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Cómo la CIA se valió de un exmilitar español para vigilar a Julian Assange

Testigos y decenas de mensajes demuestran el espionaje de una empresa de Jerez al fundador de Wikileaks, desvelado por EL PAÍS

El fundador de Wikileaks, Julian Assange, en el balcón de la embajada de Ecuador en Londres, el 19 de mayo de 2017.picture alliance (picture alliance via Getty Images)

A David Morales, un exmilitar español dueño de una diminuta empresa de seguridad en Jerez de la Frontera, no le tembló la mano cuando el 21 de marzo de 2017 envió este correo electrónico a sus trabajadores: “Me solicitan que levantemos un estudio sobre el personal empleado en la embajada, ayudantes o equipo huésped, visitantes frecuentes del huésped.. Nos informan se sospecha que el huésped está trabajando para el servicio ruso de inteligencia.. Se nos requiere la posibilidad de introducir uno o más micrófonos en el dormitorio del huésped. Estarán camuflados y grabando en tiempo real… Este micro deberá de tener capacidad de transmisión FTP con salida a un servidor con localización segura”.

La embajada era la legación diplomática de Ecuador en Londres; el huésped, Julian Assange, el hombre al que semanas antes James Brien, director del FBI había señalado en público como “foco importante de su atención”; el autor del mensaje, un anónimo exmiembro de la Unidad de Operaciones Especiales de la Armada, cuya compañía se ocupaba de la seguridad de la representación ecuatoriana en la capital del Reino Unido. Allí, había encontrado refugio el fundador de Wikileaks acosado por problemas judiciales y protegido por el Gobierno de Rafael Correa.

Decenas de correos intervenidos a Morales y a sus trabajadores demuestran el espionaje al que se sometió al activista australiano y a sus abogados cuando preparaban su defensa frente a la Justicia de EE UU que le pedía una pena de 175 años de cárcel por las informaciones de material clasificado de operaciones militares secretas en Afganistán e Irak.

Una investigación de EL PAÍS, publicada en 2019, desveló los audios, vídeos e informes de esta operación de espionaje para la CIA. Semanas después, Morales fue detenido y desde entonces ha estado en libertad provisional. Tras seis años de investigación judicial el dueño de UC Global S.L se enfrentaba a penas de entre 13 y 20 años de prisión reclamadas por la fiscalía y por Assange. Pero a pocos meses de la celebración de su juicio, el principal implicado en esta oscura historia acaba de fallecer víctima de una enfermedad. Michel Wallemacq, su jefe de operaciones,se sentará en el banquillo. Las acusaciones le piden hasta cinco años de cárcel.

A los comprometidos correos que enviaba a sus empleados se suma el testimonio de tres testigos protegidos, extrabajadores de su empresa que afirman que su jefe les confesó que trabajaba para la CIA, y sus constantes viajes a EE UU. Un alud de pruebas e indicios que le pondrán contra las cuerdas en el próximo juicio oral. Morales lo negó todo.

Un viaje a Las Vegas

Todo empezó en enero de 2016 durante un viaje a la feria de seguridad Shot Show en Las Vegas (EE UU). Allí, el exmarine, conoció a Brian Nagel y a Zohar Lahav, entonces jefes de seguridad de Las Vegas Sands Corp, el casino del multimillonario norteamericano Sheldon Adelson, generoso donante del Partido Republicano y amigo del entonces candidato a la presidencia Donald Trump. Nagel, era un cualificado exmiembro del servicio secreto estadounidense. Nadie conocía la pequeña consultora de seguridad que dirigía Morales en Jerez de la Frontera, pero los ojos de Brian y de Zohar se iluminaron cuando les contó que se ocupaba de la seguridad de la Embajada de Ecuador en Londres, en el número 3 de Hans Cres, un edificio de ladrillo rojo que acogía al fundador de Wikileaks. El activista australiano se había convertido en uno de los objetivos prioritarios de la inteligencia de EE UU.

“Me he pasado al lado oscuro”, “vamos a jugar en primera división”, confesó eufórico el director de UC Global S.L. a sus trabajadores al regresar de aquel viaje. “No deberías pasar información al bando opuesto”, le reprochó uno de sus informáticos. Morales abrió su camisa y respondió: “Soy un mercenario y voy a pecho descubierto”, recuerda este exempleado. Era el inicio de una relación con un enigmático “cliente americano” que cada día exigiría más.

