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El debate | ¿Qué es lo que impulsa el crecimiento de la ultraderecha en España?

Los sondeos indican que, si hubiera elecciones generales en breve, Vox tendría el voto de casi uno de cada cinco electores. ¿Qué pesa más en el votante de la extrema derecha: la economía o la identidad?

Simpatizantes de Vox en la sede del partido en Madrid en la noche electoral de 2023.MARISCAL (EFE)

El auge de la extrema derecha en España es un fenómeno relativamente nuevo en nuestra historia democrática y todavía estamos en busca de explicaciones. ¿Qué es lo que lleva a los votantes a preferir opciones ultraconservadoras o reaccionarias? Las explicaciones se dividen entre las condiciones materiales y las cuestiones identitarias.

Estefanía Molina, politóloga y periodista, defiende que son sobre todo las motivaciones económicas las que empujan el voto ultra, mientras que el traductor y ensayista Pablo Batalla Cueto apunta a los conflictos identitarios como motor principal.


La falta de perspectivas de los jóvenes da alas a Vox

Estefanía Molina

El actual auge de la ultraderecha en España está relacionado con el hundimiento de la clase media y la precariedad juvenil. Aunque a menudo se intenta explicar ese crecimiento mediante factores identitarios —machismo, racismo o nacionalismo español— o por la expansión de las fake news en redes sociales, la pujanza de formaciones como Vox no puede reducirse únicamente a esos elementos. Si solo fuera un fenómeno posmaterial o de identificación, seguramente no estaría rozando ya el 19% en intención de voto. El socioeconómico es, en toda sociedad, el pilar que permite ensanchar la base de los partidos que impugnan el sistema.

Primero, la precariedad ya se hace notar en cómo se están transformando los valores políticos de un caladero de voto clave para la ultraderecha, como es el caso de los jóvenes. Según una encuesta de 40dB publicada a finales de 2024, un 22% de nuestra juventud preferiría “en algunas circunstancias” el autoritarismo a la democracia. Se dirá que la desafección siempre ha existido entre los jóvenes, un colectivo contestatario o inconformista. Ahora bien, algunos análisis cuestionan esa indulgencia al sostener que esta es la generación más desencantada a su edad, una tendencia que comenzó en los años 2000 y se agravó tras la crisis económica de 2010. Conviene recordar que en los años ochenta la juventud era uno de los grupos que más apoyaba la democracia como forma de gobierno. Curiosamente, hoy la tendencia a la impugnación democrática es mucho más acentuada entre los menores de 42 años que entre la generación del baby boom, con una diferencia de casi el doble.

En consecuencia, no se trata de jóvenes fervientes defensores de las dictaduras, ni en nuestro país ni, seguramente, a nivel mundial. Asistimos más bien a una juventud que probablemente ya no percibe el mismo sentido en el pacto social prometido ni en las libertades, porque la democracia no solo se legitima por un imperativo moral, por la igualdad o la libertad que proporciona. La democracia también se legitima por los resultados que ofrece: porque creemos que proporciona mayor bienestar a las generaciones que vienen detrás. Es ya conocido que eso no está ocurriendo para los hijos de los boomers, en un contexto de bajos salarios y de una vivienda desbocada.

Por esa misma lógica, la expansión de la ultraderecha ha empezado a darse también en otros grupos sociales precarizados, que sienten una pérdida sostenida de su poder adquisitivo. Vox nació con apariencia de partido de rentas altas o de señoritos, pero, a imagen de la formación de Marine Le Pen en Francia, Santiago Abascal está ganando fuerza entre parados y obreros.

Pese a ello, es cierto que el mayor pico de crecimiento electoral de Vox se produjo en noviembre de 2019, con un PP a la deriva tras el proceso independentista en Cataluña. Es decir, a lomos de un fervor de nacionalismo español. Está por ver qué resultado acaba obteniendo en los comicios de 2027, pero lo que debería preocupar es su arraigo a largo plazo. Si la clase media sigue languideciendo en nuestro país y un gobierno del PP no logra revertir la situación, es probable que Abascal se dispare en las encuestas. Parte de la estrategia de Vox podría ser que gobernara Alberto Núñez Feijóo en solitario para capitalizar ese malestar.

