Qué hacer cuando la timidez lastra el desarrollo evolutivo de un niño: “Hay que preocuparse cuando un hijo no se relaciona satisfactoriamente con otros niños o adultos”
Sin un buen acompañamiento basado en el respeto y la paciencia, la vergüenza en la infancia puede derivar en ansiedad social o retraimiento emocional en la adolescencia


La timidez es una respuesta emocional y conductual caracterizada por la sensación de miedo, incomodidad e inseguridad que siente un individuo en el momento de relacionarse con otras personas. Como explica la psicóloga Sara Tarrés, autora de Mis emociones al descubierto (Salvatella, 2021), no se debe confundir en ningún caso con la introversión, un rasgo de la personalidad estable que define a las personas que prefieren la calma, los entornos tranquilos y las relaciones más íntimas, pero que no sienten miedo al contacto social.
“La persona tímida desea relacionarse, pero el miedo y la ansiedad le bloquean. Ese conflicto entre el deseo de acercarse y la necesidad de protegerse del malestar define la timidez, que se manifiesta con comportamientos como evitar la mirada, hablar poco, quedarse al margen o tensarse ante lo nuevo. No se trata de falta de interés ni de conocimientos, sino de miedo a exponerse o a no estar a la altura”, apunta Tarrés.
Quien más quien menos puede sentir timidez ante determinadas situaciones sociales o en determinados contextos, pero esta, según la experta, se empieza a convertir en un problema “cuando interfiere en la vida cotidiana, cuando genera bloqueo, aislamiento o sufrimiento, o cuando la respuesta pierde flexibilidad incluso en entornos seguros”. Una opinión que comparte la doctora en Psicología María Inés Monjas Casares, profesora honorífica en el Departamento de Psicología de la Facultad de Educación y Trabajo Social de la Universidad de Valladolid. Monjas señala la importancia de buscar ayuda desde la infancia cuando las muestras de timidez son frecuentes, intensas, y se extienden en el tiempo y a muchos entornos. “Si, por ejemplo, la madre o el padre son un poco tímidos, no es extraño que empiecen a decir: ‘Es que se parece al padre’, ‘es que es igual que tú’, y que con eso minimicen el problema. Pero lo cierto es que hay que preocuparse cuando un hijo no se relaciona satisfactoriamente con otros niños o con los adultos”, sostiene.
Las consecuencias de una timidez excesiva, según la también autora de Soy tímido y vergonzoso (Pirámide, 2025), no son baladí. De hecho, puede afectar al desarrollo emocional, social y académico de niños y niñas, favoreciendo el aislamiento social, el desarrollo de inseguridad y baja autoestima, erosionando la autoconfianza y la motivación en el entorno escolar, lo que lleva a estos menores a no atreverse a hablar en voz alta aun sabiéndose las respuestas. “Sin acompañamiento, la timidez puede derivar en ansiedad social o retraimiento emocional en la adolescencia. Por eso es clave detectar y acompañar sin prisas por eliminarla, sino sosteniendo y devolviendo flexibilidad”, apunta Tarrés.
¿Qué comportamientos de los hijos pueden dar la voz de alarma a madres y padres? Ambas expertas coinciden en apuntar que algunas señales de alerta típicas son la evitación constante de situaciones sociales, incluso con personas conocidas. También señalan el aislamiento reiterado en los recreos, la tendencia a hablar muy poco, a hacerlo en voz muy baja o, directamente, a no hablar en determinados contextos, o el bloqueo cuando se debe participar y se es observado por otros. “Es muy habitual también que busquen excusas para no acudir a actividades escolares o sociales, que muestren síntomas físicos de ansiedad, como rubor, tensión, sudoración o malestar estomacal; o que expresen pensamientos autocríticos del tipo ‘no soy capaz’, ‘se reirán de mí’ o ‘prefiero no hacerlo”, añade Tarrés.

La timidez se puede superar
Aunque, según señala Monjas, la timidez tiene una base genética, que esa predisposición acabe desarrollándose y dando lugar a un problema depende en gran medida del entorno y de las experiencias. Una opinión que comparte Tarrés: “Cuando un niño con temperamento tímido crece en un ambiente que valida su sensibilidad y le ofrece seguridad, aprende a manejar el miedo y gana confianza. En cambio, si se encuentra con un entorno crítico, sobreprotector o poco paciente, el miedo al juicio se refuerza y la evitación social se consolida”. Partiendo de esta base, la timidez es, por tanto, una respuesta emocional y conductual que se puede modular y superar, aunque Monjas matiza que “hay rasgos de la timidez que pueden permanecer toda la vida”.
El secreto del éxito está en que esos rasgos no interfieran en la vida de niños y adolescentes, en que no la limiten. “Cuando se comprende y acompaña, la timidez puede volverse más manejable, habitable y menos limitante”, apunta Tarrés. Para lograr ese objetivo, la psicóloga aconseja validar los sentimientos del niño o niña, reconociendo su miedo o vergüenza sin minimizarlo, ofrecerle apoyo sin sobreprotección (sin sustituirle ni responder por él), incentivarle a dar pequeños pasos para practicar habilidades sociales en entornos seguros, cuidar el clima emocional en casa y reforzar la autoestima y la competencia celebrando los avances —“por pequeños que sean, y poniendo el foco siempre en el proceso más que en el resultado”—.
Para Tarrés, tan importante como las acciones a llevar a cabo son aquellas cosas que no hay que hacer. Por ejemplo, no etiquetar a los niños con frases como “es muy tímido” o “no habla nunca”, pues asegura que “acaban consolidando esa identidad y aumentando la ansiedad”; no forzarles ni exponerles bruscamente (“solo incrementa el miedo y el bloqueo”), o no ridiculizarles ni compararles con amigos o hermanos, “porque eso mina su confianza”.
“La clave es la paciencia, el respeto y el tiempo. Un niño tímido no necesita prisas, ni que le empujen, sino que le comprendan y sostengan su incomodidad mientras se atreve a avanzar. Cuando la confianza en uno mismo crece, la ansiedad se reduce”, resume Tarrés.
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