Ballet, gatos, viejos tuits y delitos del pasado: cuando la polémica te pilla en plena campaña al Oscar
Timothée Chalamet y Jessie Buckley son solo dos casos más de una larga lista de actores y actrices nominados al Oscar que, cuando creían acariciar la estatuilla, ven como una controversia, ya sea absurda o muy grave, se interpone en su camino


Cada año por estas fechas escuchamos que los Oscars han perdido relevancia, que no importan a nadie, que son un espectáculo fatuo de una industria decadente mirándose al ombligo. Frases hechas que se ven desmontadas cuando cualquier comentario de un nominado se convierte en titular que da la vuelta al mundo. ¿Por qué estamos debatiendo ahora mismo la relevancia del ballet y la ópera? Durante una charla para universitarios organizada por la CNN y Variety el pasado 21 de febrero, en la que compartía micro con el actor Matthew McConaughey, Thimotée Chalamet —en plena promoción de Marty Supreme, por la que está nominado a mejor actor— afirmó que no le gustaría trabajar en el ballet y la ópera porque son artes que hay que mantener con vida “aunque ya no le importen a nadie”.
Una boutade que no tardó en tener respuesta. La Met de Nueva York, la Ópera de París, la Scala de Milán, el Teatro Real de Madrid o el Liceu de Barcelona fueron algunos de los que afearon el comentario al actor, también estrellas de ambas artes y hasta el Saturday Night Live, que esta semana recordó que su película va sobre ping-pong y no es precisamente un deporte mayoritario.

El actor ha pasado de ser adorado como el mejor de su generación a generar cierto hartazgo por su aparente ansiedad por los premios y sus campañas agotadoras para conseguirlos, que incluyen toda clase de performances, y ya hay quien señala que, a pesar de presentarse como una especie de aristocracia neoyorquina, tan elevado no será si sale con una Kardashian.
I have no idea where some of you got the idea that Chalamet is some cultured guy with a refined taste. He's dating a Kardashian for fuck's sake https://t.co/QqAPZN430S
— n x d (@nxd1979) March 6, 2026
La frase había pasado desapercibida, pero después de que la entrevista se subiese a redes, ese comentario se viralizó, quizás intencionadamente, ya que no es la única polémica que rodea a la película. Hace unas semanas salió a la luz que durante uno de los primeros rodajes de los hermanos Safdie (Marty Supreme es la primera película que graba Josh Safdie en solitario), un actor, bajo los efectos de la droga, había mostrado el pene a su compañera durante una escena sexual, una secuencia que no aparece en el montaje final y que no había tenido repercusión hasta que hace tres años se descubrió que la chica tenía 17 años, lo cual sí tenía consecuencias. Pero este era un detalle que entonces ignoraba Bennie Safdie (director de The Smashing Machine) y parece haber sido el desencadenante de la separación del exitoso dúo de cineastas. Obviamente, que este asunto se airee ahora cuando Marty Supreme ha conseguido nueve nominaciones al Oscar tampoco parece casual y sí una artimaña de otro contendiente.
Jugar sucio para ganar
El juego sucio en las campañas para hacerse con la estatuilla no es una novedad. Harvey Weinstein lo convirtió en un arte cuando consiguió que Shakespeare in Love le ganara a Salvar al soldado Ryan, pero llevan literalmente desde el primer día, o desde el segundo. Durante la segunda entrega de los Oscar, Mary Pickford, la primera gran estrella femenina de Hollywood, vio cómo la crítica destrozaba su primer papel con diálogo en Coquette, algo que era inaceptable para la diva que había creado la Academia (de la que su marido era presidente) que entregaba las estatuillas. Por eso llegado el momento de la votación, invitó a los encargados de elegir a los ganadores a tomar el té en su suntuosa mansión, tras lo cual ganó la estatuilla. Por entonces solo votaban cinco personas, pero a partir de aquel año se abrió la votación a todos los miembros de la Academia, tal como lo siguen haciendo hoy. Y eso ya es demasiado té.
Repasamos, a continuación, algunas polémicas que han perseguido a intérpretes nominados justo cuando estaban a punto de tocar la estatuilla.