17:43
Documental: los cuatro días en los que Assange rozó la libertad

Contratos y el yate ‘Queen Miri’

El pago se haría mediante contratos. “Me lo comentó (Morales) abiertamente, que tenía contacto con los amigos americanos, en este caso con la CIA, y que no nos pagaban, que la intención era coger contratos[..] Que él iba a pasar información a cambio de contratos”, ha declarado el testigo protegido número 2.

Tras aquel viaje a la feria de Nevada, llegó el primer contrato: la supervisión de la seguridad que el equipo de Adelson daba a su yate My Queen Miri cuando el barco cruzaba el Mediterráneo. UC Global S.L. lo suscribió con Sira Company Ltd, con sede en el paraíso fiscal de las Islas Caimán. Pero la cubierta de ese barco solo la pisaría Morales porque la embarcación disponía de un amplio equipo de seguridad. “Es sorprendente[..] Nos pedían un solo operador, a todas luces aquello no tenía mucho sentido” afirma el mismo testigo protegido.

Los mosqueteros

Para espiar al fundador de Wikileaks, a sus abogados, visitantes, médicos y hasta el personal de la embajada, Morales creó una unidad. La lideró Michel Wallemacq, hombre de su confianza. De él dependían técnicos informáticos y de comunicaciones, entre ellos los ahora testigos protegidos. Para comunicarse crearon en Signal el grupo “los 3”. Desde allí, “los mosqueteros”, como les llamaba Wallemacq, canalizaban las órdenes del dueño de UC Global S.L.

Este equipo fue el encargado de cambiar, en diciembre de 2017, las cámaras de la embajada y tramitar la compra, a través de la empresa Espiamos.com. Las nuevas deberían contar con un audio integrado y oculto. Al personal de la embajada se le enmascaró esta modificación.

El nuevo sistema de video vigilancia podía retransmitir por streaming (online) de forma que “los clientes americanos” tuvieran acceso en tiempo real a todas las grabaciones en cada esquina de la embajada. Seis meses antes, el 23 de junio de 2017, empezaron las primeras gestiones. El correo enviado a Espiamos.com por uno de los empleados decía así: “tal y como te comenté por teléfono, necesitamos que las cámaras interiores dispongan de un micrófono para realizar escuchas interiores [… el cliente quiere tener en streaming control de las cámaras […] nos vemos en la necesidad de disponer de un servidor de almacenamiento donde se pueda rescatar las grabaciones anteriores para su análisis[..] Todo esto, por supuesto, teniendo el más alto nivel de seguridad para el acceso y manipulación”.

Paredes y pegatinas

Pero espiar a Assange no era fácil. Estaba obsesionado con su seguridad. En la sala principal de la embajada había instalado una máquina de ruido blanco para evitar que se grabaran sus conversaciones. Y los encuentros maratonianos con sus abogados se trasladaron al baño de señoras. Un espacio incómodo, pero en apariencia el más seguro. Se equivocaban.

Los filtros de las cámaras no eran suficientes para amortiguar el ruido blanco en la sala de reuniones y Morales ordenó colocar un micrófono lapa en la base de PVC del extintor situado junto a la mesa. Los “mosqueteros” no tenían límites e instalaron, también, otro micrófono en el baño de señoras. Mensaje de Testigo 1 a un compañero: “Tienes que comprar un micrófono oculto. Cuando leas borra este mensaje”. Mensaje a Espiamos.com: “Que en el embalaje y en el interior no venga ningún tipo de publicidad. [..] Queremos la máxima discreción”.

No había un rincón seguro en la embajada. Morales pidió a su equipo que tomaran fotografías de figuras decorativas del salón para replicarlas con escuchas. En las ventanas se colocaron unas pegatinas rígidas de color amarillo para captar las conversaciones desde el exterior. Morales confesó a sus hombres que “los amigos americanos” tenían micrófonos láser en el exterior y lograban captar el sonido por las vibraciones. Correo del Testigo 3: “¿Tienes foto de fuera de la embajada? ¿De las pegatinas?”. Respuesta del Testigo 1: “que va tío…casi siempre había prensa y cuando podía salir era de noche”.

