¿Por qué cocinamos peor cuando nos miran?
Cocinar es como caminar. No salimos a la calle con la cinta métrica. Caminamos sin medir la inclinación que debe tener el pie en base a la pendiente de la calle


El domingo serví la peor versión de mi plato estrella y vi a Gisela caer de bruces otra vez.
Gisela protagoniza uno de los recuerdos más antiguos que conservo de la infancia. En la guardería me tronchaba de risa con ella. Debíamos tener ambas dos o tres años y mi pasatiempo favorito a la hora del patio era mirarla fijamente. Cuando lo hacía, tropezaba. Se levantaba hecha una furia y gritando “¡no me sigas que me caigo!”, pero lo cierto es que no hacía falta que me moviera ni un centímetro. Sentada en el bordillo, comiéndome el bocata, bastaba con clavarle la mirada un segundo de más, y Gisela acababa por tierra.
La brujería que derribaba a Gisela es la misma que estropeó mi pollo con cigalas el domingo y la que hace que ese plato que has hecho mil veces salga regular precisamente el día que tienes invitados.
“El mes que viene vienen Joan y Manoli a comer. ¿Por qué no haces esa carne en salsa que siempre te sale tan rica?”, dice Antonio. Y Mercedes se yergue, gallarda. Es de recibo, y le gusta, que le reconozcan los méritos que le son debidos. La carne en salsa le queda soberbia, las cosas como son. Y una semana antes de la fecha señalada, se pone guapa y hace la ronda por las mejores tiendas del barrio. Elegirá ingredientes de primera. La carne en esta carnicería, que es más cara, pero siempre la traen muy tierna. Las verduras, en el mercado, que hoy va con tiempo. Pensará en comprar una botella de vino para cocinar, que es de esas cosas en las que una nunca cae y siempre faltan cuando se las necesita, y un ramillete de hierbas, por si el cocinero de la tele tiene razón con eso de que “le da un toque”.
El gran día madruga para no ir con prisas y sigue los pasos de la receta a conciencia. Tarda más de lo habitual, ensucia el doble, y cuando por fin lleva la cazuela a la mesa llegan los vítores: “¡qué pintaza!”, “¡qué maravilla!”.
Mercedes sonríe, aprieta los puños y calla. Por dentro sabe la verdad: no ha quedado como siempre. Y a los invitados les encanta porque son buena gente, o porque Manoli cocina fatal y en esa casa se contentan con cualquier cosa. Mercedes traga. El disgusto le durará dos semanas.
A Mercedes le ha pasado lo mismo que a Gisela. Sabiendo que la miraban, se ha dado de morros.
Curiosamente, cuando cocinamos sin un objetivo concreto o sin demasiada presión, estamos relajados y hacemos muchas cosas (y dejamos de hacer otras tantas) sin darnos cuenta. Mi pollo con cigalas siempre es reconocible, pero nunca he conseguido hacerlo dos veces idéntico: hoy el tomate está maduro y blandito, mañana, verde. Un día el pollo es más huesudo. Al siguiente, graso y rechoncho. Si no tengo vino para cocinar, agarro de la primera botella abierta que pille de la nevera.
Cocinar es como caminar. No salimos a la calle con la cinta métrica. Caminamos sin medir ni prever, a cada paso, la inclinación que debe tener el pie derecho en base a la pendiente de aquel tramo de calle concreto. Tampoco corregimos conscientemente la cantidad de talón o de punta que posamos con el pie izquierdo contra el suelo, al pasar del asfalto a la acera. Caminamos, y ya está. Si tuviésemos que tomar decisiones premeditadas a cada paso, nos atascaríamos y nos encontraríamos atorados, inmóviles, saludándonos unos a otros cada uno desde su portal.
Al cocinar esos platos que conocemos y dominamos, despreocupados, nuestros sentidos van detectando cambios de color, aroma y textura en todo lo que hay en el fondo de la cazuela, y los vamos corrigiendo de forma instintiva e inconsciente. Cuando aparecen es escena el juicio, el examen o la mirada de los invitados, dejamos de fiarnos de lo que hemos hecho sin pensar un millón de veces y empezamos a tomar un montón de decisiones adicionales que interfieren en todas las microdecisiones instintivas, refinadas a base de años de ensayo y error, que hasta hoy han guiado nuestras manos hacia el éxito.
No es mal de ojo. Es que al ponerte a pensar cómo se camina, tropiezas. Ahí se cae Gisela, se cae Mercedes y nos caemos todos.
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