Jessie Buckley: no te metas con los gatos
La polémica: podemos dudar de la popularidad del ballet y de la ópera, pero no de la de los gatos. La controversia más absurda de la carrera de los Oscars de este año, y quizás de la de cualquier otro, los tiene como protagonistas absolutos. Durante una entrevista conjunta de los protagonistas de Hamnet, Paul Mescal y Jessie Buckley, en la que se realizaban preguntas informales, ambos eligieron a los perros frente a los gatos, algo que no tendría mayor recorrido, pero la inmediatez de la respuesta de Buckley llevó a que le preguntasen si había una historia detrás. “Los gatos son malos”, aseveró. Y después contó que cuando empezó a salir con su esposo, él tenía dos gatos y uno de ellos no sentía especial simpatía por ella, lo que la llevó a plantear a su futuro esposo que eligiese entre los gatos y ella. “¡Gané!”, respondió exultante, después de comentar entre risas que sabía que esto podía hacer que la cancelasen. A pesar de haber sucedido el año pasado, por lo que sea, se ha hecho viral esta semana y son muchos los que se preguntan qué pasó finalmente con esos dos gatos.
El desenlace: las votaciones ya estaban cerradas cuando el comentario empezó a aparecer por todas partes, pero además es difícil que, por muchos amantes de los gatos que haya entre los votantes, una conversación trivial pueda impedir que la actriz que parte como favorita no se haga con el premio en la madrugada del lunes. De todas formas, para no perder el favor de la audiencia, se ha apresurado a disculparse alegando —esto es casi tan surrealista como la polémica— que realmente le gustan tanto los gatos que intentó ser uno de ellos en Cats, pero su prueba de casting fue desastrosa.

Karla Sofía Gascón: todas las polémicas a la vez en todas partes
La polémica: es imposible hablar de polémicas previas a los premios de la Academia sin mencionar a Karla Sofía Gascón. Española, casi debutante y mujer trans, era la ganadora más improbable de una estatuilla y a la vez la favorita por su papel en Emilia Pérez, un cuento de hadas que la llevaba en volandas a la gloria cuando el trabajo de Sarah Hagi, una periodista independiente de ascendencia musulmana, sacó a la luz decenas de tuits de la actriz criticando a media humanidad y trufados de comentarios racistas e islamófobos. Inexplicablemente, y a pesar de ser una apuesta millonaria de Netflix, nadie había revisado antes la cuenta de la actriz. El revuelo fue tan considerable que la plataforma la apartó de la promoción; de ser el principal reclamo, pasó a desaparecer de los carteles de la película. Sus compañeras, las también nominadas Selena Gómez y Zoe Saldana, temerosas de que pudiese afectarles, dejaron de mencionarla y el director Jacques Audiard afirmó “sentirse traicionado” por ella. Aunque unas declaraciones suyas asociando el idioma español con la pobreza ya habían creado una polémica paralela.
La ferocidad de la campaña contra la verborréica Gascon opacó otras dos polémicas en la misma categoría. Por ejemplo, unas imágenes de la brasileña Fernanda Torres en las que aparecía con la cara pintada de negro y un vídeo de Demi Moore besando a un niño de 15 años durante una fiesta cuando ella tenía 19. Unas imágenes que no habían visto la luz en cuarenta años y que misteriosamente aparecían justo cuando era una de las favoritas para alzarse con el Oscar.
El desenlace: a pesar de que se especuló con que la entrada a la ceremonia le había sido vetada, Gascón sí estuvo presente en la gala, aunque de manera discreta. Como era de esperar, no tuvo que caminar hacia el escenario porque el premio recayó en Mikey Madison por Anora. La onda expansiva de la polémica afectó a la película al completo; con sus 13 nominaciones, era la favorita absoluta, pero acabó llevándose tan solo dos. Perdió hasta la categoría de mejor película extranjera, que parecía reposar ya en las repisas de Francia, pero acabó en las de Brasil por Aún estoy aquí. Y como la de Alcobendas no olvida, este año ha subido una historia a sus redes sociales en la que le dice a Chalamet que esté tranquilo: “¿Eres una mujer trans? Entonces no te preocupes, Tim”, escribió.

Andrea Riseborough: queremos tanto a Andrea
La polémica: ¿Andrea qué?, se preguntará el lector. Y esa es la cuestión. La nominación de la inglesa Andrea Riseborough por To Leslie fue una sorpresa absoluta. Eran pocos los que conocían el nombre de la actriz y menos aún el de su película, la historia de una madre soltera que acaba cayendo en una espiral de autodestrucción tras ganar la lotería. Cuando se leyó su nombre junto al de Michelle Williams, Cate Blanchett, Ana de Armas y Michelle Yeoh en 2023, comenzaron las especulaciones, ya que había cierto consenso en que la quinta debía ser Viola Davis por La mujer rey. Que se hubiese colado en el podio final una interpretación que apenas había tenido repercusión en festivales ni premios previos resultaba un enigma que resultó tener una explicación sencilla. Era producto de una campaña orquestada por grandes luminarias de Hollywood como Judd Apatow o Gwyneth Paltrow, que habían utilizado sus redes sociales para impulsar la película y la actuación de la actriz. Otras intérpretes como Amy Adams habían ejercicio de moderadora en exhibiciones de la película, algo que también hiiceron Charlize Theron o Minnie Driver. Incluso se realizaron envíos de mails masivos y se pidió que se tuitease diariamente acerca de su trabajo, algo que hicieron estrellas como Susan Sarandon, Jennifer Aniston o Helen Hunt. Actividades que desafiaban las leyes de la Academia sobre los prohibidísimos grupos de presión.
El resultado: la descalificación de Riseborough planeó durante semanas por la cabeza de la Academia, pero tras el escándalo del año anterior por la bofetada de Will Smith pensaron que sería mejor amonestarla verbalmente asegurando que habían sido utilizadas “tácticas de campaña que han generado preocupación”, pero la nominación se mantuvo. Aunque se quedó en eso, una nominación, ya que la ganadora fue Michelle Yeoh por Todo a la vez en todas partes.

