Caliente, caliente, caliente: la economía que quiere Trump
Las decisiones que tomó el presidente en el último año expondrán a su país a riesgos enormes

Si hay una canción que expresa las ideas del presidente Donald Trump para la economía estadounidense en 2026, es la versión que hizo Buster Poindexter en 1987 de Hot Hot Hot (del músico montserratense Arrow), con el verso que habla de “gente de fiesta a mi alrededor”. Al menos, fue la “onda” inconfundible que transmitió el entorno de Trump en la reciente reunión anual del Foro Económico Mundial.
Trump y su equipo llegaron a Davos con un mensaje optimista. Al enorme estímulo fiscal (la continuación de lo que ya había y lo nuevo prometido dentro de la ley “grande y hermosa” del gobierno), pronto se le sumará un fuerte aumento del gasto en defensa y tal vez hasta una nueva ronda de cheques de 2.000 dólares como los de tiempos de la covid-19 para la mayoría de los estadounidenses. Habrá un desarme agresivo de regulaciones de la era Biden y ocupará la presidencia de la Reserva Federal (Fed) alguien dispuesto a implementar una serie de bajadas de tipos de interés.
En conjunto (según se nos dijo), estas políticas llevarán el crecimiento del PIB estadounidense hasta un 4% o 5%, o incluso al 6%. Mejor aún, la inflación seguirá bajando, se reducirán los tipos de interés hipotecarios, y todo el mundo vivirá feliz para siempre.
Pero aunque no es imposible, este escenario es muy improbable. Puede que la inteligencia artificial (IA) mejore la productividad estadounidense, pero a un pequeño ritmo anual cercano al 0,5%. Asimismo, la desregulación puede generar avances significativos a corto plazo, y no hay duda de que a Europa le vendría bien un poco más de eso, como destacó varias veces Trump en Davos (cuando no estaba insultando a líderes europeos). Pero estos efectos sobre la oferta están muy por debajo de lo que se necesitaría para sumar varios puntos porcentuales al crecimiento a corto plazo.
A la inversa, el efecto inevitable del estímulo fiscal será generar una demanda superior a la oferta (sobre todo, en una economía en la que una política migratoria restrictiva pone límites al crecimiento de la población activa), y eso provocará un aumento de la inflación. En semejante entorno, lo más probable es una subida de tipos de interés a largo plazo, al buscar los inversores compensación por el riesgo de inflación.
De no mediar un shock negativo importante, el aumento de la demanda impulsará el crecimiento a corto plazo; pero la inflación exhibe una “rigidez” considerable. Las empresas y los hogares revisan sus expectativas de inflación muy lentamente, y al no ser el ajuste de precios simultáneo, las presiones competitivas limitan la velocidad de respuesta de cualquier empresa. Contra lo que se suele creer, incluso las hiperinflaciones tardan años (no meses) en desarrollarse.
Dicho esto, si Trump y su nuevo presidente de la Fed priorizan la aceleración del crecimiento sobre la estabilidad de precios, es probable que la inflación se mantenga cerca del 3% y se acerque al 4% a finales de 2027, en lugar de caer al 2% como proyecta el Fondo Monetario Internacional en la última actualización de su informe Perspectivas de la economía mundial.
Por supuesto, esta trayectoria de crecimiento e inflación elevados puede torcerse como resultado de un shock negativo importante (otra pandemia, una crisis financiera o, más probablemente, una corrección bursátil). Y un ciberconflicto o guerra a gran escala que provoque un aumento del gasto en defensa en una economía ya sobrecalentada sería incluso más desestabilizador.
En vista de lo impopular que es la inflación entre los votantes, ¿por qué está Trump dispuesto a correr este riesgo? Quizás cree sinceramente que la IA y la desregulación generarán beneficios enormes en el lado de la oferta, contra costos mínimos de sus aranceles, y que eso permitirá un crecimiento de la producción suficiente para satisfacer el aumento de demanda. Si de veras cree eso, sus asesores económicos más pragmáticos tendrían que haberle dicho lo contrario.
Pero cabe sospechar que Trump entiende muy bien lo que ocurre cuando hay un desfase sistemático entre la oferta y la demanda, y que cree que la posibilidad de una mejora de la economía a corto plazo antes de las elecciones intermedias de noviembre justifica el riesgo. En su mirada, aunque la inflación sea dañina desde el punto de vista político, una victoria aplastante de los demócratas que le reste capacidad para imponer su agenda sería mucho peor.
Es verdad que la economía estadounidense tuvo un muy buen desempeño durante el primer año de Trump en el cargo (y no se le puede culpar por presumir de ello). Pero sus afirmaciones (sobre todo, su insistencia en que heredó una economía “terrible” de Joe Biden) son muy exageradas. Cuando el año pasado habló en Davos durante la primera semana de su segundo mandato, el dinamismo de Estados Unidos ya era la envidia del mundo. Ese triunfo no se materializó de un día para el otro.
A pesar del buen desempeño de la economía estadounidense en 2025 y de la probabilidad de que continúe (e incluso se intensifique) en 2026, es difícil evitar la conclusión de que a medio plazo, las decisiones que tomó Trump durante el último año expondrán a Estados Unidos a riesgos enormes, entre ellos inflación, volatilidad de los mercados y aceleración de la pérdida de dominio del dólar. Algunas de ellas son: su política fiscal expansiva, sus presiones sobre la Fed para que baje los tipos de interés y una desregulación financiera acelerada (por no hablar de su innegable corrupción y de la reiteración de abusos del poder ejecutivo).
Siglos de experiencia en numerosos países sugieren que a la larga, experimentos heterodoxos como el que hoy se desarrolla en los Estados Unidos no suelen terminar bien. Y citando una vez más a Hot Hot Hot, la percepción de que esta vez no será distinto “está en el aire”.
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