Carta a mi hijo con discapacidad: el día que Arbeloa supo ver que necesitaba una anécdota, un respiro, un gesto de reconocimiento
Lo que nos salva no es solo la medicina, también esos pequeños gestos inesperados que nos dicen “te veo, sé que estás ahí y que es difícil”, y te recuerdan que no estás solo


Querido Alvarete,
El dermatólogo nos miró sorprendido y preguntó:
—¿Qué hacen ustedes aquí?
La pregunta era razonable.
Habíamos salido de casa antes del amanecer para acudir a una cita en el CEP de Colmenar Viejo. Había llamado varias veces para confirmarla, porque me extrañaba que para hacerte el láser en los tumores de la cara —que te hacen periódicamente en La Paz— tuviéramos que ir hasta allí, pero siempre me respondieron lo mismo: que sí, que era allí. Así que cogimos el coche y tomamos la carretera de Hoyo de Manzanares, una de esas carreteras que te transportan a otro lugar. Rodeados de naturaleza, contemplamos cómo el sol empezaba a colarse entre las montañas. Es increíble ver cómo cada mañana el mundo parece amanecer en calma cuando la realidad dista mucho de ser así.
Llegamos puntuales y conseguimos aparcar en la puerta. A los pocos minutos estábamos sentados frente al dermatólogo, que nos miraba con el mismo desconcierto que nosotros a él. Nos explicó, con bastante amabilidad, que ellos no llevaban casos como el tuyo y que alguien debía haberse equivocado al darnos la cita… Seis meses de espera a la basura de un plumazo. En ese momento, me dieron ganas de acordarme de muchas personas, pero, al ver la cara del buen doctor y de su enfermera, me di cuenta de que no tenían la culpa. Así que decidí encogerme de hombros y salir por donde habíamos llegado sin hacer la más mínima exaltación. Con el tiempo uno se va amansando (o lo intenta).
Habíamos perdido media mañana: tú llegarías tarde al cole y yo al trabajo, pero eso ahora daba igual; teníamos que subir de nuevo al coche y emprender el camino de vuelta. Al menos, nos consiguieron una cita –para dentro de cuatro meses– con el dermatólogo que parece que sí podrá meterte en la lista de espera para el láser. Eso sí, por primera vez, en lugar de hacerte el láser cada seis o doce meses van a pasar casi dos años desde la última vez. Es lo que tiene pasar de pediatría a adultos…
Cogimos el coche de vuelta, otra vez por esa maravillosa carretera, estrecha y llena de curvas. Te puse tu música favorita y, como tenías hambre, te di un plátano. Yo, mientras tanto, intentaba relajarme disfrutando de la conducción y del paisaje. De repente, te atragantaste. Tuve que apartarme como pude en un arcén y me llevé un buen susto, pero afortunadamente se quedó solo en eso. Una vez pasado, empezaste a sonreír y a balancearte como si nada. En ese momento me quedé observando el paisaje: la montaña al fondo, unas águilas volando y un caminito estrecho que se perdía hacia lo salvaje. De pronto, todo se juntó: la rabia por el tiempo perdido, el susto por el atragantamiento, la belleza de la naturaleza y la sensación de que ya no puedo disfrutarla como antes. Fue demasiado. Se me empañaron los ojos y me invadió una tristeza difícil de explicar. Hasta tú, que se supone que no te das cuenta de las cosas, en lugar de enfadarte, como harías otras veces porque el coche no se movía, me pusiste la mano en el cuello y me diste lo que interpreté como un beso en mi cocorota.

Ese gesto tuyo me hizo pensar en algo que a menudo pasamos por alto: que el cuidador también necesita que lo cuiden. Muchas veces pensamos que solo necesita cariño el que está enfermo y olvidamos que hay momentos en los que ese abrazo debería ser para quien cuida.
Curiosamente, esa misma reflexión me llevó a un recuerdo de hace años, cuando eras muy pequeño. Un amigo tenía contacto con Álvaro Arbeloa de su época en Zaragoza y se le ocurrió hablarle de ti y de tu enfermedad. Te confieso que no me hizo mucha ilusión; primero, porque no soy de mitificar a famosos y, segundo, porque somos del Atleti. Era el año 2014 y Arbeloa jugaba como defensa en el Real Madrid. Al cabo de unos días, llegó a casa una camiseta de tu talla de la selección española, dedicada por él. Por lo visto, le habían dicho que éramos del eterno rival y tuvo la delicadeza de enviarnos la de la selección española. Sabía que vestirnos de blanco era pedirnos demasiado.
La cosa no se quedó ahí. En menos de una semana, nos llamó desde el vestuario del Real Madrid y varios de sus jugadores míticos fueron diciéndote monadas uno a uno. La verdad es que a ti todo eso te daba bastante igual, porque ya en ese momento apenas eras consciente, pero quiero pensar que Arbeloa lo hizo más bien por mí. Al fin y al cabo, aunque fuera del eterno rival, aquello era una anécdota perfecta para contar tomando unas cervezas con amigos: que un día hablé con los jugadores del Madrid. Después vendrían las bromas de rigor sobre si me voy a convertir o si les mandé algún recadito colchonero. Creo que mi amigo y Arbeloa supieron ver que yo necesitaba una anécdota, un respiro, un gesto de reconocimiento. Lo que yo llamo una “caricia al cuidador”: un recordatorio de que no estamos solos en el túnel.
Ahora que Arbeloa está tan en la palestra, tu padre debe de ser el único indio que no le desea que le vaya mal. No sé si él se acordará, pero nosotros seguimos guardando la camiseta y contando la historia. Porque al final, Alvarete, entre citas médicas perdidas y sustos en el arcén, lo que nos salva no es solo la medicina, sino también esos pequeños gestos inesperados que nos dicen: “Te veo, sé que estás ahí y que es difícil”. A veces, un beso en la cocorota o una camiseta inesperada hacen exactamente lo mismo: recordarte que no estás solo.
Cada noche, cuando te acuesto, te miro fijamente y te beso fuerte la frente mientras te agarro la mano. Quiero que sepas que estoy aquí, a tu lado, acompañándote, cuidándote. Que nunca voy a dejarte solo. Creo que eres tú quien necesita esa dosis extra de cariño y cercanía, pero la realidad es que soy yo quien vive de tus besos en mi cocorota.
Te quiero,
Papá.
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