Cassey Affleck: el #MeToo que no es igual para todos
La polémica: en 2016 la polémica llegó a la Academia por partida doble. Durante gran parte del año se consideró que El nacimiento de una nación, la película de Nate Parker que narra la historia real de un esclavo negro que se rebeló antes de la Guerra de Secesión, iba a ser candidata a ganarlo todo, especialmente después de que su paso por Sundance se saldase con tantos aplausos como lágrimas. Pero justo antes de las nominaciones salió a la luz una denuncia por violación que el actor y director había recibido en 1999. “Fui acusado en falso. Acudí al tribunal y fui absuelto”, declaró Parker, que había sido juzgado y exculpado de los cargos; sin embargo, el escándalo fue suficiente para que tanto la película como Parker desapareciesen del mapa. Sin embargo, ese mismo año también salió a la luz, impulsado por el escándalo de Parker, que dos mujeres habían denunciado en 2008 a Casey Affleck, nominado al Oscar por Manchester frente al mar, por acoso sexual durante la grabación del falso documental sobre Joaquin Phoenix I’m Still Here. Los hechos tenían muchos puntos en común con el caso de Parker, ya que ambos casos estaban cerrados y legalmente ambos eran inocentes, pero diferían en otros. Parker es negro y un recién llegado cuya carrera previa era insignificante, pero Casey Affleck es un actor que ya contaba con una nominación previa y lleva un apellido con muchas conexiones en Hollywood. A pesar del ruido generado, Affleck arrasó durante la temporada de premios y llegó a la ceremonia como el gran favorito.
El resultado: Affleck se hizo con la estatuilla al Mejor Actor por su papel de padre doliente y la única condena fue la actitud de Brie Larson, encargada de entregarle el premio por haber sido la ganadora el año anterior, precisamente por una película en la que interpretaba a una mujer que había sufrido abusos. Se mantuvo impertérrita; no hubo ni sonrisas ni besos ni aplausos. Como no los había habido en los Globos de Oro cuando se había repetido la misma escena. Al año siguiente, y en contra de lo que suele ser el protocolo, Affleck no entregó el premio a la actriz ganadora.

Russell Crowe: una mente no tan maravillosa
La polémica: la película, gran favorita de su edición, estuvo marcada desde el principio por la controversia. Le echaban en cara haber blanqueado la figura del matemático John Forbes Nash eliminando todo rastro de su homosexualidad y su antisemitismo. Pero el gran clavo en el ataúd para su protagonista, Russell Crowe, lo apuntaló él mismo. Tras ganar el Bafta, un premio que generalmente asegura que ganes el Oscar, recitó un poema del irlandés Patrick Kavanagh, pero eso no llegó a verse en televisión porque, con una ceremonia que se había alargado más de lo previsto, la cadena decidió cortarlo. Algo que sulfuró al intérprete, que tras enterarse afirmó que estaba buscando al productor de gala y que se atuviese a las consecuencias. Y cualquiera que conociese el historial previo de mal carácter del protagonista de Gladiator podía imaginar que esas consecuencias tendrían que ver con sus nudillos. Según cuentan, finalmente dio con él y, aunque la sangre no llegó al río, sí que lo arrinconó amenazante. “No está magullado ni malherido, pero estoy seguro de que todavía le zumban los oídos”, declaró el actor al Sydney Morning Herald.
El resultado: a diferencia de lo que ha sucedido con Chalamet, el escándalo de Crowe se produjo en plena votación de los Oscars y el hecho de que se filtrase pudo haber afectado al resultado final. La película de Ron Howard se llevó todos los premios principales: película, dirección, guion adaptado y actriz secundaria, pero el Oscar a mejor actor principal acabó en manos de Denzel Washington por Training Day.

