“¿Pero qué les pasa a los hombres?”: el dilema de cómo vestir en los Oscar sin resultar ni aburrido ni estrafalario
Esmóquines, levitas, transparencias, increíbles broches… la total libertad indumentaria en las ceremonias de premios de esta temporada despliega un sinfín de mensajes e intereses creados

Se acaba otra temporada de premios y con ella la omnipresencia de alfombras rojas y de atuendos que se hacen virales por motivos deseables o por lo contrario. Y lo hace con la que quizá sea la ceremonia de entrega de premios más célebre de todas, los Oscar, en los que la alfombra roja no sólo sirve para que un público ávido de conversación superflua en un mundo cada vez más complicado saque punta a los invitados, sino también para tomar la temperatura de las tendencias en ropa formal y el estado de la cultura indumentaria entre los famosos.
¿Qué nos revelan, pues, de la moda masculina los elementos que vimos el pasado domingo, desde esmóquines más o menos clásicos hasta levitas, o camisas a rayas con corbata y botas blancas? La respuesta se podría resumir en una palabra: caos. “¿Pero qué les pasa a los hombres?“, se preguntaba la noche después de la ceremonia en una historia publicada en Instagram Jo Ellison, redactora jefe de How To Spend It, el suplemento semanal de estilo de vida del periódico británico Financial Times. “Les pasa que ya no están seguros de si seguir o no los códigos de la etiqueta tradicional”, explica Julien Lambéa, periodista especializado en moda masculina y autor del substack On Cities and Clothes.
Técnicamente, la ceremonia de entrega de los Oscar es lo que se conoce como un evento black tie. Es decir, hay un código formal a seguir en cuanto al vestido que incluye, según la biblia de la moda masculina de Alan Flusser Dressing the Man: Mastering the Art of Permanent Fashion, el uso de un traje de dos o tres piezas con chaqueta de lana con solapas de satén; una camisa de algodón con puño de vestir; zapatos de charol y pajarita, siempre en color negro o azul medianoche. El traje del que hablamos, llamado esmoquin, nació a finales del siglo XIX, irónicamente, como alternativa informal a los rígidos códigos indumentarios nocturnos de aquella época.


Sin embargo, ¿tiene sentido seguir las normas a rajatabla en pleno siglo XXI? Sobre todo en un evento en el que, hoy en día, entran en juego muchas más variables que la del protocolo. “En una alfombra roja como la de los Oscar, un actor elige lo que elige ponerse por muchas razones”, dice Julien Lambéa. “Desde la expresión de su estilo personal hasta su imagen de marca, pasando por el mensaje que quiera transmitir (pensemos en Javier Bardem y su pin “no a la guerra”) o el último personaje que haya interpretado, que puede influir (e influye cada vez más) en la ropa que lleva durante todo el período de promoción de la película. Un buen ejemplo de ello son los atuendos de los protagonistas de Más que rivales Connor Storrie y Hudson Williams, que aparecieron en la afterparty de la revista Vanity Fair vestidos de Balenciaga y Saint Laurent, respectivamente, con sendos tops transparentes, jugando con la química de sus personajes en la pantalla. Eso sin contar con el rol de las firmas de moda, más presentes que nunca cuando se trata de vestir a famosos”.
Casi todos los actores trabajan con estilistas para ocasiones como la de los Oscar, excepto algunos de la vieja escuela como Hugh Grant. Hace tres años, a la pregunta de qué llevaba puesto, el británico respondió: “Mi traje. Lo hizo mi sastre”.
El trabajo de los estilistas de las celebridades es gestionar la avalancha de marcas que se pelean por vestir a sus clientes o incluso por patrocinarles, es decir, pagar una cantidad de dinero a cambio de que éstos lleven exclusivamente su marca en un número determinado de apariciones públicas. Esto explica, por ejemplo, que nunca se vea a Jacob Elordi ataviado por una marca que no sea Bottega Veneta o que Timothée Chalamet lleve meses vistiendo de Givenchy en alfombras rojas de medio mundo. “Para Sarah Burton, directora creativa de Givenchy, vestir a celebrities es claramente la parte más importante de su estrategia con la moda masculina”, reflexiona Julien Lambéa. Este fenómeno también explica todas esas fotos en las que los actores aparecen ajustándose los puños con el fin de exhibir de manera lo más casual posible un reloj. No son gemelos que se empeñen en desabrocharse en el peor momento posible: son contratos que hay que cumplir.

