“No pienso en marcharme”: la necesidad de seguir enviando remesas atrapa a los migrantes africanos en el Golfo
Cinco millones de personas procedentes de África trabajan sobre todo en la construcción, la hostelería y el trabajo doméstico en los países de la región. La fluctuación del petróleo amenaza sus empleos

Cuando las sirenas resuenan por todo Dubái, Meron trata de no pensar en marcharse. Siente miedo de los misiles, pero esta empleada del hogar etíope sabe perfectamente por qué se queda: su sueldo paga la matrícula escolar de su hija y pone comida en la mesa para toda su familia en Adís Abeba. Para ella, abandonar el Golfo debido a la lluvia de misiles iraní en respuesta a los ataques de Estados Unidos e Israel no es una opción.
“No pienso en marcharme. Lo que tenga que ser, será”, dice Meron, que pide salvaguardar su nombre verdadero por motivos de seguridad. “Esta situación nos afecta a todos, no solo a mí. Mi hija necesita ir al colegio. Rezo por la paz, porque la paz aquí es la supervivencia en casa”.
Esta trabajadora es una de los aproximadamente cinco millones de migrantes africanos que viven en los países del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG), que incluyen Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, Qatar, Kuwait, Bahréin y Omán. Estas personas, procedentes de países como Kenia, Uganda, Ghana y Etiopía, se han labrado un medio de vida en las obras de construcción, el trabajo doméstico, la hostelería, la logística y los servicios de seguridad.
Rezo por la paz, porque la paz aquí es la supervivencia en casaMeron, trabajadora doméstica
Ahora, las crecientes tensiones geopolíticas vinculadas al conflicto entre Irán y EE UU les causan profunda preocupación sobre su capacidad para ganar dinero y enviarlo a casa. En África, más de 200 millones de personas se benefician de las remesas, según datos de Naciones Unidas. Con ese dinero, pagan las facturas, alimentación, sanidad y otros gastos. Las remesas representan casi el 6% del PIB del continente y en países como Gambia o Lesotho superan el 20%. En algunos casos, el dinero enviado desde el exterior significan más ingresos que la Ayuda Oficial al Desarrollo.
Los países africanos recibieron más de 95.300 millones de dólares (81.716 millones de euros) en remesas en 2024 procedentes de sus diásporas, lo que convierte estas transferencias en una de las mayores fuentes externas de financiación del continente, siendo Nigeria, Egipto y Marruecos algunos de los principales receptores, según el Informe sobre el estado de las infraestructuras en África 2025 de la Corporación Financiera Africana.
Para un taxista keniano que recorre las concurridas autopistas del emirato, las tensiones geopolíticas son totalmente secundarias comparadas con su salario diario. Tras haber vivido en Dubái durante una década, asegura que no dará un paso atrás, porque su familia depende por completo de sus ingresos. “No tengo miedo. Envío dinero cada mes a mi madre, mi hermana y mi hermano”, dice. “Yo los mantengo pase lo que pase aquí. Todos los días trabajo. No dejaré de enviar dinero”.
Para muchos hogares africanos, la pregunta es simple pero crucial: ¿seguirán llegando las remesas? Hasta ahora, y al menos según más de una decena trabajadores entrevistados, el dinero sigue fluyendo gracias a las sólidas aplicaciones y servicios de pago digital disponibles en los países del CCG. Sin embargo, crece la preocupación acerca de la posibilidad de que la guerra se prolongue durante mucho tiempo.
El horario de trabajo extenuante de estos migrantes evidencia una aparente paradoja financiera: los flujos de remesas podrían incluso aumentar durante las fases iniciales de la crisis. El analista de mercado Hany Abu Akleh, de XTB MENA, señala que el mercado laboral del Golfo ha experimentado un cambio notable en los últimos años, con un aumento generalizado de la participación de la mano de obra africana, especialmente de Kenia y de Uganda, en las economías del Golfo, sobre todo en los Emiratos Árabes Unidos y en Qatar.
