
Qué ha cambiado para que un país entero se movilice por un animal
Un “gordo, ya nos vamos a casa” dicho entre lágrimas dice más sobre la España de hoy que muchas leyes. La frase la pronunció la dueña de Boro, el perro que se perdió tras el accidente ferroviario de Adamuz el pasado domingo y cuya búsqueda movilizó a decenas de voluntarios hasta que fue localizado por el Seprona y devuelto a su familia.
- La implicación ciudadana y el despliegue del operativo reflejan que la suerte de un animal de compañía importa hoy en el espacio público y genera una respuesta colectiva que va más allá de lo anecdótico.
No siempre fue así. En 2014, el sacrificio de Excalibur, el perro de una trabajadora sanitaria contagiada de ébola en Madrid, provocó protestas y concentraciones, pero no evitó su muerte. Aquel caso marcó un punto de inflexión en la relación entre la sociedad y los animales de compañía.
La diferencia respecto a entonces no es solo cultural, sino emocional. La relación con perros y gatos se construye cada vez más desde el vínculo cotidiano y afectivo, aunque siga siendo incomprensible para quienes no conviven con animales.
- Su presencia constante refuerza su papel como apoyo emocional y explica por qué su pérdida o sufrimiento tiene un impacto tan profundo.
- A este cambio social se han sumado reformas legales relevantes, como el reconocimiento de los animales como seres sintientes en 2022, que rompió con la idea de que eran simples bienes materiales.
- Sin embargo, el marco legal avanza más despacio que la conciencia social. La ley de bienestar animal de 2023 dejó fuera a perros de caza, trabajo y deporte y aún carece de reglamento.
©Foto: Nacho Sánchez