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Opinión

Abandonemos a los líderes fuertes. Abracemos el poder de lo femenino

Muchos ciudadanos se refugian en los autócratas y aceptan perder libertad a cambio de una ilusión de protección. Ante la crisis de la democracia, la filósofa francesa Corine Pelluchon propone “el poder de lo femenino”. No es algo reservado a las mujeres, sino un potencial humano al alcance de todos. Una política basada en la consideración, los cuidados y la madurez emocional es posible

Mikel Jaso

En toda Europa y más allá, la democracia se percibe frágil. Las instituciones siguen en pie. Se celebran elecciones. Los tribunales funcionan. Sin embargo, algo más profundo se está erosionando.

Los ciudadanos ya no confían los unos en los otros. El debate público se ha convertido en un campo de batalla de acusaciones y humillaciones. El miedo viaja más rápido que los hechos. El resentimiento se expande a más velocidad que la esperanza. Muchos analistas explican esta crisis en términos económicos: globalización, desigualdad, precariedad laboral, transición ecológica. Otros apuntan a la decadencia institucional o la fragmentación de los medios de comunicación. Estas explicaciones no son erróneas, pero sí incompletas.

La crisis de la democracia también es psicológica. Pero las disposiciones psicológicas no surgen en el vacío. Nuestras formas de ser y nuestras emociones están moldeadas por estructuras socioeconómicas que organizan el trabajo, el reconocimiento y la pertenencia social.

Por lo tanto, debemos tener en cuenta el impacto de las estructuras socioeconómicas en la psique. Sin ello, cualquier diagnóstico seguirá siendo incompleto y cualquier remedio, inadecuado. La dinámica de aceleración característica de la modernidad tardía —marcada por una expansión constante de la producción, el consumo y el intercambio sin otro fin que sostenerse a sí misma—, junto con las formas de gestión del trabajo, las nuevas tecnologías y las redes sociales, somete a los individuos a una presión intensa. Muchos llegan a sentirse superfluos, intercambiables, insignificantes. La consiguiente desubjetivización y la dificultad para establecer relaciones significativas con el mundo y con los demás se traducen en una insatisfacción generalizada y en un malestar difuso, persistente.

Al mismo tiempo, se ha abierto una brecha cada vez mayor entre la innovación tecnológica y económica —que avanza a un ritmo frenético— y la política, que requiere el tiempo lento de la deliberación. Este desajuste alimenta la desconfianza hacia el Estado de derecho y hacia Europa, ambos percibidos como demasiado lentos e ineficaces a la hora de abordar problemas urgentes. Este desencanto con la democracia, combinado con el miedo al descenso social en un mundo donde la competencia impregna todas las relaciones, vuelve a los individuos más vulnerables a los discursos autoritarios que glorifican el nacionalismo y dividen a las sociedades entre buenos y malos, puros e impuros.

Analizar las fuerzas conscientes e inconscientes que llevan a una parte cada vez mayor de la población a votar a partidos de extrema derecha no consiste en emitir un juicio moral. Se trata de dotar a los ciudadanos de las herramientas necesarias para reconocer las estrategias de quienes se aprovechan de la ansiedad social y del miedo al declive, y para comprender cómo gestionar las emociones negativas generadas por las convulsiones económicas, tecnológicas y geopolíticas actuales.

Solo enfrentándonos a nuestras heridas narcisistas —en lugar de reprimirlas— podremos adquirir la madurez necesaria para convivir en un planeta frágil. Analicemos el vínculo específico entre los líderes de extrema derecha y sus seguidores, la naturaleza de la fascinación que ejercen y las condiciones en las que un proyecto ecológico y democrático podría, en el contexto actual, resultar más atractivo.