Precisamente, no se puede atribuir por completo el auge de la ultraderecha a la cuestión nacional, porque incluso esos valores están cambiando en su propio electorado. Abascal ha plantado al Rey en actos oficiales, critica a la Conferencia Episcopal y apela a una retórica antiélites que poco tiene que ver con la vena liberal de la derecha clásica. Su proteccionismo ya no se presenta como una apelación patriótica, sino como el intento de proporcionar un refugio económico, asumiendo que la precariedad se ha vuelto estructural en nuestro país. Sus jóvenes seguidores no hablan del “pueblo” intentando apelar al nacionalismo español, sino a una idea de pertenencia, a un grupo de iguales. El sentimiento de compartir empobrecimiento o la ausencia de futuro cohesiona hoy a muchos partidarios de la ultraderecha casi más que la bandera de España.


Algo más que pan, y no solo rosas

Pablo Batalla Cueto

La movilización política nunca ha sido solo un asunto materialista. En los albores del movimiento obrero se hacían huelgas cuya demanda no era salarial o de tiempo libre, sino que el patrón se quitara el sombrero cuando se cruzara con sus obreros. Lo simbólico también cuenta. El obrero quiere pan y quiere rosas, decía Lorca, pero quiere otra cosa más: la intangible conquista de un estatus. El de persona humana adulta, cuando se le animaliza o infantiliza: alguien digno del esfuerzo de retirarse una chistera. Pero como no somos ángeles, también podemos querer estatus más innobles. Siempre ha habido obreros de derechas —y nunca han sido la mayoría, pero los ha habido siempre y siempre los habrá— porque siempre ha habido currantes que, por ejemplo, encontraran un desahogo de la explotación de la fábrica en la satisfacción compensatoria de ser, al menos, patronos de su casa, por humilde que fuera; explotadores, allá, de un proletariado doméstico que les hacía la cena, la cama y el amor, a demanda y sin rechistar. Cuando esa jerarquía amenaza revolución, el electricista o el jornalero que la disfruta puede llamar a los Pinkerton —aquellos matones antisindicales— con la misma prisa que el más desalmado Rockefeller.

El auge actual y mundial de la ultraderecha tiene algunas raíces materiales, pero su espoleta es ante todo simbólica: pérdidas de estatus y de ténebres libertades, felizmente anuladas por una nueva ola de movimientos sociales. No es el no acceder a una vivienda: es que sea cual sea tu casa, el feminismo te haya puesto a fregar el baño y a tratar con dignidad a la compañera sexual a la que lleves a la cama, sea en la mansión que habites solo, en un piso de estudiantes o en el de tus padres de vacaciones. No es el no poder comprarse un coche o no poder echarle gasolina, de tan cara —que entonces nadie simpatizaría con Trump y Netanyahu—, sino las restricciones, emanadas del éxito del movimiento ecologista, que impiden convertir ese automóvil en la cápsula de libertad desenfrenada que prometen los anuncios. No es la indignación por los privilegios de la casta y su contraste con la precariedad propia: es el hastío ante parlamentos que se parecen más al de Cánovas y Sagasta que a la leonera de un influencer adicto a la cocaína, al que sus fans aplauden cuando detrae los impuestos que pagan su sanidad, su educación y sus autopistas, porque a esa casta sí que se la ama. No son los problemas materiales que generan los flujos migratorios: es el malsano placer paleolítico de tener un otro al que odiar. No es la rabia por la imposibilidad de una vida plácida. Es una insurrección contra la placidez; un deseo de acción, de emociones fogosas, de una política nueva, brutal y pornográfica, que se acompase a la agilidad febril de los tiempos.

Manuela Cantón dice en La imaginación en llamas que el pentecostalismo triunfa porque es así: un credo ágil, el milagro inmediato del pastor extático en una nave del extrarradio, frente a la lentitud de la logística católica. Algo más grato a la figura del seeker, arquetipo de nuestro tiempo. Pasa con la religión y pasa con todo. El ser humano contemporáneo busca y no encuentra, o encuentra y se cansa rápido, y entonces sigue buscando, y ese baile de San Vito es el fascismo: un genio al que no es fácil meter de vuelta en su lámpara, una vez ha salido de ella. Se solucionaría el problema de la vivienda y seguiría habiendo fascistas a raudales. Lo cual no quiere decir que su victoria sea inexorable. La hora del fascismo, hace un siglo, fue también la del anarquismo y el comunismo, y también la de la democracia cristiana o la socialdemocracia de combate, que nutrieron las fuerzas partisanas. Movimientos de izquierda o derecha democrática que triunfaron cuando entendieron la demanda odiseica y prometeica del siglo, y supieron satisfacerla. Se derrota al fascismo, no con leyes mejores —que por supuesto hay que promulgar—, sino con mejores pasiones, con espíritu de cruzada. Con sanjorges que en las alforjas del corcel de sus aventuras siempre tengan sitio para el BOE, pero nunca olviden llevar una espada.

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