Abu Akleh afirma que muchos de estos trabajadores suelen trabajar en el extranjero con el objetivo principal de enviar dinero a sus familias y como resultado, los flujos de remesas hacia sus países de origen pueden aumentar en lugar de disminuir durante los periodos de crisis económica. Señala que esta tendencia se debe en parte a la depreciación de la moneda en varias economías africanas durante las crisis, especialmente ante la fortaleza del dólar estadounidense.
Abu Akleh añade que las transferencias directas a través de aplicaciones de pago electrónico, ampliamente utilizadas en los países del Golfo, están cobrando además cada vez más importancia para las familias en sus países de origen a medida que suben los precios de los productos básicos. Muchas de estas economías dependen en gran medida de las importaciones, lo que eleva los costes para los consumidores, una tendencia intensificada por el repunte del precio del petróleo, que ha llegado a subir por encima de los 100 dólares por barril.
Los economistas consideran que el riesgo real no reside en los sistemas de transferencia de dinero, sino en la estabilidad del empleo. Si la guerra perturba las economías regionales, ralentiza los proyectos de construcción u obliga a las empresas a recortar gastos, los trabajadores migrantes podrían ser de los primeros en sentir el impacto.
El analista de servicios financieros Amro Zakaria afirma que los últimos datos de 2024 y 2025 muestran que las remesas de los trabajadores kenianos en la región del Golfo representan alrededor del 10% de todos los fondos enviados a casa por los kenianos en el extranjero, lo que equivale a unos 497 millones de dólares (unos 434 millones de euros). En Uganda, las remesas ascienden a unos 1.600 millones de dólares (1.397 millones de euros), impulsadas en gran medida por los aproximadamente 300.000 trabajadores ugandeses empleados en los países del Golfo. En el caso de Etiopía, las cifras oficiales sitúan las remesas de los trabajadores en el Golfo en unos 600 millones de dólares (524 millones de euros), aunque es probable que la cantidad real sea mayor debido a que los datos disponibles son limitados e incompletos.
La amenaza, afirma Zakaria, no es inmediata, sino estructural. Cuando los precios del petróleo fluctúan, las rutas marítimas se vuelven inciertas o el turismo disminuye y, por tanto, las empresas pueden optar por reducir la contratación o recortar las horas de trabajo. Tales ajustes afectarían directamente a los trabajadores migrantes cuyos ingresos sostienen a familias a miles de kilómetros de distancia, afirma.
Zakaria señala que, si la crisis actual se agravara, las repercusiones económicas podrían parecerse a las perturbaciones observadas durante la pandemia de la covid. Pero sostiene que los Estados del Golfo, en particular los Emiratos Árabes Unidos, cuentan con liquidez suficiente que podría ayudar a amortiguar posibles perturbaciones.
La Unión Africana y líderes del continente han expresado una creciente preocupación por la escalada del conflicto entre EE UU e Irán, advirtiendo de que la crisis podría tener graves repercusiones económicas y de seguridad. El aumento de los costes del combustible, la interrupción de las rutas comerciales ―con el bloqueo del estrecho de Ormuz― y la volatilidad de los mercados financieros ya están causando estragos en varias economías africanas. Cyril Ramaphosa, presidente de Sudáfrica, afirmó que las tensiones ya estaban poniendo a prueba las cadenas de suministro africanas y empujando al alza los precios de la energía. Además, advirtió de que las economías dependientes de las importaciones en todo el continente son especialmente vulnerables. E instó a todas las partes a buscar el diálogo, señalando que la diplomacia seguía siendo la única vía sostenible para poner fin al conflicto.
En Kenia, el presidente, William Ruto, condenó la intensificación de las hostilidades y advirtió de que la regionalización del conflicto supone una grave amenaza para la paz y la seguridad mundiales, pidiendo una intervención internacional urgente para rebajar las tensiones.
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