El psicoanalista alemán Erich Fromm advirtió en su día de que la humanidad había desarrollado un extraordinario poder técnico sin alcanzar una madurez emocional y moral equivalente. El resultado, sugirió, era un desequilibrio peligroso: habíamos aprendido a fabricar armas destructivas, pero no a superar nuestro narcisismo. Y, sin embargo, este narcisismo es la raíz tanto del sufrimiento personal como de la tragedia colectiva. Refleja una incapacidad para convivir con los demás y, en última instancia, una incapacidad para amar. En este sentido, el nacionalismo no es más que narcisismo colectivo: un delirio compartido, tan intenso y violento como una pasión devoradora, pero totalmente desprovisto de amor. Porque no se basa en el reconocimiento de la diferencia, sino en un vínculo narcisista: la necesidad de llenar un vacío interior, expulsar el miedo y protegerse de la vulnerabilidad.

Sin duda, el auge del populismo de extrema derecha no se puede entender únicamente como una reacción a la inseguridad económica. Hunde sus raíces en un orgullo herido, una ansiedad difusa, una sensación de humillación y abandono. Los líderes autoritarios no crean este sufrimiento. Lo explotan. Operan a través de lo que denomino un “sometimiento psicológico”: un vínculo tóxico entre el líder y la población. Este fenómeno va más allá de la simple sumisión o la adhesión ideológica. Se asemeja a la dinámica de una relación destructiva. Al principio, el líder finge empatía y parece tener en cuenta a los ciudadanos ignorados, restaurar su dignidad y ofrecerles protección. Pero, gradualmente, este vínculo aísla, exacerba, distorsiona la percepción y promueve una relación paranoica con el mundo.

Como observaron los sociólogos alemanes Leo Löwenthal y Nathan Guterman al analizar, en Profetas del engaño, el éxito de los líderes antisemitas y racistas en los Estados Unidos de los años cuarenta, el agitador practica un “psicoanálisis inverso”. En lugar de clarificar las causas estructurales del sufrimiento, amplifica la frustración y la redirige hacia chivos expiatorios: extranjeros, minorías, intelectuales, “élites”. Cuando los individuos no pueden imaginar que exista otro modelo de desarrollo posible y se sienten culpables por no estar a la altura, se ven tentados de reprimir ese sentimiento de fracaso y culpa y de proyectarlo en los demás. Sintiéndose prescindibles y obsoletos, encuentran en los discursos que ensalzan el orgullo nacional un sentido de pertenencia e importancia que alivia temporalmente su vergüenza y su soledad. La complejidad da paso a la certeza emocional. El miedo se transforma en agresividad. La impotencia y la vulnerabilidad se convierten en fantasías de omnipotencia y violencia.

Los mecanismos descritos hace décadas por los miembros de la Escuela de Frankfurt siguen siendo sorprendentemente relevantes a día de hoy. Cuando la capacidad de reflexión se debilita, la democracia queda indefensa. Pero el pensamiento crítico no basta. Debemos alcanzar madurez emocional: debemos ser conscientes de nuestra capacidad destructiva y de los motivos inconscientes que impulsan nuestros comportamientos contraproducentes, y al mismo tiempo, debemos recuperar la confianza en la humanidad y en el futuro.

La democracia no se derrumba solo por culpa de enemigos externos. Se erosiona cuando la gente se vuelve fatalista o cínica. Entonces, el veneno del resentimiento se apodera de ellos y ya no sienten el deseo de convivir. La democracia requiere individuos que reconozcan sus defectos y su vulnerabilidad, y que también confíen en su poder de actuar, en su capacidad de encontrar los recursos necesarios para la creatividad y la resistencia.

La democracia requiere valor, el valor de tener miedo y la capacidad de transformar ese miedo en un compromiso con la solidaridad: el poder como poder para (potentia). Este es el significado del poder, que no es dominación, poder sobre (potestas). Porque la dominación y la sumisión a líderes autoritarios surgen de nuestra incapacidad para afrontar nuestros miedos y desplegar nuestro propio poder de actuar.

Hay una diferencia fundamental entre el poder y la dominación. El poder democrático es la capacidad de actuar juntos. Es relacional y compartido. La dominación confisca esta capacidad. Impone jerarquía, humillación y control. Cuando el poder se confunde con la dominación, las instituciones se convierten en instrumentos de coacción en lugar de espacios de acción común.

