El gestor de la nueva ‘playa’ de Madrid: “Es la joya de la corona para cualquiera que se dedique a la gastronomía”
El restaurante Playa Madrid 1932, con 1.200 metros construidos sobre una superficie de 18 hectáreas a orillas del río Manzanares, cuenta con dos amplias terrazas y una sala con capacidad para 150 comensales


De frente tiene forma de embarcación, se encuentra a orillas del río Manzanares y fue ideado como lugar de esparcimiento para los madrileños en los años treinta. Fue la primera playa artificial de España —conocida como la playa de Madrid—, inaugurada en 1932 en el Monte del Pardo y concebida para democratizar el descanso veraniego mediante un espacio público. Un lugar con arena fina, donde tomar el sol en tumbonas o resguardarse del calor bajo las sombrillas, nadar o practicar deportes acuáticos en un embalse de 80.000 metros cúbicos de agua procedente del Manzanares. El complejo deportivo, que ocupaba unas 22 hectáreas, fue diseñado por el arquitecto Manuel Muñoz Monasterio —coautor, junto a Luis Alemany Soler, del antiguo estadio Santiago Bernabéu y de la plaza de toros de Las Ventas—. Para los madrileños, aquello era tener playa. La alegría duró poco: llegó la Guerra Civil española y la mayor parte del complejo fue destruido. En 1947, Muñoz Monasterio lo reconstruyó, adaptándolo a la estética de la dictadura.
Hasta finales de los años setenta estuvo en manos de una familia y, a partir de esa fecha, se convirtió en un espacio privado de Telefónica, que lo dotó de diferentes usos de ocio para sus empleados. La penúltima etapa, hasta 2014, fue gestionada por el grupo de hostelería Cantoblanco, propiedad del empresario Arturo Fernández. En la actualidad, el complejo es propiedad de Patrimonio Nacional, que en 2022 sacó a concurso el arrendamiento de las instalaciones: 1.200 metros cuadrados construidos sobre una superficie de 18 hectáreas. El adjudicatario de la gestión para los próximos 25 años —con derecho a otros 25 años adicionales— fue el grupo de hostelería El Enfriador, propiedad de José Rodríguez de León y de su esposa, María Estades Castejón, dueños a su vez de los tres locales que dan nombre a la empresa y del restaurante No me llames Dolores.

Después de casi cuatro años de papeleo y obras, que ha acometido el estudio de arquitectura Arvo, Playa de Madrid 1932 ha abierto sus puertas convertido en un restaurante que, en palabras de la propiedad, “llega con humildad y responsabilidad, sabiendo que el espacio es la joya de la corona para cualquiera que se dedique a la gastronomía”. Argumentos no le faltan: “Vengo de un entorno urbano y es un privilegio estar en la ribera del Manzanares, rodeados de todo tipo de árboles, con un gran espacio dividido en varios ambientes”. Cuenta con una terraza de 600 metros cuadrados con capacidad para 250 personas sentadas, una sala principal de 300 metros cuadrados para 150 comensales y una planta superior, con terraza para 120 personas y asientos en sala para otros 80 clientes.
La propuesta gastronómica la marca la terraza, con platos concebidos para compartir, tanto en el exterior como en el interior. Entre las recetas estrella se encuentra la ensaladilla, preparada con patata monalisa cocida con piel, mayonesa, huevo, zanahoria, batata cocida y ventresca de bonito (19,80 euros). También elaboran una versión picante, con mejillones en escabeche, cebolla y chile (20,80 euros), o de salmón ahumado (21 euros). “Las montamos al momento para que estén recién hechas. Lo hacemos con todo; si hay alguien con alguna intolerancia, lo solucionamos al instante”, detalla Rodríguez de León, actualmente dedicado a la cocina tras haber trabajado durante 25 años en la Guardia Real.
Decidió cambiar de rumbo al cumplir 45 años —nacido en A Coruña, ahora tiene 54— y dedicarse a su verdadera vocación: la gastronomía. Se formó por libre en la Escuela de Hostelería de la Casa de Campo, además de realizar diferentes cursos de sumillería, de maître y de dirección de empresas en la Cámara de Comercio de Madrid. “Cuando me fui del Ejército abrí el primer local de El Enfriador; pedí dinero al banco y hasta donde llegara. Ahora hemos vuelto a hacer lo mismo. Siempre que hemos abierto un negocio lo hemos hecho con deudas e ilusión”, prosigue este empresario, que despacha cerca de 200.000 litros de cerveza Mahou de barril al año.
Confiesa que el reparto de papeles es clave: su mujer se dedica a la gestión de los negocios y él se ocupa de dirigir la cocina y hacer la compra. Conoce la procedencia de todo el género que maneja: acude unas cuatro veces por semana a Mercamadrid. “Soy un obsesionado del producto. Uno bueno no garantiza el éxito, pero uno malo te lleva al fracaso en cocina. Incluso he visitado la fábrica de patatas fritas donde compramos las que ponemos en el aperitivo”, explica mientras faena en la cocina. “Estoy preparando la comida del personal. No me gusta que coman mal; aunque sea un caldo con papas, tiene que estar bueno”.





Por eso, más que recetas grandilocuentes o platos repletos de ingredientes, lo que se ofrece en Playa Madrid es una cocina sencilla, pero cuidada al detalle. En la carta, para comenzar, ofrece tirabeques salteados con jamón ibérico, romescu y frutos secos (19 euros), o un repertorio de tomates de temporada, procedentes de Almería, servidos con diferentes acompañamientos: bacalao ahumado, pimientos asados y cebolla (17 euros), berberechos (19 euros), o burrata, trigueros y piñones (16 euros). También huevos estrellados con jamón ibérico y trigueros (19,50 euros).
Otros platos bien resueltos son el poke (sin arroz) de atún rojo, preparado con el solomillo de la pieza de la marca Balfegó, aguacate y un aliño de soja, kimchi, sriracha, sésamo, cebolleta y lima (34 euros), o el atún teriyaki a la plancha con Pedro Ximénez (33 euros). Entre las carnes, se ofrecen un cachopín de ternera asturiana con jamón ibérico y queso (33 euros), un bismarck picante de ternera asturiana (34 euros) o un lomo madurado de vacuno mayor con patatas fritas y trigueros (34 euros). De postre, un buen flan de queso (7,80 euros).
En cuanto a la carta de vinos, manejan unas 70 referencias de distintos precios y categorías. “Puedes tomarte una ensalada de tomate con un Dom Pérignon. No me gusta cargar el precio de los vinos: el cliente no debe pagar el inmovilizado. Por eso se deja de consumir vino, porque los precios son altos. Lo mismo ocurre con los destilados. Yo los cobro a 8 euros”, afirma. Y añade una ventaja: quien no se sienta con fuerzas para coger el coche puede dejarlo en el aparcamiento y recogerlo al día siguiente. “Una ventaja más de esta ubicación”, concluye.
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