Todos estos elementos juntos en una alfombra roja como la del pasado domingo pueden tener resultados no muy coherentes. “Tengo la impresión de que los únicos que llevaban un esmoquin siguiendo el protocolo tradicional de la cabeza a los pies eran Stellan Skarsgård, que iba de Zegna, y Leonardo DiCaprio, de Dior”, opina Julien Lambéa. “El resto eran o bien variaciones sobre el esmoquin tradicional con algún elemento distinto, como Adrien Brody, que llevaba una camisa negra [todo el conjunto era de Gucci], o Paul Mescal con chaqueta con elementos de satén pero sin solapas [de Celine], o Jacob Elordi [de Bottega Veneta], que vistió un chaleco cruzado".


Estaba el traje burdeos Amiri del protagonista de Los Pecadores, Miles Caton. Las levitas de Prada de Ethan Hawke y Damson Idris. La chaqueta de esmoquin marrón de Paul Smith de Kieran Culkin, sin pajarita y emparejada con pantalones y una camisa negros. El amplio traje blanco de chaqueta cruzada Givenchy de Timothée Chalamet, con un par de botas blancas como toque final que le merecieron comparaciones con Kevin de los Backstreet Boys en Twitter. Hubo varios invitados vestidos de la cabeza a los pies con trajes de chaqueta, camisas a rayas y corbatas de Yves Saint Laurent por Anthony Vaccarello (“looks que han pasado literalmente de la pasarela a la alfombra roja, sin la más mínima modificación”, recuerda Julien Lambéa). Y, por supuesto, el traje creado por Louis Vuitton especialmente para Michael B. Jordan, premiado como mejor actor, con una distintiva chaqueta de cuello Mao, un clásico alternativo en las alfombras rojas desde que Robin Williams lo enarbolase en 1998, año en que ganó el Oscar a mejor actor de reparto por su papel en El Indomable Will Hunting.

La pregunta es: ¿cuánta originalidad es demasiada originalidad? ¿Dónde está la frontera entre creatividad y mal gusto? En otras palabras, ¿deberían las celebrities seguir al menos algunas reglas del protocolo indumentario? Según Jo Ellison, sí. “Opino firmemente que levitas a la altura rodilla deberían estar prohibidas”, afirmaba con humor en su cuenta de Instagram. “Al igual que las chaquetas sin solapas”, escribía sobre una imagen de Paul Mescal. “Al menos”, añadía, haciendo referencia a atuendo de Chanel de Pedro Pascal, compuesto de un pantalón y un fajín de esmoquin con una camisa y una enorme dalia de tela a modo de broche, “PONTE una chaqueta.” La directora de How To Spend It desaprobaba igualmente los looks con camisa y corbata —pero sin chaqueta— de Yves Saint Laurent, y del traje marrón de Kieran Culkin (“¡no es un look de Oscars!“).


Carlos Primo, redactor jefe de moda de ICON El País, invita a contemplar el fenómeno con perspectiva. “Es cierto que la alfombra roja de este año ha sido algo más heterodoxa que la del año pasado, pero porque en los últimos tiempos la moda masculina ha regresado a planteamientos muy clásicos y conservadores”, apunta. “Un look como el de Paul Mescal, sin solapas, resulta transgresor si se compara con un esmoquin canónico, pero conviene recordar que en las temporadas de euforia previas a la pandemia hubo ediciones de los Oscar en que lo difícil era encontrar invitados que se ciñeran a la etiqueta. Lo normal eran los esmóquines de colores, el pantalón corto e incluso las zapatillas deportivas. En comparación con aquellos tiempos, lo de este año es casi clásico. Para mí, la clave es que venimos de temporadas muy rigurosas. Pero, en comparación con lo que veíamos en 2018 o 2019, la alfombra roja de estos Oscar ha sido casi protocolaria”.
Julien Lambéa celebra que las normas sean hoy menos rígidas que nunca. “Por un lado entiendo que distintas culturas lo ven de maneras distintas. Los británicos y los americanos siempre han sido más protocolarios con estas cosas que el resto de nosotros en Europa”, explica. “Por el otro lado, hasta hace menos de diez años casi ningún hombre se atrevía a salirse de las reglas establecidas. Las mujeres podían utilizar la alfombra roja como territorio de expresión personal y de fantasía, poniéndose vestidos y joyas increíbles. Mientras tanto, los hombres estaban relegados a un segundo plano, llevando básicamente el mismo esmoquin, con muy pocas variaciones posibles. Ya era hora de las cosas se liberasen y este año lo han hecho. No sólo hemos visto una gran variedad en la ropa, sino también una presencia ubicua de la joyería, en forma de broches, que han sido sin duda el accesorio tendencia en esta alfombra roja”. ¿No debería haber reglas, pues? “La única regla debería ser saber llevar bien la ropa. Si un hombre está guapo en la alfombra roja, ¿qué importa todo lo demás?”
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