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Stellan Skarsgård: “No hay que intentar ser perfecto. A tus hijos, diles: ‘Lo siento, soy una mierda, pero te quiero”

A sus 74 años, el actor sueco es uno de los grandes y puede soñar por fin con un Oscar gracias a su última película, ‘Valor sentimental’

Stellan Skarsgård (Gotemburgo, Suecia, 74 años) llega antes de tiempo a la habitación del Hotel María Cristina durante el Festival de San Sebastián. La ciudad vasca es una parada del intensivo tour internacional que comenzó en el Festival de Cannes para presentar Valor sentimental (en cines el 5 de diciembre), última película del noruego Joachim Trier, que saltó a la fama en 2021 por su anticomedia romántica La peor persona del mundo. Es un drama sobre la relación entre un padre, Gustav, afamado director de cine en horas bajas, y sus hijas. Si en el anterior filme ya asomaban las costuras bergmanianas, aquí saltan por todas partes. Después de muchos años de ausencia, el padre (Skarsgård) regresa a la casa familiar tras la muerte de la madre. Pretende reconciliarse con sus hijas y rodar un guion escrito por él donde cuenta su vida con la más pequeña (Renate Reinsve), actriz, como protagonista. Pero ella, todavía enfadada, se niega, y él recurre a una estrella más joven (Elle Fanning). Lo que sigue, durante dos maravillosas horas, es una serie de conversaciones y flashes de la casa que habitaron. Reflexiones sobre la familia, la vida, la muerte, lo que dejamos y lo que permanece. Un melodrama que podría darle a Skarsgård su primera nominación al Oscar después de seis décadas de carrera. Cuando nos encontramos está cansado. Hace tres años sufrió un derrame que ha afectado a su forma de trabajar, pero está feliz por los reconocimientos a Valor sentimental y ese día, además, porque acaba de nacer su octavo nieto. Autoproclamado nepo daddy, el sueco es padre de ocho hijos de los cuales seis son actores (los más famosos Alexander, el de True Blood, y Bill, el de It).

Joachim Trier creó este padre y director narcisista pensando en usted. [Risas] Yo ya quería trabajar con él, porque llevaba tiempo viendo sus películas. Cuando me llamó, estaba dispuesto a decir que sí sin leerlo, pero me contuve y tardé en contestarle. Es un guion tan delicioso, bonito y juguetón…

¿Cómo de cerca se sintió de su personaje? Yo soy más afortunado que él porque, aunque tenemos la misma edad, él es de otra generación y eso le impide lidiar con sus sentimientos. Aunque, a través del arte, lo haga estupendamente. En mi caso, desde que salí del Royal Dramatic Theatre, en 1989, trabajaba solo cuatro meses al año y dejaba ocho libres para mis hijos. Así que somos muy diferentes a pesar de que entienda el centro del conflicto. Aunque seas padre, y precisamente porque lo eres, tienes que trabajar.

La eterna lucha entre ser persona, artista, padre, marido, amigo… La vida. Creo que el secreto es no intentar ser perfecto. A tus hijos, diles: “Lo siento, soy una mierda, pero te quiero”.

Quizá su forma de ver el trabajo fue lo que animó a sus hijos a seguir sus pasos. Sí, vieron que me lo pasaba muy bien, que era feliz actuando y quisieron probar. Alexander hizo una serie con solo 13 años y se hizo tan famoso que no quiso seguir y no hizo nada durante 10 años, hasta que se reenganchó.

¿Y siempre ha sido feliz? Seis décadas de carrera es mucho. He pasado de todo, durante cinco años tuve pánico a la cámara. No podía rodar. Era horrible. Hasta que participé en una pequeña película de estudiantes y fue tan relajado que reencontré mi pasión. Pero el miedo siempre está ahí, al acecho. Por eso es tan importante para mí crear una atmósfera en el rodaje de confianza y amor.

Ha sabido estar al día. Desde sus primeros trabajos en Suecia, con Bergman o Von Trier, a El indomable Will Hunting, Mamma Mia!, Piratas del Caribe, Dune o Andor. Estar al día es la esencia de mi trabajo… Interpreto a seres humanos y hoy sigue habiendo seres humanos entre nosotros [se ríe]. Si algo me preocupa es que los niños no pueden mantener la atención en algo más de cinco minutos. Y la situación económica. Que unas pocas personas en el mundo controlen todo el poder y todo el dinero… es terrible, y cada vez va a peor.

