La oposición global a Trump cobra impulso
Las intervenciones en el Foro de Davos muestran un cambio de actitud de los países europeos, que adoptan políticas de rechazo similares a las de China, la India o Brasil

El trumpismo afronta una creciente oposición a escala global. La semana vivida en el Foro Económico de Davos ha reforzado las filas opositoras, con el viraje de numerosos líderes europeos —incluso en el grupo de la ultraderecha, teóricamente cercano a Trump— que han dejado atrás las habituales actitudes contemporizadoras y optan ya por un firme rechazo ante sus abusos e insultos. Se suman así, aunque no de forma organizada, al lote de países que se niegan a plegarse, como China, la India, Canadá o Brasil.
El refuerzo deriva también de la nueva constatación de que una oposición que provoque turbulencias en los mercados es una herramienta eficaz. Ante la firmeza europea y la agitación bursátil, en cuestión de horas, Trump retiró la amenaza de anexionarse Groenlandia por las malas y la de imponer nuevos aranceles a los países europeos que defienden la soberanía danesa del territorio.
Los ejemplos de la eficacia de una actitud firme acompañada de la capacidad de infligir daño económico estaban a la vista. China opuso el año pasado una firme resistencia a la embestida arancelaria trumpista, activando medidas de restricción de vitales exportaciones de materias primas estratégicas, y consiguió así que la Casa Blanca reculara y optara por una tregua pactada hasta, no de forma casual, las elecciones de noviembre en EE UU.
Los países del Golfo, cargados con abundantes chequeras que habilitan perspectivas de lucrativos negocios y enfurecidos por los desmanes de Israel que llegaron hasta el bombardeo contra líderes de Hamás en Qatar, también fueron decisivos a la hora de forzar a Trump a contener la acción de Benjamín Netanyahu en Gaza.
Los europeos optaron a lo largo del primer año del mandato de Trump por el apaciguamiento. Incluso donde disponían de clara capacidad de represalia, como en el área comercial, eligieron la contemporización, por el temor a que EE UU abandonara a Europa en el ámbito de la seguridad, en medio de la crítica amenaza representada por Rusia. Pero las amenazas de anexión de Groenlandia por parte de Trump promovieron un claro cambio de actitud que ha sido evidente esta semana en Davos.
En la localidad alpina suiza, por ejemplo, el presidente de Francia, Emmanuel Macron, dijo: “Preferimos el respeto a los matones; la ciencia al conspiracionismo; el estado de derecho a la brutalidad”, en un pasaje que no dejaba lugar a dudas. Tal vez más interesante aún fue lo que dijo Bart de Wever, primer ministro belga y líder de un partido afiliado al mismo grupo ultraderechista europeo al que pertenece el de la italiana Giorgia Meloni: “Una cosa es ser un vasallo feliz; otra es ser un esclavo miserable. Demasiadas líneas rojas han sido cruzadas. Si reculamos ahora, perderemos la dignidad, lo que probablemente es lo más importante en una democracia”.
Las palabras de De Wever son representativas del distanciamiento del trumpismo de otras figuras del heterogéneo mundo de la ultraderecha europea, teóricamente aliada de Trump, y a la cual EE UU, según se afirma en la Estrategia Nacional de Seguridad publicada el pasado diciembre, quiere dar impulso para volar el proyecto comunitario.
Figuras como Marine Le Pen o Jordan Bardella, del Reagrupamiento Nacional francés, o Alice Weidel, de AfD en Alemania, se han mostrado muy en contra de los planteamientos trumpistas, que resultan demasiado tóxicos como para no oponerse a ellos, tocando el asunto nuclear de la soberanía.
Así mismo, políticos de sectores no extremos que se habían mostrado por distintos motivos en el pasado muy reacios a criticar a EE UU han dado pasos claros. Donald Tusk, primer ministro de una Polonia tradicionalmente hiperatlantista y muy expuesta a la amenaza rusa, afirmó: “El apaciguamiento siempre es señal de debilidad. Europa no puede permitirse la debilidad, ni ante sus enemigos ni ante sus aliados. El apaciguamiento no produce resultados, solo humillación”.
Ursula von der Leyen, protagonista de una trayectoria muy tibia ante Trump, instó a la UE a “abandonar su cautela tradicional” en una alocución en Estrasburgo. Keir Starmer, primer ministro del Reino Unido, país fuertemente aliado con EEUU —hasta, según algunos analistas, rozar la sumisión— ha tenido que tachar de “insultantes y francamente espantosos” los comentarios de Trump según los cuales los aliados de la OTAN se mantuvieron lejos de la primera línea de combate en Afganistán, cuando en realidad muchos países sufrieron ingentes bajas.
Estos movimientos cambian el centro gravitacional de la política europea hacia EE UU, en una dirección que se aproxima a la del Gobierno español, que a lo largo del año pasado tomó decisiones que no gustan en Washington -como el no al compromiso de 5% de PIB de gasto militar o el reconocimiento del Estado de Palestina antes que otros europeos- y que esta semana, al igual que otros países, ha rechazado apuntarte a la Junta de Paz que promueve Trump.