Para que la democracia sobreviva, debemos replantearnos el poder en sí mismo. Por esa razón, propongo lo que llamo “el poder de lo femenino” . Esta expresión no se refiere al esencialismo biológico ni a una identidad política reservada a las mujeres. Nombra un potencial humano —al alcance tanto de mujeres como de hombres— que surge cuando los individuos aceptan la vulnerabilidad en lugar de negarla. De hecho, surge cuando encuentran, en su condición de seres con género, encarnados y mortales, los recursos para pensar y actuar como seres responsables que han sido acogidos en un mundo más amplio y antiguo que ellos mismos —un mundo que los obliga a preservarlo, e incluso a renovarlo, haciendo espacio para los recién llegados y educándolos para que puedan crear obras dignas de perdurar—. El poder de lo femenino es el poder de decir sí a la libertad y a la vida. Está vinculado al feminismo, en la medida en que este último es la historia de las luchas que las mujeres han tenido —y siguen teniendo— que librar para hacer oír su voz, a pesar de las situaciones de opresión, dominación y de la invisibilización de sus esfuerzos. Estos obstáculos enseñan paciencia y astucia, y también revelan la dificultad de resistirse a la dominación sin reproducirla.

Lo femenino, en este sentido, significa madurez moral y emocional: el reconocimiento de nuestra finitud, nuestra interdependencia y de los límites planetarios. Es la resiliencia ante la adversidad, la fuerza para permanecer abiertos en lugar de recluirnos en el miedo. Es la capacidad de transformar las emociones negativas en vez de proyectarlas sobre los enemigos.

Así, las instituciones por sí solas no pueden salvaguardar la democracia. Las garantías legales son esenciales, pero insuficientes si los ciudadanos permanecen atrapados en el narcisismo colectivo. Una democracia de sujetos inmaduros oscila entre la sumisión y la ira. Busca líderes fuertes para aliviar su ansiedad y cambia la libertad por la ilusión de protección.

Nuestra exposición al colapso ecológico hace que esta madurez sea aún más urgente. La emergencia medioambiental nos enfrenta a límites: límites al crecimiento, a la explotación, al control. Las tentaciones autoritarias suelen surgir como una negación de estos límites. Sin embargo, el rechazo de los límites es precisamente lo que ha producido tanto la devastación ecológica como la fragilidad democrática.

La crisis ecológica y la crisis de la democracia comparten una raíz común: la obsesión por el control y la dominación. Para hacerle frente, necesitamos una política basada en la consideración, en el reconocimiento de la vulnerabilidad, en el cuidado del mundo compartido y en la restauración de los lazos sociales. Muchos ciudadanos que recurren al populismo buscan apego, dignidad y significado. Una alternativa democrática debe responder a esas necesidades. En lugar de fomentar la competencia o promover criterios de éxito basados en el dinero que resultan inalcanzables para la mayoría, debe cultivar la convivencia y el deseo de vivir con y para los demás en el marco de instituciones justas.

El futuro de la democracia depende también de la capacidad de la sociedad y la cultura para ofrecer formas de sublimación no represivas, de modo que los individuos puedan desarrollar un sentido de autoestima, sin el cual no podrán llevar a cabo los cambios en los estilos de vida necesarios para combatir el calentamiento global y la pérdida de biodiversidad, mejorar el bienestar animal y resistirse a los “profetas del engaño”.

Nos encontramos en una encrucijada histórica. Un camino conduce a una dominación intensificada, impulsada por el resentimiento y la negación. El otro conduce a una forma de vida política más exigente pero más humana: una que reconozca nuestra fragilidad como la base de la solidaridad, y que convierta la gratitud por un mundo que acoge la diferencia y la pluralidad, junto con el reconocimiento de nuestra finitud, en los principios de una democracia ecológica.

Si queremos preservar la democracia en el siglo XXI, debemos redescubrir una forma de poder que no aplaste, un poder que no humille y una política que elija la vida por encima del control. Solo entonces la democracia dejará de estar sitiada y volverá a ser, una vez más, una promesa viva.

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