Hasta las paredes de la embajada fueron objeto de evaluación. En agosto de 2017, desde Miami, ciudad a la que viajaba con frecuencia, el exmilitar escribió a sus trabajadores: “voy a necesitar que trabajéis en lo siguiente, datos del wifi de la embajada, necesito ver de qué composición están realizadas las paredes del huésped (Assange), ladrillo, mampostería, cemento, fotos del interior, mobiliario”. Y pidió silencio sobre sus constantes viajes a EE UU. “Quiero alertaros que tengamos mucho cuidado con la información que transmitimos. El Senain (Servicio de Inteligencia de Ecuador) nos está investigando. Me gustaría que mi localización se maneje con reserva, especialmente mis viajes a USA”. El Senain era precisamente el organismo que había contratado en 2012 a la empresa jerezana para cubrir la seguridad en la embajada.

Un tirón a Stella

Entrar en la Embajada de Ecuador en Londres a visitar a Assange era caer en una trampa de elefantes nada más asomar la nariz por el control de seguridad. El dueño de UC Global S.L. impuso un protocolo que obligaba al visitante a entregar los dispositivos móviles y pasaportes. Nadie se imaginó que se fotografiaban los códigos IMEI y SIM de los teléfonos móviles, los visados a países de interés para el “cliente americano”, en especial los de Rusia y EE UU, y se copiaban los códigos de los cryptophones, los aparatos encriptados que empleaban miembros de Wikileaks. De cada reunión se elaboraba un informe sobre el perfil del visitante. Durante uno de sus viajes a EEUU, Morales dio una lista de los objetivos preferentes.

Stella Morris, la letrada y actual mujer del australiano, se convirtió en objetivo por la cercanía que mostraba con el “huésped”. Les intrigaba y creían que usaba un nombre falso. Robaron el pañal de un bebé que acudía en brazos de un amigo de Assange para investigar si era un hijo de la pareja e hicieron un informe grafológico del activista. Y planearon asaltarla. La prueba está en otro correo del exmilitar. “Sobre Stella propondría hacerle un seguimiento en la calle para localizar su domicilio e intentar ver si en su buzón o cartas de su casa podemos sacar algún nombre más o incluso pegarle un tirón en la calle”.

Reunión en Miami

El 23 de julio de 2017, Morales viajó a Miami para “presentar” al “cliente americano” la información obtenida en la embajada. Desde allí escribió un correo al Testigo 1 vía chat de Telegram: “no olvides el presupuesto de las cámaras. Envíamelo para que cuando me reúna pueda entregarlo”. Junto al texto pegó un stiker con el rostro de Donald Trump.

Pero la presentación no fue como esperaba. Al día siguiente volvió a escribir a Testigo 1: “después de pegarme un viaje relámpago hasta esta parte el mundo [..] no he podido presentar el portal hotel […] el disco duro no he podido visualizarlo en la reunión ya que todos teníamos Apple. Una reunión en la que podía haber sacado un 100 % me he quedado en 50%. Eso sí, tengo otros miles de kilómetros en el cuerpo”.

Amigos de Morales percibieron la tensión que acumulaba. “Llegaba agotado, estaba en algo muy grande para él y para su empresa”, confiesa a este diario una persona ajena a su compañía. “Le advertí que tuviera cuidado, que arriesgaba demasiado y me respondía: ‘Tranquilo, estoy con Dios, con el de aquí (el CNI) y el de allí (la CIA)’. El exmilitar ordenó que nadie contactara con el CNI, que de esa relación se ocupaba solo él.

Todos los correos de Morales a su equipo de “mosqueteros” relacionados con el cambio de cámaras, el portal web en el que se descargaba la información y la creación de tres accesos: “uno para Ecuador, otro para nosotros y otro para X (el cliente americano)”, se remitían siempre desde Las Vegas, Nueva York, Washington o Miami. Coincidían con sus viajes a EE UU a los que acudía con los discos duros que grababan las cámaras en Londres. “Tendríamos que ir recopilando la información nueva para poder llevármela en mi próxima salida”, escribió antes de viajar a Nueva York. Su contacto en Miami era un enigmático Paisa, un nombre que tecleó muchas veces en su ordenador personal.

