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El tuit viral sobre el pollo que resume a la perfección lo que significa ser adulto en estos tiempos

Miles de personas se han sentido identificadas con un mensaje que encapsula el tedio de tener que pensar qué hacer de comer a diario

El pollo es el tipo de carne más popular en buena parte del mundo.Cavan Images (Getty Images/Cavan Images RF)

Cualquiera que haya entrado en X (anteriormente Twitter) en los últimos cuatro días, probablemente se habrá cruzado con este mensaje:

Esta escueta frase alcanzó los 19.000 retuits en menos de 24 horas y, en el momento de redactar este artículo, ya ha superado ampliamente el millón y medio de visualizaciones. La autora del mensaje en cuestión es la tuitera mexicana @anilucky y la reacción a su lacónica afirmación ha sido abrumadora.

Las respuestas y los citados se han llenado de gente que se siente cien por cien identificada con esta concisa descripción de lo que significa ser adulto hoy en día y, al tuit original, le ha seguido una retahíla de comentarios que bien podrían haber salido de la cola de un mercado una mañana cualquiera: que si el pollo está carísimo, que si mejor muslo o contramuslo, que si gracias por recordarme que tengo que sacar la pechuga del congelador... Hay quien añade que, al drama de cocinar todos los días lo mismo en diferentes versiones, se suma otro aún mayor: el de tener que limpiar la cocina después. Y, por supuesto, muchos usuarios han querido hacer el trance más llevadero compartiendo sus recetas con pollo e incluso hay quien ha reclamado que a los vegetarianos nos pasa lo mismo, solo que con soja texturizada.

¿Por qué tantas personas se han sentido identificadas con este tuit sobre cocinar pollo? En primer lugar, porque es el tipo de carne más popular en buena parte del mundo. En España, los datos del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación de 2024 confirman que la de pollo es la carne en fresco más consumida. Un consumo que, además, va al alza: en el informe trimestral más reciente del sector avícola de carne, de enero de este mismo año, se recoge un aumento progresivo del consumo de esta carne desde 2022 (406.032 toneladas) hasta 2025 (512.963 toneladas). Y a nivel global, los datos van en la misma línea. Según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), si nos remontamos a los años 60, el consumo mundial de pollo era de 3,2 kilos per cápita; en 2015, había aumentado a 13,8 (más del cuádruple) y estiman que, para 2030, ascienda a 17,2 kilos per cápita. Ningún otro tipo de carne ha experimentado un crecimiento así.

Si el pollo es tan popular es, en buena medida, por ser uno de los productos cárnicos de menor precio. Actualmente, el kilo de pechuga se puede encontrar en los supermercados a precios que oscilan entre los 6 y los 10 euros el kilo, muy por debajo de la carne de vacuno, aunque en un rango de precios similar al de la carne de cerdo. El pollo es más barato de criar que otros animales, lo que hace que se pueda vender a un precio más bajo que la carne roja.

A nadie se le escapa que la cesta de la compra se ha vuelto más cara y, además, su precio es cada vez más imprevisible debido a factores como el cambio climático o las guerras. De ahí que quienes consumen carne apuesten por la opción más económica. Por otro lado, al ser una carne blanca, el pollo se suele recomendar como una proteína más saludable que la carne roja (no debemos olvidar, eso sí, que la carne no es la única fuente de proteínas que existe; ahí están el pescado, los huevos, los lácteos o las legumbres). A nivel climático, el pollo también se percibe como un alimento que tiene un menor impacto que la carne roja, lo cual es cierto, aunque también tenga su impacto: la huella de carbono de la carne roja, excluyendo el metano (un gas emitido principalmente por los animales rumiantes), es casi cuatro veces mayor que la del pollo y entre 10 y 100 veces mayor que la de la mayoría de los alimentos vegetales. Aun así, quizá estemos comiendo pollo por encima de nuestras posibilidades: un estudio reciente de la Universidad Técnica de Dinamarca afirma que la cantidad de carne que podemos comer sin dañar el planeta es de 255 gramos por semana (y esto solo de aves y cerdo, dejando fuera la carne roja), lo que equivaldría a dos pechugas de pollo semanales.

Pero si el pollo gana por goleada a otros ingredientes en la cocina de las nuevas generaciones es porque también es uno de los alimentos más versátiles. Sin demasiado esfuerzo, se puede preparar a la plancha, salteado, al horno o en la freidora de aire y combinar fácilmente con cualquier otro alimento (arroz, pasta, verduras, sopas, ensaladas...). No exige tener grandes conocimientos culinarios y se cocina relativamente rápido, resolviendo una de las grandes trabas que mucha gente encuentra a la hora de ponerse a hacer de comer: la falta de tiempo.

Si hay algo de lo que todo el mundo se da cuenta al hacerse adulto es del esfuerzo real que exige cocinar a diario y, sobre todo, tener que pensar en lo que vas a comer. Porque no se trata solo del momento de preparar la comida, sino de la carga mental que implica todo lo que rodea a esta actividad: buscar o idear recetas, ajustarlas a nuestro presupuesto, ir a la compra y, después de cocinar, limpiar todo lo que hemos ensuciado.

La cocina debería ser uno de esos aprendizajes que marcan el paso a la edad adulta, pero lo cierto es que buena parte de los jóvenes no cocinan a menudo. Un estudio de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC) sobre la mala alimentación de los universitarios apunta a la falta de motivación y de conocimiento culinario como las causas principales de que los estudiantes, en general, no tengan una alimentación saludable, a las que se suman el estilo de vida acelerado y el fácil acceso a la comida preparada, cada vez más presente en los lineales de los supermercados. Con frecuencia, cocinar se concibe más como un hobby que como una habilidad básica para la vida.

Es habitual que, ante este generalizado desinterés de las nuevas generaciones por la cocina, nos encontremos con discursos que resuelven de un plumazo el dilema de la falta de tiempo, aconsejándole a estos adultos jóvenes que dediquen menos tiempo a ver series y más a los fogones. Este tipo de discursos no solo simplifican el problema, sino que se convierten en mensajes culpabilizadores que ponen toda la responsabilidad en los más jóvenes. Pero, como aprendemos cuando llegamos a la edad adulta, no se trata solo de tener tiempo para cocinar, sino de contar también con la energía que requiere esta tarea en su totalidad e incluso con el espacio adecuado para hacerlo (en un momento en el que atravesamos una grave crisis de vivienda, cabría preguntarse en qué tipo de cocinas tienen que hacer la comida los más jóvenes y si este no sería otro factor que desincentiva más que anima).

Cocinar requiere trabajo y esfuerzo, y a veces no es suficiente con tener al alcance recetas fáciles y rápidas. Necesitamos tener en cuenta todo lo que falla en el sistema para que la cocina en la vida adulta haya quedado reducida a “preparar pechuga de pollo de diferentes maneras”. Y a partir de ahí, plantearnos qué podemos hacer para cambiarlo.

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