No se deje engañar por las últimas lluvias: España es un país cada vez más seco
Desde 1961, un 12% de la Península y Baleares y un 16% de Canarias han pasado a una categoría climática más árida. Un estudio alerta de que esto va a ir a peor


No resulta ninguna sorpresa que este invierno en España ha sido muy húmedo. Según el balance de la Agencia Estatal de Meteorología (Aemet), con 323,2 milímetros en promedio, este ha sido el octavo periodo invernal más lluvioso desde el comienzo de la serie en 1961 y el tercero del siglo XXI. Sin embargo, las tendencias no dicen lo mismo. España es un país cada vez más árido. Y un estudio publicado en International Journal of Climatology alerta de que esto va a ir a peor.
“El clima nunca está estático. Siempre está oscilando; hay momentos que son muy lluviosos y otros muy secos. Es como una onda que sube y baja. De pronto estás arriba, pero estas son situaciones pasajeras. Nosotros nos fijamos en promedios en el largo plazo, en la evolución en periodos largos”, incide Santiago Beguería, investigador en la Estación Experimental de Aula Dei (EEAD-CSIC) y uno de los autores de la investigación. Como explica, en trabajos previos han calculado que, desde 1961, un 12% de la Península y Baleares y un 16% de Canarias han pasado a una categoría climática más árida. Del mismo modo, a pesar del aumento de la humedad en la atmósfera asociado al cambio climático y de episodios de precipitaciones intensas como los trenes de borrascas de los últimos meses, la investigación prevé para el futuro “una acentuación” de este proceso a un clima más seco. Las áreas más vulnerables son el sur y el este peninsular, las zonas más interiores y, de forma muy especial, las islas Canarias, donde en los peores pronósticos aparecen amplias extensiones de clima hiperárido.
Aridez no significa lo mismo que sequía (una anomalía temporal) o escasez de agua (que tiene que ver con la acción humana). Este concepto climático determina la disponibilidad normal de recursos hídricos de una región y depende del balance entre lo que llueve y la demanda evaporativa de la atmósfera, a través de la evapotranspiración del suelo y la vegetación. Si las precipitaciones caídas son superiores a lo que la atmósfera puede evaporar, será un clima húmedo. Pero si sucede lo contrario, entonces será más árido. “No se suele pensar en el aire que nos rodea de esta manera, pero tiene una capacidad secante”, especifica Beguería. “Cuando se tiende la ropa, hay días con tanta humedad que es imposible que se seque y, en cambio, otros días que en 10 minutos está lista; este mismo fenómeno actúa sobre los suelos y las plantas”, pone como ejemplo.
Como detalla el investigador, si se mira lo que ha pasado en España desde 1961, no ha variado mucho la cantidad de lluvia que cae (“hay ciclos de varios años de anomalía positiva y negativa, aunque a largo plazo no se observa un cambio importante”), mientras que sí que se constata una tendencia a una mayor capacidad secante de la atmósfera, lo que está provocando esta transición hacia una mayor aridez.
Hoy en día, en un 37% de la Península y Baleares, la proporción más grande del territorio, hay un clima semiárido; en un 28% es subhúmedo seco, en un 26% húmedo, y en menos del 1% árido, concentrándose en el sureste peninsular (Almería). En cuanto a las Islas Canarias, el 51% de su superficie tiene un clima árido. Es en las fronteras de estas categorías donde se están produciendo cambios a un clima más seco, según se puede comprobar en el monitor de aridez del CSIC. Aunque también hay diferencias temporales, mes a mes. En julio y agosto, más de dos tercios de la Península se vuelven áridos o hiperáridos.
La novedad del trabajo científico publicado por International Journal of Climatology consiste en que los investigadores han proyectado qué puede pasar con este fenómeno en el futuro, con el cambio climático. Si bien el calentamiento está aumentando la humedad en la atmósfera a escala global, lo que puede provocar lluvias más intensas, Beguería incide en que esto resulta compatible con una mayor aridez.
“Lo que nos dice la teoría es que estas lluvias intensas que ocurren de vez en cuando se están intensificando o van a ser probablemente más intensas en una atmósfera más cálida, pero estas tormentas no ocurren todos los días. Cuando hablamos de aridez, estamos mirando a largo plazo”, destaca el investigador. “Lo que hemos visto para el futuro es que, aunque en la precipitación hay mayor incertidumbre, en general los modelos tienden a proyectar que va a llover menos”, destaca Beguería, que asegura que hay modelos incluso que prevén para algunas zonas del Mediterráneo un cierto aumento inicial de las lluvias, que luego descienden. Sin embargo, donde vuelve a producirse una señal mucho más clara es en la demanda de agua de la atmósfera, que “se espera que siga impulsando este proceso de aridificación”.
Los investigadores han lanzado de forma reciente una guía en la que analizan esto que tiene una gran relevancia para un país como España. Según se explica en el documento, la progresiva aridificación es más intensa en las islas Canarias, aunque también se ha dejado notar en áreas como la cuenca del Guadalquivir, la Meseta Central, el Valle del Ebro y las regiones costeras del Mediterráneo. Como advierte Víctor Trullenque, también investigador del EEAD-CSIC y autor principal del trabajo, este es un fenómeno climático que, junto al abandono rural, “puede dar lugar a una transformación en los ecosistemas, paisajes agrarios, prácticas ganaderas y formas de habitar el territorio”.
En lo que respecta a la biodiversidad, la guía asegura que “la reducción de las precipitaciones y la mayor evapotranspiración afectan a la funcionalidad y supervivencia de las comunidades biológicas: alteran la distribución de las especies vegetales y animales, favoreciendo a aquellas más adaptadas a condiciones climáticas más áridas, mientras que otras especies se están viendo desplazadas o incluso extinguidas”. Esta aridificación afecta también al sistema agroganadero, modificando el calendario agrícola, disminuyendo el número de días de aprovechamiento efectivo de pastos o reduciendo la disponibilidad hídrica de los cultivos, entre otros efectos. Asimismo, en el ámbito socioeconómico, los investigadores afirman que la reducción de los recursos hídricos “podría afectar a la generación de energía eléctrica, el sector turístico o el propio abastecimiento de poblaciones, incrementando la competencia por el uso de este recurso”.
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