Mickey Rourke: el luchador noqueado
La polémica: como nada le gusta a Hollywood más que una resurrección, Mickey Rourke era el favorito emocional por su papel de un viejo luchador con problemas paterno-filiales en la película de Darren Aronofsky, El luchador (2008). El protagonista de clásicos como Nueve semanas y media y El corazón del ángel volvía a las grandes ligas tras alejarse del cine por el boxeo y convertirse en un meme por sus desmanes estéticos. Tanto ansió conseguir el premio que acabó generando una extraña polémica con otro nominado, Sean Penn, que ese año interpretaba al malogrado activista homosexual Harvey Milk. Según afirmó el Daily Beast, Rourke iba contando a quien quisiera escucharle que Sean Penn era homófobo, lo que convertía su papel en Milk en un gran acto de hipocresía. Un alto ejecutivo de Hollywood incluso compartió un mensaje que supuestamente le había enviado el actor: “Sean es un viejo amigo mío y no me convenció para nada su actuación”, le escribió, “además de que es una de las personas más homófobas que conozco”. A pesar de que su publicista se afanó por desmentirlo, aquellas argucias no eran algo inimaginable en Rourke.
El resultado: Sean Penn ganó su segundo Oscar y trató de minimizar la polémica echando la culpa a los medios. “Hay que admitir que me habían buscado una buena pelea. Pero son idiotas, porque no saben que todos los nominados estamos orgullosos y nos desafiamos los unos a los otros. Él es muy bueno quemando puentes, pero es alguien a quien yo he admirado y aconsejado”, afirmó un elegante Penn. “Yo mismo quise trabajar con él en El luchador y me pasé casi toda la película llorando”. Clase.

Chill Wills: exceso de entusiasmo
La polémica: actor, cantante y protagonista de clásicos como Río Grande, Gigante o Que el cielo la juzgue, Willis vio su oportunidad de escribir su nombre con letras de oro en la historia de Hollywood cuando recibió una nominación por El Álamo (1960), de John Wayne. Para tener más opciones, contrató a un agente de publicidad para que impulsara su candidatura. Y no solo lo hizo omnipresente hasta el hartazgo, sino que lo metió en algún aprieto. Publicó un anuncio en el que aparecía el nombre de todos los miembros de la Academia por orden alfabético junto a una foto de Willis y la leyenda: “Ganes, pierdas o empates, todos son mis primos y los quiero a todos”. Y quizás Willis debería haberle despedido en ese momento, ya que el siguiente anuncio fue peor. Mostraba fotos de todos los miembros del elenco de El Álamo rodeando al actor y acompañando la frase: “Nosotros, los del elenco de El Álamo, rezamos con más fuerza de lo que los verdaderos tejanos rezaron por sus vidas en El Álamo para que Chill Wills gane el Oscar a mejor actor de reparto. La actuación del primo Chill fue genial. Tus primos del Álamo". Lo que, además de provocar una gran vergüenza ajena, fue considerado una falta de respeto a un acontecimiento histórico en el que hubo cientos de muertos estadounidenses.
El desenlace: ni los rezos ni el dinero sirvieron de mucho, ya que fue Peter Ustinov quien se llevó el Oscar por su papel en Espartaco.

Gérard Depardieu: un Cyrano deshonrado
La polémica: pocas veces un actor extranjero había llegado a los Oscars con tantas posibilidades de hacerse con la estatuilla a mejor actor como Gerard Depardieu gracias a su majestuosa interpretación de Cyrano de Bergerac (1990) en la película de Jean-Paul Rappeneau. Entró en la recta final de los premios arropado por el público y la crítica y por toda Francia, que lo consideraba (y lo considera, a pesar de todo) un tesoro nacional. Todo iba sobre ruedas, hasta que se recuperaron unas declaraciones suyas de los años setenta en las que contaba haber participado en violaciones durante su juventud. Para aclararlo, concedió una entrevista en Time en la que respondía que “eso era normal en mis circunstancias, formaba parte de mi juventud”. Tras el revuelo, el francés puntualizó: “Quizás sería acertado decir que tuve experiencias sexuales a temprana edad”, rectificó. “Pero violación, jamás. Respeto demasiado a las mujeres”. Echó la culpa a la traducción, pero el medio afirmó haber realizado la entrevista en francés y tenerla grabada y se negó a retractarse.
El resultado: a pesar de la enconada defensa de los medios franceses, la presión sobre Depardieu fue tan fuerte que ni siquiera acudió a la ceremonia y siguió alegando que todo había sido una “monumental confusión”. El premio al mejor actor recayó en Jeremy Irons por El misterio Von Bülow y de las cinco nominaciones de Cyrano de Bergerac tan solo se materializó la de mejor vestuario.
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