En su teléfono móvil quedó un rastro llamativo. El aparato se conectó a la red WIFI del US Marshal del distrito de Virginia, agencia federal que entre otras funciones se ocupa de la protección de testigos protegidos. Y era precisamente allí donde se instruía la causa secreta con Assange.

Plan de salida frustrado

El “cliente americano” mandaba. En los meses previos al cambio de las cámaras todo giró alrededor del misterioso cliente de Estados Unidos. “Nos controlan, son los amigos USA”; “Problemas con el puto correo: a los de USA no les llegan los emails”; “No se me demoren.. tengo al cliente esperando”; “qué podemos hacer si una agencia de barras y estrellas quiere vernos”, decía en sus correos. El Testigo 2 afirma que Morales pidió un ordenador portátil que estuviera fuera del servidor de la compañía “para hablar directamente con los americanos”. Y en este portátil abrió una carpeta denominada “CIA” en la que archivó instrucciones en inglés para acceder a las cámaras de la embajada.

El 21 diciembre de 2017, con las nuevas cámaras ya operativas, tuvo lugar una reunión en la sala de la embajada. Un encuentro clave para el futuro de Assange. El ciberactivista, Stella Morris y Rommy Vallejo, jefe del Servicio de Inteligencia de Ecuador, ultimaban su inminente salida en secreto de la embajada. Un edificio en el que llevaba recluido cinco años. Una delicada operación diseñada durante meses gracias a que el Gobierno ecuatoriano de Correa le había otorgado un pasaporte diplomático. Solo unos pocos estaban al tanto del plan.

Morales ordenó que las cámaras estuvieran operativas “porque había ese día una reunión muy importante y había que grabarla”. El exmilitar pidió la grabación con urgencia y la recibió la madrugada del día 22. Unas horas después, EE UU emitió la orden de detención contra Assange. El plan que habría librado al fundador de Wikileaks de siete años más de reclusión y cárcel había fracasado. El Testigo 1 afirma que cuando se gestaba ese plan Morales propuso entrar en el despacho del abogado Baltasar Garzón en Madrid. Cuatro encapuchados lo asaltaron cuando el letrado y el abogado Aitor Martínez regresaban de visitar a Assange y ultimar la salida del “huésped”. Buscaban el servidor y el salvoconducto diplomático que acababa de recibir el australiano.

Assange fue expulsado de la embajada 16 meses después, en abril 2019, con la llegada al poder en Ecuador de Lenin Moreno. Fue detenido por la policía británica e ingresado en la cárcel londinense de Belmarsh hasta quedar en libertad, en junio de 2024, tras llegar a un acuerdo con el Departamento de Justicia de EE UU.

Al portal y servidor FTP creado por Morales para espiar a Assange se conectaron IPs desde EEUU, alguna vinculada a los servicios de inteligencia norteamericanos, pero la Justicia de ese país no ha respondido a las rogatorias de los dos jueces que han instruido el caso en la Audiencia Nacional. Las cuentas del jerezano en Delaware (EE UU) y Gibraltar son, también, otra asignatura pendiente.

Morales dejó un reguero de huellas que conducen hasta la sede de la CIA en Langley (Virginia). Pero la más profunda ha quedado marcada en la Corte del distrito Sur de Nueva York. Allí, en marzo de 2024, el entonces director de la CIA William J. Burns se amparó en la Ley de Seguridad Nacional de 1947 y la ley de la Agencia Central de Inteligencia de 1949 para no facilitar información sobre esta operación encubierta con ayuda española. Burns declaró que revelarla “podría razonablemente causar daños serios, y en algunos casos excepcionalmente graves, a la seguridad nacional de los Estados Unidos”. El magistrado atendió a su petición y desestimó la demanda civil presentada por cuatro norteamericanos que visitaron a Assange y cuyos teléfonos fueron presuntamente copiados. “Existe un peligro razonable de que la revelación de los hechos concretos en litigio ponga en peligro la seguridad nacional”, concluyó la Corte. La petición del Discovery (la desclasificación de la operación de la CIA) fue rechazada.

La CIA solicitó que los privilegios del secreto de Estado se extendieran a Morales y a su compañía, allí ambos se encontraban en rebeldía.

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