¿Entonces sí es un poco nostálgico? No, no lo soy. Lo que sí creo es que se puede protestar. Incluso Valor sentimental es una forma de protesta. ¡La hemos rodado en película, por el amor de Dios! Y, de alguna forma, es una defensa de la humanidad, de las pequeñas cosas. No hay buenos, ni malos, son personas llenas de matices, de contradicciones y de sorpresas.

La película habla de reconciliación. ¿Cree, como Joachim Trier, que “la ternura es el nuevo punk”? Sí, lo creo, es revolucionaria. Posiblemente lo sea más para Joachim, que viene de la generación de la ironía, porque yo vengo de la generación hippie y nosotros ya éramos blandos y raros [se ríe], así que no he tenido que aprender sobre ternura. Pero sí creo que es obligatorio mantenerla viva y activa, algo muy difícil hoy.

¿Cree que el arte puede impactar en este mundo cada vez más deshumanizado? No lo sé, pero sí creo que el arte es importante porque te permite ver el mundo a través de los ojos de otro. Lo que el lenguaje no puede explicar, el arte sí puede.

Como seres humanos, si algo nos identifica es el concepto de hogar, una casa. En Valor sentimental es muy literal, la casa es protagonista…

Siempre decíamos en el rodaje que era la actriz más importante [la que se ve en el filme es propiedad del rockero noruego Lars Lilo-Stenberg], ya luego estábamos el resto. Es un lugar que deja huella, que está lleno de los fantasmas del pasado y del futuro. Es una forma tan delicada, divertida y hermosa de retratar el tiempo y las huellas que la historia deja en ti. Y cómo se transmiten de generación en generación. Es una imagen visual del tiempo. A la casa no le importa si te mueres o vives.

¿Tiene un lugar así, un lugar en el que caminen los fantasmas del pasado y del futuro?

Sí, tenemos una casa de verano que construyó mi bisabuelo en una isla. Tiene electricidad, pero no tiene agua corriente, ni baños, tiene una letrina. Pasé muchos veranos de mi infancia allí. Pero personalmente, creo que uno se apega cada vez menos a los recuerdos físicos a medida que envejece. De niño, uno tiende a aferrarse a todo, porque es muy conservador y no quiere que nada cambie. Y en ese sentido, uno es más inseguro. Cuando te haces viejo, dices: “Ok, ya puedo dejarlo ir”. Tampoco creo en esa idea de casa como pertenencia absoluta, pertenezco a mi familia y no vivimos en esa casa. Vivimos todos, mis hijos, todos, en la misma zona de Estocolmo, así que nos vemos todos los días, todo el tiempo.

Nunca se ha mudado a EE UU, ni ha querido. No, soy más feliz con mis hijos a mi alrededor, y con mis nietos. Ser abuelo es más relajado, aunque yo creo que siempre fui un poco abuelo para mis hijos porque no fui muy ambicioso con ellos.

¿Es verdad que intentó ser diplomático antes que actor? Sí, era lo que quería hacer. Suecia tuvo un secretario general de las Naciones Unidas en los sesenta. Se llamaba Dag Hammarskjöld. Se dedicó a viajar y promover la paz. Quise ser como él. Pero empecé a trabajar en el teatro, cada vez me divertía más y cada vez era menos divertido ser diplomático. Y, como decíamos, quizá el arte también pueda llevar la paz.

¿Se ve actuando el resto de su vida? Bueno, mientras pueda… Ya no puedo recordar los diálogos porque tuve un derrame cerebral hace tres años, entre Andor y Dune: parte 2. Voy con un pequeño auricular y me susurran mis líneas. Aún puedo trabajar. Aunque, claro, tarde o temprano, uno pierde la cabeza…

¿Le preocupa su legado? No, no quiero dejar un legado. No quiero ni escribir mis memorias. Tu familia es tu legado, eso es lo que dejas. Quiero morir cuando muera. Estará bien.

Valor sentimental será uno de los papeles por los que se le recuerde… Hicimos tantas versiones de algunas escenas… Joachim podía haber sacado una mala interpretación, pero ha sacado la buena [se ríe]. Sé que se recordará porque es uno de los mejores personajes de mi carrera.

¿Cómo vive a estas alturas el ruido del Oscar? No puede importarte porque es idiota competir en el arte. Pero luego lo ganas y… ¡Sí! Te pones feliz. Solo somos seres humanos, ¿no?

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