También en el mundo empresarial en Europa parece haberse llegado a la conclusión de que ya está bien. “Nos estaban amenazando con aranceles cuando no era un tema económico”, explica Anthony Gooch, de la Mesa para la Industria Europea. El secretario general de este influyente lobby, integrado por grandes empresas de la UE, argumenta que el pasado verano el sector privado europeo ya hizo un esfuerzo por “acomodar” las preocupaciones estadounidenses. Se respaldó incluso la posición de no responder para no escalar en la guerra comercial.
Pero el pasado lunes esta organización sacó un comunicado en el que se defendía la soberanía y la integridad territorial del Reino de Dinamarca y se demandaba diálogo para dar con una salida. El texto dejaba claro que si fallaba esta solución apoyarían “los pasos necesarios para defender los intereses fundamentales de Europa y los Estados miembros de la UE”, informa Manuel V. Gómez.
Georgina Wright, analista del German Marshall Found, considera que el “cambio en el enfoque europeo” sobre cómo tratar al Gobierno estadounidense comenzó ya desde principios de año y “culminó” en Davos. La experta cree que “cambió algo en Bruselas pero también incluso en los países bálticos o Polonia, que, aunque son muy dependientes en materia de seguridad de EE UU, ya no confían en EE UU como solían”.
Wright opina que este cambio no se debe solo a los aranceles a los países que ofrecieron ayuda militar a Groenlandia, sino que es una “combinación” de factores. Que esa amenaza fue la culminación tras “muchas” otras cosas: la estrategia de seguridad nacional publicada a finales del año pasado, que reveló “cómo Trump ve a Europa”; el anuncio de su Junta de Paz, que en Europa se ve “como su intento de crear una alternativa a Naciones Unidas”, así como “todas sus amenazas de hacerse con territorio OTAN” y, también, “la indiferencia y la falta de respeto que muchos vieron en los comentarios del presidente Trump sobre Europa”.
Todo esto, señala en conversación telefónica, “llevó a un cambio realmente significativo en Bruselas”. En la UE, que sigue abogando por la diplomacia y negociación, porque al fin y al cabo EEUU sigue siendo un aliado con el que hay que colaborar, cunde ya sin embargo la convicción de que hay que estar “mucho más preparados”. “No podemos permitirnos que nos pillen desprevenidos”, resume. Y ese cambio, añade, “va a perdurar”.
Con este giro, Europa va dando más cuerpo a la nebulosa de oposición al trumpismo. En ese espacio desarticulado tiene un lugar destacado otro aliado tradicional de EE UU: Canadá.

Su primer ministro, Mark Carney, pronunció un discurso que cosechó en Davos una ovación, y en el cual instó a los países que se beneficiaron en el pasado del orden configurado por EE UU a reconocer que ese orden se acabó. Carney espoleó a abrazar una estrategia de diversificación, a apreciar el valor de la fuerza además de la fuerza de los valores, y a construir coaliciones de geometrías variables entre países que comparten objetivos y no quieren ser sometidos por los impulsos imperiales de otros.
En ese proceso, Ottawa ha firmado un nuevo acuerdo comercial con China. Este sábado, Trump ha procedido a castigar la osadía del discurso y la maniobra comercial con la amenaza de un 100% de aranceles sobre todas las exportaciones canadienses, después de haber criticado a Carney en su propio discurso en Davos.
El episodio evidencia hasta que punto la política de los EE UU de Trump está volando sus alianzas tradicionales y empujando a los antiguos aliados a buscar una urgente diversificación que implica también un acercamiento a su gran rival, China.
Este esquema es el que se ha ido perfilando con las maniobras de India, golpeada por Trump con una andanada arancelaria justificada, entre otros motivos, por su compra de crudo ruso. La maniobra, difícilmente comprensible a la vista de una política hacia Rusia muy blanda por lo general, ha empujado a Nueva Delhi a reconsiderar su relación con China. Narendra Modi hizo una muy significativa visita a Pekín el pasado verano, y su Gobierno estudia medidas como volver a considerar a empresas chinas en contrataciones públicas, según informa la agencia Reuters.
Y precisamente la India y la UE se hallan cerca de la firma de un tratado de libre comercio, que sería el enésimo paso relevante en ese sentido del bloque europeo, después de aquellos recientes con Mercosur, Indonesia o México. Es este, por supuesto, uno de los elementos reactivos a la ofensiva proteccionista trumpista.
El principal miembro de Mercosur, Brasil, es otro destacado representante de la oposición global a Trump. El mandatario estadounidense golpeó al país con una fuerte andanada arancelaria para tratar de doblegar las instituciones y proteger a su aliado, Jair Bolsonaro. Brasil no cedió, Bolsonaro está en la cárcel. Cuando ocurrió, Trump dijo que era “una lástima”. Preguntado si quería añadir algo más, no lo hizo.
Esta constelación opositora no es una realidad coordinada. En el caso de Europa, no puede darse por descontado cuál será el camino futuro. Estados Unidos es una extraordinaria potencia militar, tecnológica y económica que puede infligir mucho daño, torcer voluntades. Pero es evidente que las fuerzas de oposición al trumpismo han dado un paso al frente, y que en ese magma desorganizado pueden nacer nuevas interacciones que alumbren nuevos marcos.
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