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Columna

¿Cuál es tu estilo al cargar el lavavajillas: mapache o arquitecto romano?

En el mundo hay dos grandes clases de personas: las que hacen las cosas bien y las que se salen con la suya

El tuit viral de la semana muestra un lavavajillas con la puerta abierta, lleno de cacharros amontonados como un derrumbe, y sentencia “en cada relación hay una persona que carga el lavavajillas como lo haría un arquitecto romano y otra que lo carga como un mapache puesto hasta las cejas de metanfetamina”.

En el mundo hay dos grandes clases de personas: las que hacen las cosas bien y las que se salen con la suya.

“Relájate. Qué manías. Cada uno lo hace a su manera” llega, a menudo, a oídos de las primeras. Las segundas fluyen, más afables, no tan quisquillosas, mecidas en la paz de espíritu que da contar con que detrás de cada acción bienintencionadísima con resultado lamentable aparecerá un “deja, que ya lo hago yo” muy conveniente.

Esta forma de pequeña incompetencia cotidiana es un fenómeno curiosísimo. Lejos de penalizar al incompetente, le resulta sospechosamente oportuna y provechosa. Si el desmañado persevera, el sistema terminará recompensándole. Y el premio está al alcance de cualquiera. El milagro no hace distinciones de clase, género o edad. Es transversal. Florece tanto en matrimonios clásicos como en pisos de estudiantes.

No se puede decir que sea fruto de una maldad consciente y premeditada, sino más bien de unas pinceladas de pereza por aquí y una pizca de autocomplacencia por allá, que combinadas tienen la fuerza justa para empujar suavemente al romano de la relación por la pendiente que lleva a la crisis nerviosa periódica por acumulación de pequeños resentimientos por minucias.

La persona mapache raramente se negará frontalmente a llenar el lavavajillas. Es distraída, pero buena gente. Es alguien que lo intenta, pero fracasa. Y fracasa como un profesional, con la tenacidad y la consistencia propias de los que alcanzan sus metas. Persevera en el arte de hacerlo despacio, a medias, tarde o mal hasta agotar la paciencia y las ganas de corregir una y otra vez del prójimo y ganarse, a título vitalicio, el estatus privilegiado de “caso perdido”.

El último “deja, ya lo hago yo” consagra el logro. Es el lacre que sella la derrota final de quien se ha cansado de tener que negociar lo obvio. A partir de ahora, “el maniático”, “el exigente”, “el tiquismiquis” será el responsable natural de esa tarea, porque “se le da mejor”.

Para colmo, y por incómodo que resulte, es obvio que sí hay una manera correcta de llenar el lavavajillas. Esta no se basa ni en manías ni en predilecciones caprichosas y tampoco es especialmente complicada de entender. Los brazos giratorios tienen que poder dar vueltas libremente. El agua y el jabón tienen que poder llegar a todos los rincones. Nada tiene que salir disparado y nada tiene que repiquetear hasta romperse. Hay una forma óptima de llenar un lavavajillas que ahorra tiempo y dinero, y hace que platos, cubiertos y cacharros salgan perfectamente limpios e higienizados.

Pero el torpe amable no consigue dominarla. En el trabajo es ingeniero electrónico, asesor de inversiones o modista, y es capaz de resucitar un robot, surfear el pánico bursátil o domar un dobladillo rebelde. Pero en casa pondrá la tabla de cortar bloqueando el aspersor, el vaso boca arriba y las cucharas soperas pegadas unas con otras.

Por supuesto, podría dedicar algo de tiempo a aprender. Podría escuchar las indicaciones del que hace bien el trabajo o tratar de imitar sus gestos. Le sobra inteligencia y tiene la información al alcance. Pero no es que no pueda hacerlo: es que no le sale a cuenta.

A base de “es que a ti te sale mejor” y “a mí me parece igual de bien así”, el torpe encantador, pacífico y sin manías, culmina una pirueta formidable y se lleva triple premio: haber hecho el mínimo esfuerzo, el aplauso al que no pone pegas y la tranquilidad de poder comer con los ojos cerrados, sabiendo que no encontrará ni un pegote reseco de boloñesa fúngica en el tenedor, ni un emplaste de rebozado aplastado entre el culo de un plato y la cara del siguiente. El maniático pesado ya se encarga del tema. El mapache que la sigue, la consigue.

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