia está en que el PS de Chile podía mostrar casi un cuarto de siglo de gobiernos de coalición de centroizquierda en los que se hizo mucho: bastó tan solo el eslogan de “no fueron 30 pesos, fueron 30 años” para derrumbar lo que parecía ser una doxa socialista que nunca fue teorizada, tampoco ideológicamente evaluada. Fue tan solo demolida en el contexto del estallido social y de lo que le siguió.

Ya no estamos en ese contexto y los socialistas siguen allí: electoralmente desgastados (superaron por poco el 5% de los votos en las últimas elecciones a diputados, y el 6% en las últimas elecciones municipales), aunque con mucha potencia en el Congreso y con un prestigio bien ganado a punta de negociaciones brillantes.

La doxa comunista es clara, y no está sujeta a compromisos ni a negociaciones: es un conjunto de creencias, afirmaciones y supuestos a secas. La doxa socialista es muy distinta. Desde muy temprano, la declaración de principios de los socialistas era extraordinariamente avanzada para su tiempo: al momento de su fundación, en 1933, los socialistas adoptaron “como método de interpretación de la realidad el marxismo, enriquecido y rectificado por todos los aportes científicos del constante devenir social”. ¿Cómo no ver que una declaración de principios de este tipo marca un origen heterodoxo, marxista, aunque constantemente rectificado? Pues bien, no es extraño constatar que por la vía de los hechos, la doxa socialista no es marxista, y que su horizonte de sentido no es la Cuba revolucionaria como durante mucho tiempo figuró en su bandera, graficada en una pequeña isla a un costado de Sudamérica, sino la socialdemocracia. Es esta plasticidad ideológica y cultural lo que caracteriza a la doxa socialista, la que ha podido asimilar todo tipo de experiencias de gobiernos bajo la ilusión de que allí todavía había socialismo: seriamente, ¿se podía sostener que se estaba avanzando hacia el socialismo durante el Gobierno de Eduardo Frei Ruiz-Tagle?

Pues bien, este es el preciso momento de explicitar y corregir la doxa socialista, sin renunciar a su heterodoxia originaria. Es la diversidad de origen de los socialistas, esa huella originaria de la que habla Panebianco, lo que explica el mundo tendencial, de lotes y corrientes de los socialistas, sin mucho asidero en la realidad ideológica de las cosas. Luchas de caciques, a decir verdad, que bien podrían estar en otros mundos ideológicos si las ideologías importaran. Es esa heterodoxia lo que ha permitido que los socialistas hayan podido concebirse como tales en tiempos neoliberales como los de Frei Ruiz-Tagle, quien no dudó un segundo en reunirse con José Antonio Kast.

Llegó el momento en que los socialistas rectifiquen su doxa, explicitando sus supuestos: no veo otra alternativa que la socialdemocracia y sus derechos sociales protegidos por un Estado de bienestar que ve en el crecimiento económico su condición de posibilidad. El problema, moderno, está en qué hacer cuando la inteligencia artificial amenaza con transformarse en el factor principal de la creación de riqueza, desplazando al trabajo, al punto de reducirlo a su mínima expresión.

Esta es la verdadera amenaza para las izquierdas: Chile no escapa a esto.

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